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miércoles, 25 de julio de 2007

Autocrítica y autocensura

ÉTER VERDE V2 está fracasando horriblemente en su propósito de ser una de tantas alternativas perdidas en internet, ¡nadie se pasea por acá! No dudo que más de uno haya caído por accidente en este espacio (las posibilidades en internet son infinitas), pero deben ser personas que no entienden el español o que definitivamente no creen que lo que escribo valga la pena ser comentado. Vamos, ni siquiera el mail que mandé de manera masiva a mis contactos de messenger tuvo eco. Bueno, sí, uno muy leve. Un solo comentario, que, por supuesto, agradezco infinitamente.
Acabo de publicar las cuatro partes de un cuento que, asumía hasta hace algunos días, era de lo mejorcito que había escrito en mi corta y nada productiva carrera de cuentista. Lo terminé hace ya más de un año, y desde entonces no he podido hacer algo similar. Mis lectores (amigos, compañeros y conocidos míos todos) se han limitado a decirme que les gustó. Mucho o poco, pero les pasa. Decidí desde el inicio de ÉTER VERDE V2, que sería conveniente publicarlo. No lo hice en el blog del space de MSN por que mi maquina se trababa cuando introducía demasiado texto en él. Blogspot es un servidor más amable para este tipo de cosas. He hecho lo que me parece conveniente para promover este sitio y, esperaba que la gente que me conoce y sabe lo que hago, se volcara con entusiasmo a conocer el blog. Nada.
En realidad si esperaba más respuesta de la que he recibido hasta ahora. No es reclamo ni nada. Simplemente, me consterna. Significa que ahora debo hacer más propaganda que antes. ¿Qué chiste tendría que publicara cosas en internet si no va a ver retroalimentación? En todo caso, todo loq ue escribo aquí lo guardaría en mi disco duro y me reservaría muchas opiniones para mejor hacerlo hablando.
Después del lamento, va el verdadero propósito de este post. Sandra y Damián eran, hasta hace poco, mi carta fuerte de presentación como cuentista. Creí, (ingenuamente, ahora lo sé) que era lo mejor que había escrito. Pero lo que estaba haciendo en realidad era dejar que una simple opinión de "está chido" alimentara mi ego. De hecho, he hablado de esto como "mi teoría del amor". Hoy me pregunto ¿qué demonios estaba pensando? ¿Esto es lo mejor que puedo hacer?
Si, querido lector (espero que esté ahí). Me oyó bien. Mucha promoción para un texto más que ordinario. Sabía muy bien que aunque fuera un muy buen cuento, siempre habría muchos mejores; en otros idiomas, en otros países, en otras mentes. Incluso puede ser que mis vecinos tengan ideas más grandiosas que las mías. Pero nunca creí que me lo hicieran notar así. Los primeros lectores del cuento fueron muy condencentientes (creo que acabo de cometer un error ortográfico ¿no?) y solo lo halagaron. Algo debía tener de bueno. Me mantuve sereno. Después sólo recibí opiniones favorables. Lo peor es que mi natural desconfianza no afloró y pensé que tenía al mundo en la palma de mi mano. Es decir, cualquiera que leyera el cuento no encontraría más que los mismos errores que yo ya había identificado y, finalmente les daría la importancia -poca, pues- que yo esperaba que les diera. A cualquiera le gustaría y, aunque no le gustara, reconocería que es bueno.
Supongo que quien esté leyendo esto ya haya leído el texto en cuestión. Si no lo has hecho, ¿qué haces aquí? ¡Húchale! Más abajo están los post con el cuento. Léelo y luego regresas acá. ¡Pero como vas!... Sé que es demasiado para un blog tan poco frecuentado como este decir estas cosas... Bueno, ¿me perdonan? Ok, gracias. A los que ya lo leyeron, vamos a seguirle.
Una crítica que me llegó por mail me hizo notar algo. Después de que publiqué un cuento corto en este mismo blog, recibí una crítica similar en los comentarios de ese post. Es el segundo, por si se lo preguntan (el segundo de mayo de 2007, chéquenle ahí). La cuestión era que, después de una buena narración más o menos decente, se llegaba a caer el cuento por un final muy rápido. Ahora me doy cuenta de que, aunque haga esto de manera intencional, los resultados no me son muy favorables. Mis cuentos parecen padecer de algo que me gustaría llamar defecto del final apresurado. ¿Suena pretencioso? No importa. Lo que importa es que lo noté y quiero reparar este error. Sólo una persona lo detectó en Sandra y Damián. Si hay otra, por favor díganmelo.
Otra cosa que sí me han reclamado es que las partes de las cursivas hacían confusa la narración. Es más que obvio cuál es el propósito de este recurso. Para el que no se haya percatado, son los pensamientos de los personajes principales. También usé las cursivas para darles áun más realce a los protagonistas. He revisado una y otra vez el texto y creo que nunca se me escapó escribir los nombres Sandra o Damián en las intervenciones del narrador; para referirme a ellos, como omniciente siempre hablé de él y ella. Debo suponer que esto también los confudió a varios. Confío en que no hayan sido muchos; procuré ser claro en eso.
También los espacios en párrafos para separar momentos, lugares y situaciones son algo que no necesita demasiada explicación. Es uno de los aspectos que creo me salieron mejor.
El argumento mismo no recibió ni una sola crítica negativa. No me extrañó; creánme que cuando afirmo esto, me doy cuenta de lo engreído que pude haber aparecido frente a mí mismo sin importame.
Pues bien, todo cambió cuando recibí una crítica de cierta persona que acabo de conocer. En sus términos, mi cuento parecía un fan-fic, era (como algunos ya me habían dicho) confuso para seguir y, esto es lo que más me sorprendió, la narración era pésima. ¡Pésima! ¿Mi narración? No me lo creí en ese momento. Pero bueno, veamos con más detenimiento a que se pudo haber referido esta persona. Debo decir que me quedé tan frío con esto, que una o dos palabras, huí cobardemente de la conversación cambiando de tema. No supe como reaccionar. Creo que si hubo más referencias a esto, pero fueron detalles menores.
Primero, llamó a cuento fan-fic. Según Wikipedia, un fanfic es una tergiversación de un universo o mundo previamente creado en alguna obra de ficción. Al hacer un fanfic, el escritor utiliza situaciones, personajes, lugares, tiempos, etc. de la obra original para él hacer una propia. Continuaciones y situaciones alternas son algunas de las formas más socorridas del fanfic. El modismo viene del inglés y literalmente significaría ficción del fan. ¿Quieren saber más? Vean en Wikipedia. De acuerdo con lo anterior ¿hice un fan-fic? Conscientemente, no. Inconscientemente, quién sabe. El argumento de Sandra y Damián es un intento de originalidad. Un amor obligado e impuesto, no desde fuera, sino desde dentro. Se acepta al principio y se renuncia a él después de percatarse de lo que lo motiva. Un final trágico es lo que terminaría de enmarcar el cuadro. La muerte de los protagonistas es, sin duda, un camino tremendamente socorrido. Pero visto de manera rápida, este cuento podría ser parte de la eterna reedición de la historia de los enamorados que sufren por no poder estar juntos. El intento de este cuento, desde mi punto de vista, era el de hacerlos sufrir precisamente porque estaban juntos. Suena muy mamón, pero ese era uno de mis motivos principales.
Suena bastante pesimista ¿no? ¿Qué solución habría de proponer? Consciente de que una historia de enamorados se arriesgaba a caer en lo mismo de siempre, quise sacarme de la manga una idea que ahora no recuerdo de donde saqué. Inventar el amor. Quise salvar mi historia de la repetición y reinvindicar al resto de las historias de enamorados para hacerlas fabulosas cada una en su propio universo. Sandra y Damián debía ser una historia única. Quise engañar al lector para hacerle ver en este cuento una historia nunca antes contada, algo nuevo, a pesar de ser tan familiar. Otros detalles parecen haberle dado al traste con este propósito que suena a obsesión posmoderna: ser original.
La pésima narración, no sé a qué se refería excatamente. Si lo dijo, fue por algo. También me mencionó que parecía un guión de teatro. No supe como tomar esto. ¿Exceso de diálogos? Puede ser. Oigan, sí, ¿por qué tantos diálogos? Ah! sí, ahora lo recuerdo. En un principio, la idea era un cuento hecho únicamente de un diálogo telefónico. Los personajes mismos nos dirían cual había sido su historia y ellos le pondrían fin. Ambicioso ¿no? Después la idea evolucionó en hacerlo en varias conversaciones en distintos momentos de la relación amorosa de los protagonistas. Una cosa era pensarlo y otra muy distinta ponerse a escribir. Y bueno, quedó como se los entrego ahora. Errores, genialidades y detalles surgieron sobre la marcha.
(Debo decir que tengo un prejuicio injustificado, injusto e irracional contra los fan-fics. Usando un lenguaje de querer pasarse de lanza y con una actitud de aquí nomás mis chicharrones truenan, creo o más bien creía, que dichos textos eran producto de mentes muy alineadas y poco creativas. Ahora mismo comienzo a rectificar mi postura. Quizá se deba a esto que quiero defender mi argumento con palabras rimbonbantes, porque no me gustó que me dijeran que uno de mis cuentos parece fan-fic)
Pero hay otros detalles que ahora debo poner al descubierto. Por si no lo notaron, dos personajes aparecieron siendo algo intrascendentes y terminaron siendo determinantes: Mariana y, claro, su hermano, el Perro. ¿Qué me sucedió? Creo que no pude manejar una situación de dos en toda la narración. Necesitaba soportes. Y los soportes acabaron teniendo su propia historia. Recuerden al Perro discutiendo con su hermana. El drama de Mariana me superó. Posiblemente ahí me ganó la influencia de la manera de narrar de las series norteamericanas de televisión en boga, de manera inconsciente. Tampoco quiere decir que fuera algo necesariamente malo para la historia central. Un desliz afortunado lo llamaría yo, aunque la opinión final la tendrá el escrupuloso lector.
Lo que ahora, al releer el cuento, sí puedo decir que es algo que a mí en especial no me gustó, es que parece que el defecto del final apresurado acabó apoderándose de situaciones menores a lo largo del cuento. Díganme si no: Sandra perdona a Mariana de manera bastante... no sé como llamarla, ¿simple? Es cómo si el autor tuviera una prisa por pasar a un momentos distinto, apresurando el desenlace de algo importante. Ponerle punto final a un conflicto que, ahora lo noto, nunca se ve muy claro. Creo que las cosas hubieran sido distintas si hubiera dejado que Sandra siempre le hubiera guardado rencor a Mariana. Mis personajes son adolescentes, pero si quería mostrar caracteres cambiantes, frágiles, inseguros debí haberlo hecho en otras situaciones. La manera en que el Perro y su hermana se reconcilian tampoco me parece uno de los mejores momentos. Poco convincente, sí; eso es. Son escenas poco convincentes. Viéndolo desde fuera, creo que así es y ¿ustedes?
El lenguaje que usan los personajes, no sé en qué medida es una extensión del que uso yo en mi vida diaria. Si las coincidencias son muy evidentes, entonces mis dotes camaleónicas no son muy buenas aún.
Y a propósito de la identificación del autor con sus personajes, pues creo que ante mí mismo, salí bien librado. No creo haberlo hecho, ni en los nombres que escogí para los personajes ni en distintas circunstancias de sus vidas. Quizá la posición socioeconómica o algún detallito así, el billar o el messenger, qué se yo. Ahí si me siento algo confundido en valorar estas posibles identificaciones como algo bueno o malo. Quienes me conozcan más, juzguen. ¿Qué hay de mí en mis personajes?
Hasta aquí la autocrítica. No sé hasta qué punto haya logrado una buena crítica de mi propio trabajo. Es un ejercicio que no practico con frecuencia. La sensación es satisfactoria. Como si le ganara a los detractores en notar cosas que ellos no detectarían o que no verían nunca. ¿Es eso realmente lo que motiva esta autocrítica? Entonces qué poco humilde soy. O quién sabe. Mejor ahí le dejo.
Hasta la próxima.
SALUDOS DESDE EL LIMBO
H.

martes, 24 de julio de 2007

Sandra y Damián pt IV

IV
- Hola, don Nico.
- Hola Fernando.
El Perro deslizó su agresivo perfil en aquella habitación de la vecindad. Encontró un cuarto abarrotado de cuadros pintados con óleo. Paisajes, retratos y figuras abstractas encontraban su sitio en medio de aquel desorden. El propietario del cuartito era don Nicolás, el viejito loco de la vecindad, velador de la bodega de aluminio. Veterano de la guerra cristera, había trabado amistad con el Perro, cuando ambos se encontraron en una clase de pintura al óleo en el Centro. Fernando (el Perro) había dejado la pintura. “Nunca me atrajo mucho” decía. Aquel viejito loco era una de las pocas personas con las que sentía que podía sostener una buena conversación, pues el hombre, además de creerse pintor, acostumbraba pasar su tiempo entre libros de filosofía, historia, poesía.
- ¿Y esa sorpresa, Fernando?
- Ya ve, don Nico, nos mudamos a otro lado dentro de poco y pues quería venir a despedirme.
- ¿A despedirte? ¡Por Dios! Puedes venir a visitarme cuando quieras. Pero, la verdad si me entristece que no vengas tan seguido como antes.
- Si lo sé, los problemas en mi casa están gruesos… ya sabe, mi hermana…
- ¡Ay, Marianita! Bueno, no todos salen tan tranquilos. Acuérdate de cuando casi te meten al bote, tú tampoco cantabas mal las rancheras. Pero bueno…
- ¿Y ese cuadro?
El Perro señalaba hacia una pintura donde aparecían dos figuras, una masculina y otra femenina, abrazados. El trazo era confuso y el óleo tenía una consistencia muy cremosa. Era como si la escena estuviera pintada con sangre coagulada. Eran solamente las dos figuras sobre un fondo que parecía un remolino, donde se confundían colores como turquesa o naranja.
- ¿Ese? Pues lo pinté hace poco. Es que un día vi a un par de muchachitos en la calle abrazados. Hacían bonita pareja, pero estaban llorando. Cuando llegué a la casa al día siguiente, me puse a trabajar y mira, ahí está el resultado.
- Está muy chido, ¿cómo lo va a titular?
- Aún no tengo un nombre para él. Pero pronto lo voy a vender. Fíjate que un señor me dijo que podía instalarme en uno de esos jardines del arte donde pueda vender mis pinturas. ¿Estaría bien no?
El Perro lo miraba admirado.
- ¿Qué te pasa, Fernando?
- Es que… su cuadro me hizo acordarme de un amigo que tengo que se acaba de mudar y pues, cuando me dijo que había visto a una parejita llorando me acordé de lo mucho que sufrió con su última novia. Ella se sintió mucho de que se haya ido.
- ¡Ah, el cariño de los jóvenes! Si esas separaciones duelen mucho. Por eso se me ocurrió pintar esto. Ese dolor es universal ¿no crees?
- Si, tal vez. ¿Qué podría decirle a él si una vez me lo encuentro? Debe estar deshecho.
- No lo sé, Fernando. ¡Pero mira qué hora es! Ya me debo ir al trabajo.
Don Nicolás se levantó de su silla pesadamente y tomó su sombrero y su chamarra. El Perro se levantó también y juntos salieron de la vecindad. Don Nicolás cerró con llave.
- Bueno, Fernando, pues mucha suerte, espero que sea mejor el lugar a donde se mudan. Espero que me visites ¿eh?
- Si, como no, don.
Don Nicolás se alejó con su paso lento, tranquilo y pausado. Pero algo lo hizo regresarse.
- ¿Quieres un consejo para tu amigo, Fernando? Dile que se mire en el espejo.
El Perro quedó consternado ante esta respuesta. Solo acertó a ver la extraña figura de don Nicolás alejarse de la vecindad.

En el pequeño departamento del Perro había agitación. Era un constante mover aquí y allá. Que si dejábamos la lavadora, que si dejábamos la estufa. Que si dejábamos los discos de Mariana.
- Yo quiero un cuarto aparte, ya no pienso compartirlo.
- Si, hija, ya te oí.
- Y espero poder usar el teléfono más seguido y que la gente que me hable no tenga que escuchar más la voz de mi hermano…
Su madre la miró de reojo.
- ¿Por qué lo dices?
- Pues que hay gente que quiero que sólo me hable a mí.
- ¿Cómo Damián?
Mariana bajó la mirada. Su madre se acercó y la tomó del rostro con suavidad.
- ¿Aún no lo olvidas, hija?
- No quiero hablar de eso, mamá.
- Está bien. A mí me caía bien ese niño. Desde que te interesaste en él, ya no andabas de un lado para otro cada ocho días tomando. Creo que te hizo bien. Pero en fin, ya no está más.
Mariana decidió no hacer caso de lo que su madre dijo y continuó empacando algunas cosas. Poco después se llevaron algunos muebles a la nueva casa donde habrían de vivir. Pero lo más curioso resultó en que ni siquiera cambiaron de colonia. El Perro se lo preguntaba una y otra vez. Probablemente el cambio le haría bien a él y a su hermana. Él había dejado una huella profunda en los dos, pero ya no estaba más. Cuando él y su madre finalmente se trasladaron a su nueva residencia, el Perro no pudo evitar una expresión de asombro, pues no había visto la casa antes.
- ¿Qué pasa, hijo?
- ¿Cómo es que decidieron cambiarse aquí, mamá?
- Pues pensamos que era hora de salir de ese edificio. Ya sabes, cuando nos llegó ese dinerito, pues fue lo primero que decidimos hacer.
- Pero ¿por qué aquí?
- Ay! Tu padre no quiso salir de la colonia y cuando nos enteramos de que esta casa se había desocupado, pues no vi ningún inconveniente. Además es mejor que el departamentito ese ¿no crees? Tu abuela siempre me dijo que no saldría de la colonia donde vivíamos y ya ves, acabé casada con tu padre y viviendo en estos rumbos; creo que les tomé afecto.
La señora acabó su justificación así y entró en su nuevo hogar.
- ¡Ah! Antes de que se me olvide, recoge a Mariana de la escuela, no se vaya ir a la unidad.
El Perro asintió un poco distraído y se dirigió a la escuela de Mariana.

-¡¿Qué?!
- Como lo oyes, vivimos en la casa de Damián.
Mariana no podía creer que su hermano fuera por ella a la escuela, pero había pasado por alto que se habían mudado y probablemente se dirigiría a la unidad habitacional donde solía vivir si su hermano no la hubiera buscado a la salida de la escuela. Pero lo que no acababa de sorprenderla era el hecho de ahora vivía en el mismo lugar donde solía habitar la persona que más había querido. Era algo de desconcertante.
- ¿Qué pasa, Mariana?
Ella se quedó en silencio y volteó a un lado.
- Espero que no te molestes… Yo estaba enamorada de Damián y bueno… creo que lo presioné tanto que llegó a creer que él también me quería igual y después… creo que se dio cuenta de que no era así y…
El Perro escuchaba atónito lo que su hermana le confesaba.
- ¿Por qué no me lo habías dicho?
- ¡Porque no soportas que tenga novio, parece que me quieres tener siempre en la casa, encerrada!
- ¡Pues mira lo que hacías todos los viernes! Nada más ibas a embriagarte…
- Para olvidarme de que tengo un pinche hermano que se la pasa metiéndose en mi vida…
- Pero ¿a qué costo?, eh? ¿ya te olvidaste de tu aborto?
Mariana miró con desprecio a su hermano. Los gritos de ambos habían llamado la atención del resto de los muchachos que estaban en aquel lugar, pero no se atrevían a acercarse, pues conocían bien al Perro. Mariana comenzó a sollozar.
- Pero desde que me enamoré de Damián y después de aquel día en el billar, ya no pensaba en otra cosa, dejé de tomar… Entiende que nunca creí que aunque yo dejara de hacer esas cosas, tú dejarías de molestarme… aprendí mi lección, ese aborto fue una experiencia horrible… entiéndeme, por favor.
El Perro conocía bien a su hermana; sabía cuando mentía. Y en ese momento estaba diciendo la verdad.
- Creo que he sido injusto contigo, Mariana.
Ella, que había mantenido su mirada al suelo, levantó el rostro, mirado a su hermano a los ojos.
- Sí, lo reconozco y la verdad… Damián era mi carnal casi casi, tal vez nunca me hubiera opuesto si me hubieras dicho. Me imagino que de cualquier manera él tampoco me hubiera dicho nada. Creo que ya eres lo suficientemente madura para tomar tus decisiones y no me corresponde decirte con quién debes andar.
El tono del Perro se había suavizado bastante.
- Espero que me puedas perdonar…
Mariana miró a su hermano y lo abrazó.
- Claro que te perdono. Espero que no nos vuelva a pasar esto. Disculpa que haya estado tan alterada, es que… que vivamos en la casa donde vivía Damián me desconcertó mucho.
- Vámonos ya.
- Disculpa si lloro…
Mariana se soltó en llanto y el Perro la abrazó. Momentos después ambos abordaban un taxi y se dirigían a su nueva casa. En el preciso instante en que el taxi arrancaba, de la escuela salió ella y miró a Mariana detrás de la ventanilla, con los ojos cansados de tanto llorar. Mariana también la miró a ella; quiso bajar a hablarle. Le debía una disculpa.

Probablemente ella me extrañe menos que yo a ella. Una piedra salió de su mano para golpear la superficie del lago. Miró a su lado para mirar a su acompañante. Se supone que es mi novia, pero… El paseo por Chapultepec no acababa de convencerlo. Miró el resto del lago. Algunas barcas hacia la orilla, algunas personas caminando por aquí y por allá, algunos patos en lo más alejado. El sueño comenzó a ganarle y empezaba a pestañear. Se incorporó un poco para ver su reflejo en el agua. ¡¿Qué pasa?!

Al salir de la escuela, ella debía ir a recoger un encargo de su padre, por lo que se puso en marcha, porque esperaba llegar a dormirse a su casa. Había sido una semana de locos. Una fiesta el martes, un trabajo en equipo el lunes, cena con los tíos el jueves. Ahora sólo quiero acostarme y dormir. Me la estoy pasando muy bien y sin pensar un solo momento en… No, no Sandra, ni siquiera menciones su nombre, ya quedó atrás. Prefirió recordar cosas buenas que le había pasado en esa semana, lo que hacía que caminara de manera despreocupada e incluso, distraída. Se encontró con algunas personas, las saludó efusivamente; amigos y amigas la notaron más alegre, más disponible, más feliz.
- Parece que te hizo bien que Damián se fuera ¿no? –era una cuestión que sus amistades le planteaban cada vez que se encontraban con ella; era una cuestión que ella evadía hábilmente hablando de otra cosa.

Es increíble la forma en que ha cambiado mi vida desde que se fue. Parece que no lo extraño, pero aún tengo el sabor de su boca en la mía; no lo sé, pero creo que poco a poco lo estoy superando, es grandioso. La tarde se antojaba deliciosa para pasear cerca de un lago. ¿Por qué no?

- Pero Damián, ¿Qué te hice?
- No, tú no hiciste nada, soy yo; yo tengo este problema y no puedo seguir así, no voy a dejar que tú también cargues con él.
- Pero puedo apoyarte… no me dejes, Damián, yo te quiero demasiado…
No era justo que esa tarde maravillosa terminara de esa manera. Esa maldita imagen, esa maldita imagen. Él no concebía la tranquilidad en ese momento y era mejor dejar a Itzel, no era justo para ella verlo así de esa manera.
- No puedo ocultarlo más… Aún recuerdo a Sandra… no puedo sacarla de mi cabeza.
La infeliz Itzel no pudo escuchar más y se alejó llorando de ahí. Él, paralizado por la reacción de su ahora ex novia, no acertó a saber qué hacer. Ella estaba ahí, lejos de su vista, viéndolo asimismo, escuchando la discusión, sorprendida. ¿Es verdad, Damián? ¿Es que aún sientes algo? Quiso acercarse a él, decirle que estaba ahí, para que volvieran a ser ellos, solamente ellos. Pero por alguna extraña razón, no era eso lo que ella realmente quería.

Era algo extraño. Parecía un espejo muy bonito, pero al acercarse a él, Mariana podía sentir algo más; un ambiente pesado, una esencia que la llamaba. Súbitamente, pensó en ella, sintió que debía ir a verla y no guardárselo más. Debía hacerlo. Tomó el teléfono y marcó su número.
- Si ¿bueno?
- ¿Se encuentra Sandra?
- Soy yo.
- Ah! Este… mira soy…
- Sé quien eres, reconozco tu voz ¿Qué quieres, Mariana? ¿No te bastó con lo que me hiciste? ¿Todavía tienes el descaro de hablarme?
- Sólo escúchame, por favor, sé que no merezco siquiera mirarte, pero necesito que me escuches…
- ¿A ti? Pinche zorra… no tienes madre… primero David y después Damián ¿Qué? ¿Quieres hacerte mi amiga otra vez para bajarme a los novios? ¿O qué?
- No, Sandra, no entiendes.
- Entiendo lo suficiente, creí que eras mi amiga, siempre te soporté todos tus caprichos. Siempre te defendí de lo que decía mi mamá de ti… Ahora sé que me equivoqué conmigo. ¡Nunca debí conocerte!
- Sandra, yo solo quiero que hablemos…
- ¡Cállate! ¡¿Qué chingados no entiendes?! ¡Tú y yo no tenemos nada de que hablar!
Hubo un súbito silencio. Mariana creyó que ella colgaría el teléfono, pero alcanzó a escuchar algunos sollozos. Supo que era su momento. La conocía bien.
- Sandra, sé que no tengo el derecho a que me perdones. Lo sé, pero aún así, quiero pedirte una disculpa porque Damián significó tanto para mí que no podía soportar la idea de que él sufriera por lo que más quiere: por ti.
- Buen momento para decirlo.
- Hay algo más que me motiva a hacerlo porque sé que no podría darte la cara, de lo avergonzada que estoy.
¿Es cierto? ¿No me mientes, Mariana? Te vi llorar y sé que estás arrepentida, pero primero debo tragarme mi orgullo.
- Sandra, estoy viviendo en la casa donde vivía Damián.
¿Qué dices?
- …y he visto cosas raras en lo que solía ser su cuarto. Creo que es algo que les concierne a los dos. Sandra, me he dado cuenta de que Damián y tú deben estar juntos; es lo mejor par él por lo mucho que lo quiero y tú, porque no quiero que la única amiga verdadera que he tenido conserve ese rencor hacia mí; también quiero que sea feliz.
Creo que sé de qué hablas, Mariana.
- Bueno, Mariana… yo… creo que puedo perdonarte, pero debes entender que nunca te veré de la misma forma. Nunca voy a olvidarme de lo que me hiciste.
- Estás en todo tu derecho. No te culpo, lo admito, no me comporté muy bien.
Por el teléfono, Mariana podía adivinar que ella estaba mejor, que podría ser feliz. Y escuchó su llanto.
- ¿Sandra? ¿Estás bien?
- Me alegra haberte perdonado. Gracias, Mariana, solo debía sacarme esto de adentro. Ahora estoy más tranquila. Ahora deja que las cosas pasen. Adiós.
- Pero Sandra, el espejo de Damián…
Se escuchó un tono. Había colgado.

“Y sólo somos nosotros. El mundo no importa, la distancia no importa, el tiempo puede pasar, solo pensamos en estar juntos. No somos tú y yo, somos nosotros. Y eso es lo único que importa”. Mariana se miraba el espejo sosteniendo frente a sí la hoja que contenía estas palabras, escritas para ser leídas reflejándolas en el espejo. Mariana cerró los ojos y trató de comprender. Esa era la letra de él; la hoja había sido encontrada debajo del espejo. Había algo que debía hacer. Y durmió profundamente. Y Mariana durmió.

Siento que estoy cerca de ella. Puedo sentirlo. Manejaba el auto furiosamente. Quería llegar a su casa. Y ella saldría a recibirlo. No podía equivocarse de nuevo. Eso nunca debió terminar. No, nunca.

Mariana se despertó de inmediato. Había algo en ese cuarto. Podía sentir que el espejo la llamaba. Fue hacia él.

Se estacionó y salió rápidamente del carro. Corrió a la puerta. Se detuvo antes de tocar; contempló el cielo de la tarde y recordó como esos rayos jugaban con sus cabellos color bronce. Una sonrisa. Tocó a la puerta. Esperó. La puerta se abrió y el umbral lo dejó verla. Ambos se miraron, como si no se conocieron; como si se enamoraran de nuevo.

Mariana contemplaba el espejo. Sabía que si bajaba las escaleras, no encontraría a nadie. Que si se asomaba por la ventana, no hallaría persona alguna en la calle. Que si prendía radio o televisión, no escucharía ni vería nada. Nada. Solo el espejo y ella. Tocaron a la puerta del cuarto.

Ninguno de los dos pudo contenerse. Soltaron lágrimas. Se acercaron y se abrazaron. Era un momento distinto a todos los demás. Sus rostros se volvieron a fundir en un beso. No hubo palabras

La puerta se abrió y dejó entrar a dos figuras vestidas de blanco. Eran él y ella, tomados de la mano. Se acercaron a Mariana. Él se miró al espejo. Ella también. Y ahí estaban. Como dos parejas mirándose frente a frente. Dos voces se escucharon. Eran las de ellos.
- Y ahora sólo somos nosotros.
Mariana miraba espantada. Eran los reflejos en el espejo los que habían hablado.
- Éramos nosotros. Siempre fuimos nosotros. Desde el principio. Solamente quisimos que se encontraran. La pulsera verde, la puerta, los labios. Todo era parte del mensaje. No podían separarse.
De pronto, él tomó la palabra y le contestó al espejo.
- ¿No podíamos? Lo hicimos, porque, aunque duela debíamos hacerlo, nunca hubiéramos sido felices juntos.
Ella se adelantó y también le habló al espejo.
- Con esas señales sólo consiguieron asustarnos. Nosotros ya habíamos tomado una decisión…
El espejo contestó.
- ¡Pero nos amamos! ¡Y debemos estar juntos! No hay otra manera. ¡Nosotros dependemos de ustedes! ¡Y ustedes van a estar juntos, quieran o no!
Fue una contestación enérgica. Pero él no se dejó intimidar.
- Lo que más me duele es que ahora veo que todo esto nunca fueron mis sentimientos, nunca fue mi decisión. Llegué a amarla, pero porque algo me obligó. No me arrepiento de haberme dado cuenta. Tú, en el espejo, sólo eres la mitad que quiere hacer lo que yo no quiero hacer. ¡Tú eres yo! ¡Y yo ya decidí que no estaremos juntos!
Ella se adelantó una vez más.
- Y nuestros sentimientos, ¡sólo un vil instrumento del destino! ¿Amor? ¿Creen que ahora que hemos descubierto esto, vamos a creer en el amor? ¡El espejo nos habla! ¡Es solo un maldito reflejo! ¡Un reflejo de nuestra cobardía! ¡Nadie nos enseñó a amar! ¡Nadie nos dijo qué era lo valioso, lo hermoso, lo importante! Vivimos a la deriva, ¡Sólo para sufrir, para que nos digan que no podemos amar, porque somos jóvenes! ¡Sólo para que nos hablen de obsesión! Todo el mundo solo nos ha demostrado una cosa…
Tomó un frasco de vidrio que estaba encima de la cama y lo tiró al espejo. Ahora sólo había pedazos. Ella se soltó a llorar y se puso de rodillas. Él se agachó e intentó consolarla. Mariana miraba sorprendida. No acertaba a decir cosa alguna. Ella, en medio de la desesperación y el llanto, sólo gritaba.
- ¡¡No existe el amor!! ¡¡No existe!! ¡¡Solo nos han mostrado que no existe!!
Mariana no pudo soportar aquella mirada que él le dirigió, una mirada que le exigía que se marchara. Mariana salió de aquella habitación precipitadamente y tropezó quedando inconsciente. Y ahora solo somos nosotros, para amar y para sufrir.

Despertó. El Perro estaba ahí. Con una mirada de tristeza.
- ¿Qué pasa, Fernando?
- Damián y Sandra…
- ¿Qué, que pasó con ellos?
- Hubo un accidente, mientras iban en el coche de Damián… ambos…
Mariana no quiso escuchar más. Sólo abrazó a su hermano.

Pasaron tres meses. Era una tarde espléndida. Fernando recorría el jardín de arte viendo las pinturas. Pero en realidad buscaba a don Nicolás. Había recorrido ya bastante y solo quedaban algunos por ver. De pronto, su rostro se iluminó al ver un cuadro.
- ¿Qué te parece el título?
- Muy apropiado.
- No lo sé, pero cuando me enteré de la muerte de esos muchachitos, algo me dijo que ese cuadro debía llevar sus nombres.
- ¿La inexistencia del amor? ¿Por qué ese subtítulo?
- Es una idea que no puedo explicarte. Pero hay algo que sí te puedo decir. Esos amantes del cuadro quieren estar solos, por eso no la voy a vender.
- ¿Entonces por qué la tiene aquí?
- Para que vean el mundo como ellos lo quieren ver. Sin intervenir entre ellos. Para que la gente vea como el amor no existe, que deben inventarlo. Y estos amantes, créeme, inventaron su propio amor. Por eso este cuadro es tan especial.
- ¿Cómo puede decir estas cosas, don?
- Me vi al espejo hoy en la mañana.

Fernando sonrió. Ahí estaban. Ya no eran él y ella, ni siquiera eran ellos. Eran Sandra y Damián. Y nada más.




Ahí lo tienen. Ya recibí una crítica moderadamente fuerte acerca de los defectos que tiene. Agradecería otra.

SALUDOS DESDE EL LIMBO


H.

lunes, 16 de julio de 2007

Sandra y Damián parte III

Pensé que cuando terminara esa exprimidera de ideas llamada semestre, podría manejar este blog, pero me estoy viendo superado por mi vida personal que bloquea esta pretensión. Tengo varias ideas, pero pues nada de nada en concreto. Por lo mismo, les paso la tercera parte de Sandra y Damián, para que se entrentengan un poquitin. Sé que dije que publicaría las fotos de la injuria que el ayuntamiento del municipio cometió, pero pues no he podido sacarlas.
De momento, lean esto y aguántenme.
III

No puedo creer lo pendeja que soy. Bien sabía lo que Oscar se traía conmigo y todavía se me ocurre llevarlo al antro. ¡Este ha sido mi peor cumpleaños!. Dando vueltas en la cama, boca abajo, ella sollozaba y maldecía a la vida. Se calmó. Dejó de moverse. Y durmió por largo rato.

Era algo difícil bañar a ese perro, pero alguien tendría que hacerlo. Aún no sé que decirle a Mariana y me ponen a bañar al Tyson. ¿Qué será de Sandra? ¿Se acordará de mi? Terminó de bañar al animal en menos de lo que pensaba. Tengo hambre; mejor salgo por unas papas. Salió de su casa y se dirigió a la tienda de abarrotes más cercana… a tres cuadras. Se percató de qué había algo que no había visto antes. Una estética. Pero no era el negocio; era su nombre. ¡¿Estética “Sandra”?! Él no cabía en su asombro. Es sólo una coincidencia; nada más.

Ella despertó en medio de una tarde lluviosa. Es extraño; creí que soñaría con Damián… ¡Puta madre, Sandra! ¡Deja de pensar en él! Había algo extraño en su cuarto, podía sentirlo, algo raro. De repente siento que quiero ver a Damián. Se levantó y se dirigió a la puerta. Tomó la perilla de la misma, giró y abrió. Había algo raro. Definitivamente había algo raro. ¿Qué no abría hacia la derecha?

Él entró en el baño, se lavó la cara. ¡Esa maldita lluvia! De repente sintió algo en el estómago. Sandra. Se puso su pulsera verde, como siempre, en la muñeca izquierda. Se miró al espejo. ¡¿Qué…?!
-¡Damián! –sonaba desde la calle.

Mejor salgo o me duermo de nuevo. Se miró al espejo. Había algo diferente en ella. Tomó la perilla de la puerta, giró y abrió. Abrió hacia la derecha.

-¡Mariana! ¿Qué haces aquí?
-No puedo dejar de pensar en ti… Damián…

Salió de su casa visiblemente alterada. Ella estaba decidida. Creo que es mejor ir y decirle a Damián…

-No, Mariana, lo que te dije es… algo que no esperaba decir.
-Pero yo te escuché; dijiste que si no hubiera impedimento, tú y yo…
Mariana se acercaba a él y lo ponía contra la pared.
-Te juro que esta vez, mis besos no serán vacíos, Damián.
Acercó su rostro al de él. Y lo besó en los labios.

Es por aquí, sí, es por aquí. Ella caminaba en la humedad del ambiente, después de la lluvia; el rocío en las hojas y los pétalos, el lodo en las banquetas, los charcos, el canto de los pájaros. Esa es su casa, sí, aquí es. Vio a un par de personas que estaban junto a la puerta de entrada, pero no podía distinguirlas. Se acercó. Los reconoció. ¿Mariana? Se estaban besando. ¿Damián? Pero, como todo esa tarde, había algo extraño. Sí, era algo raro. Pero, Damián siempre usa la pulsera verde en la mano izquierda… me dijo que era para atraer la buena suerte, puede estar distraído o enojado, pero la pulsera siempre está ahí… ¿Porqué me fijo en eso?.
-¡¿Porqué me haces esto, Damián?! ¡¿Porqué?!
Él volteó y la vio. Era ella. Sandra. Se hizo para atrás. Mariana se separó de él sorprendida. Él no podía dejar de ver a la chica que estaba detrás de Mariana.
- No, Mariana. Esto es un error. Yo siempre he estado enamorado de otra persona.
Se separó de la chica que lo había ido a buscar y caminó hacia ella, cuyo rostro lucía con algunas lágrimas. Se acercó y tocó su mejilla para impedir que una de esas gotas de tristeza siguiera su camino. Ella volteó de manera violenta, pero él la tomó de la barbilla y le hizo mirarlo.
-¿Por qué, Damián?
-Por idiota.
Ella esperaba un forzado beso en los labios, pero él la abrazó; pero no, no era un abrazo cualquiera, era un abrazo especial. Podía sentir un calor que no había sentido antes. Aún sollozando, ella lo abrazó igualmente de manera efusiva. Ahora ese calor lo sentía él.
-Perdóname, Sandra. Siempre estoy confundido y cuando te conocí, nunca me atreví a pensar que te tendría aquí entre mis brazos. Me siento arrepentido, pero también feliz.
-Lo sé, gracias por mostrarme tu cariño. Nunca te lo dije, pero tú también me gustaste desde que te vi, siempre me dije a mí misma que no. Siempre te negaba y ahora me doy cuenta del error que cometía.
-¿Y Mariana?
-Ella no me importa ahora. Solo somos tú y yo, Damián. Ella me ha hecho mucho daño y ya no quiero acordarme de eso. Hoy en la tarde me di cuenta de lo que realmente sentía y yo te quiero así, como eres. Pude ver en tus ojos que lo que me dijiste era verdad. Gracias, Damián.
Se separaron y cada quien se fue por su lado. Mariana aún no comprendía la extraña escena que acababa de presenciar. Y aún le dolía.

Tocaron a la puerta. Y ahí, en ese cuarto estaban los dos. Él se veía a sí mismo desnudo y recargada en su pecho, acostada y desnuda también, sumida en un profundo sueño, estaba ella. Había sido algo mágico. Como nunca en su vida, pero ahora las cosas no parecían mejores, como siempre creyó. Se vio al espejo. Lucía diferente. No importaba que tocaran la puerta. Si yo te amo tanto, Sandra, ¿por qué me siento tan vacío?

Hubo un tiempo en que las cosas eran mejores. Pero después de ese día nunca me sentí igual; había algo diferente en mí, algo que me hizo una mujer diferente. Ella miró fijamente el papel en el cual estaban escritas estas palabras. Era algo muy extraño; era su letra, ella lo había escrito, pero no recordaba cuando lo había hecho. Pero lo más extraño era el hecho de que la nota estaba escrita para ser leída solo reflejándola en el espejo. Tomó el auricular y marcó un número.
-¿Bueno?
-Bueno
-¿Damián?
-Si soy yo, hola.
-¿Cómo estás?
-Bien, oye lo del otro día…
-A mí me gustó
-A mí también.
-¿Tú crees que…
-¿Qué?
-…que… bueno, mejor no te digo.
-Dime.
-Es que no estoy segura.
-Dime, ¿qué pasa?
-¿Qué somos, Damián?
-Es algo que yo también he querido preguntarte desde ese día.
-Entonces…
-Esperaba que tú me dijeras.
-Pues no lo sé, Damián.
Sonaba algo molesta.
-Es más, te quería decir que desde ese día han pasado dos semanas y no me has hablado ni buscado.
-Tú tampoco.
-Entonces ¿qué debo entender? Eh? ¿Qué debo creer?
-¿Respecto a quién?
-¿Cómo que respecto a quién? ¡A nosotros!... Sinceramente no te acabo de entender, primero hacemos la escenita esa frente a Mariana y luego nos acostamos y te olvidas de mí. Siempre has sido algo raro…
-¡Ah! Ahora resulta que soy raro. Pensé que eras más tolerante…
-No me refiero a eso, Damián. No te hagas tonto. Parece que estás jugando conmigo…
-Te iba a decir exactamente lo mismo. Yo sí te he hablado y siempre me dicen que no estás y detrás oigo tu voz. Y no me digas que no.
Tiene razón… Pero él se estaba besando con Mariana ese día. Ella y él estaban furiosos. Pero el motivo de la llamada ya había sido olvidado. Un momento ¡La puerta! Si la abro va a abrir…
-Lo siento, debo irme, Damián. Otro día hablamos.
-Pero…
El tono se encargó de que supiera que ella ya no estaba al teléfono.

¿Qué esta pasando? Ella estaba en su cama, sentada en cuclillas. Sudaba espantada.

Él se percató de que su pulsera verde tenía una marca de lápiz de labios rojo. Eran unos labios perfectamente definidos, de una boca pequeña. Como la de Sandra.

Pasó una semana.
-¿Bueno?
-Si bueno… ah eres tú.
-Si Sandra, soy yo. Sólo quería decirte que pues… me voy a mudar.
Un tenso silencio siguió a esta frase.
-¿C…c…cómo dijiste?
La voz de ella estaba a punto de quebrarse de la súbita tristeza que le invadía.
-Nos vamos a vivir a otro lado.
-¿Por qué?
-Mi papá, encontró trabajo en ……. y pues es mejor irnos de aquí. Solo quería verte antes de irnos. Te veo en el parque ahorita, espero que tu coraje no te impida ir.
Colgó.

No puedo creerlo; él se va y sólo se va a llevar el recuerdo de nuestro disgusto. No, no, no y mil veces no. Debo reconciliarme con él. No puedo creer todas las cosas que le dije. Además solo en él puedo confiar para esto tan extraño que me está pasando. Era una tarde hermosa. Hermosa para una despedida. No la arruines, Sandra. Iba con un paso muy acelerado, pero al verlo sentado en una banca del parque se paró en seco. Bueno, ya estoy aquí, no debo apurarme; él está ahí sentado, no se va a ir hasta verme. Se calmó y caminó despacio hasta llegar a la banca. Se detuvo frente a él; estaba con la mirada gacha, en una postura pensativa. Vio las piernas de la chica.
-Me alegra que vinieras.
-Pues no me podía quedar sin despedirme de ti.
-¿Aún cuando estemos enojados?
-Creo que actuamos mal los dos ese día, ¿no crees?
-Si, tal vez.
Ella seguía de pie. Él seguía sentado, mirando al suelo. Y levantó la mirada.
-Te ves hermosa con la luz del sol de la tarde. Siempre me ha gustado contemplarte en este momento del día. Pero ya no voy a poder hacerlo.
Él sonrió.
-Suena muy fuera de lugar ¿no? Sobre todo tomando en cuenta el disgusto que tuvimos el otro día. Me imagino que aún estás molesta.
-Estoy triste, Damián. Estoy triste porque creí que podrías quererme, pero lo que veo es que eres tan diferente a mí… que no sé… yo te quiero, pero tengo tanto miedo de que las cosas no funcionen. Y si aparte tú no me llamas, no me hablas, no te expresas conmigo de lo que sientes. Si fueras más abierto…
-Pero no lo soy, Sandra, es un defecto que no puedo superar tan fácil.
-Tal vez por eso no nos entendemos. Yo, ya viste, soy demasiado intolerante y tampoco me siento capaz de cambiar.
-Creo que debemos dejar de pensar así ¿no?
Ambos sonrieron.
-Ven, siéntate.
-¿De veras?
-Si, ven. Quisiera abrazarte.
-¿Eso quiere decir que ya hicimos las paces?
A ella le brillaban los ojos.
- Pues creo que no podría irme con esa preocupación.
Ella se sentó junto a él. Esperaba verlo sonriente, pero había algo en su semblante que no le cuadraba.
-¿Qué te pasa, niño?
- Tengo miedo, Sandra.
Sus ojos estaban a punto de estallar en llanto.
-¿Por qué, Damián?
-Mira.
Le mostró un papel con algo escrito. Al verlo, ella también se estremeció. No lo hagas, por favor no lo hagas; eso era lo que decía el papel. El mensaje no hubiera sido más perturbador si no hubiera sido por el hecho de estaba escrito para ser leído solo reflejándose en el espejo.
-¿Qué significa esto? Damián…
-No lo sé, estaba escribiéndote una carta de despedida y de repente mi mano comenzó a escribir esto. Yo no quería… te juro que yo no quería hacerlo. Tengo dos hojas completas con lo mismo escrito. Algo me hizo escribir esto, pero yo…
-Yo… yo también… este… me pasó algo igual…
Él la miró desconcertado.
-Si y debí decírtelo. Yo tengo un papel con un mensaje escrito de la misma manera… y es mi letra
Él dejó salir una lágrima.
-No sé qué pensar de esto. Siento que hay algo que no me deja en paz… algo que siento desde que te conocí… y ahora no me deja irme. Me deja intranquilo y con la necesidad constante de verte…
-¿Qué pasa, Damián?
-No sé si en realidad siento algo por ti.
Él se levantó del asiento y dirigió su mirada hacia el horizonte. Ella se levantó también y lo tomó de los hombros, haciendo que la mirara.
-Damián, escucha; escúchame bien. No sé qué es lo que nos está pasando a los dos, pero creo que es momento de que nos sinceremos. Si esto influye en algo… pues yo no puedo decirte qué pasa, pero estoy segura de algo; de que te amo…
-¿Qué?
-Si, Damián, yo te amo y nunca, aunque tú no me ames, te voy a olvidar.
Él tomó su mano izquierda y vio su pulsera verde. La marca del lápiz de labios había desaparecido. Pero la traía puesta en la mano derecha. Alzó su mirada. Vio su rostro. Ella parecía más hermosa.
-¿Me… me… amas?
-Sí, Damián, con todo mi corazón.
Él tomó la mano de ella y la besó.
-Si me amas no puedo dejar que sufras. Es mejor que me vaya.
-Pero, Damián…
-Estando yo aquí no puedo saber hasta donde podría llegar contigo. Ya nos acostamos y la verdad no cambió nada. Siento que algo nos impide estar juntos. No puedo disfrutar de estar contigo más que después de no verte mucho tiempo. No creas que estoy enloqueciendo, pero estos signos de las notas del espejo sólo me hacen ver el error que cometería al tratar de andar contigo. No quiero hacerte sufrir y yo tampoco quiero sufrir.
De los ojos de ella comenzó a brotar el llanto. Él no pudo evitar llorar también y sobreponiéndose a su llanto, la besó en los labios. Fue un beso prolongado, cálido, placentero, pero que al mismo tiempo sabía a despedida. Algo les decía que no se volverían a ver y trataron de hacer que ese momento durara para siempre.
Se separaron y él se alejó. Le dio la espalda a ella y se paró en seco frente a una jardinera llena de flores blancas. Se inclinó, arrancó una. Se volvió para dársela a ella; ya se alejaba desconsolada. La alcanzó y le dio la flor.
-Yo también te amo, Sandra.
Un abrazo. Dos lágrimas y dos corazones. Y una separación.
Dos días después la casa de él estaba vacía. Sólo habían olvidado algo. Un espejo.
Y así queda hasta la próxima. Lamento no dominar aun el sistema HTML si no los espacios me quedarían pocamadre y el cuento conservaría su formato original. Como sea, espero que le agarren la onda a esta parte.
SALUDOS DESDE EL LIMBO
H.

sábado, 7 de julio de 2007

Sandra y Damián, parte II

Ahi les va:

II

Pasaron dos semanas. Era viernes. Viernes de farra, si al menos estuviera Sandra aquí… El grupo de amigos había aumentado considerablemente de miembros. Él, como siempre, desconfiaba de quienes, creía, nada más se les habían pegado porque irían al Pooly’s Cave y esa era su oportunidad para emborracharse. De esa bola de gente solo había dos o tres con quienes se sentía realmente entre amigos. ¿El resto? Una bola de interesados. Dentro del billar, como se supondrá, fueron pocos los que jugaron; los demás pidieron cartones y cubetas de cerveza. Parecía que el dinero no se les acababa.
- ¡Para chupar, yo siempre coopero! –decía uno
Él prefirió jugar billar.
- ¡Háblale al Damián! ¡Que se venga pa’cá!
Se sentó entre aquella gente desagradable con una botella de cerveza entre las manos.
- ¿Fumas?
Él negó con la cabeza y quien le ofrecía el cigarro se hizo para atrás. Aquel grupo que le rodeaba estaba compuesto por hombres y mujeres… chicos y chicas. La gran mayoría de ellos con un cigarro en la boca; ellas con una perforación en la lengua o el ombligo, ellos, en la ceja. A Él le resultaba divertido contar la cantidad de agujeros de cada una de las perforaciones en los cuerpos de cada uno de aquellos y aquellas que le rodeaban. Recordaba que él mismo se había perforado una oreja; un recuerdo doloroso. No lo volvería a hacer. Parecía que aquel agujero había cicatrizado ya. Todos le miraban con una mirada que relejaba una mezcla de sentimientos que incluía compasión, burla, curiosidad. No supo que pensar.
- A ver, a ver, por ahí dicen, Damián, que eres aquí el único que no le ha puesto con alguien verdad
- Pues…. Si
- Tu última novia era Alejandra no?
- Si, creo que si.
- ¿A poco nunca le pusiste con ella?
- No; lo recordaría.
Una carcajada general. Una voz se dejó escuchar, burlona, a lo lejos.
- ¿Cómo creen?, si yo me la cogí primero…
Otra carcajada general. Alguien más tomó la palabra.
- Mira, Damián, creo que es una pendejada que a tus dieciséis años todavía seas virgen
- Sí, no seas joto…
Él parecía haberse ofendido por este comentario. El chavo que le había hablado primero, volvió a tomar la palabra.
- No puede ser, pero vamos a ponerle remedio. Te vamos a conseguir vieja y para que veas que aquí somos banda, te vamos a conseguir una facilota. A ver, mi Nacho, de tus amigas, cual le queda aquí al Damián.
- Pues aquí abajo está mi carro y si quieren, le hablo a la Mariana, que afloja bien fácil. Mira, ahorita, que está peda. Nada más le decimos y si coge con el wey este en el carro y les echamos aguas.
- ¿Cómo ves, Damián?
Él se quedó sin saber que decir. La insistencia era feroz. Una chica, en tono de burla, dijo:
- Y luego voy yo ¿va?
- Órale, anímate, al fin que esa vieja es bien caliente y cuando está peda, te afloja todo
- Ya no hay que preguntarle ¡Háblenle a Mariana!
El grupo entero lo acordó en un consenso y uno de ellos llamó a la tal Mariana. Al llamado acudió una muchacha completamente ebria de cerveza, caminando con la ayuda de una de sus amigas. Una chava del grupo que lo rodeaba a él, le dijo:
- Mira, Mariana, aquí tengo un amigo que te quiero presentar. Se llama Damián.
Él se incorporó en su asiento y dejó la cerveza de lado. Se puso de pie y se dispuso a abandonar el lugar.
- Ya me voy… ¿Cómo creen que voy a hacer eso?
Un chavo le obstruyó el paso. Varios hicieron lo mismo.
- No sea marica ¡Mariana, dice que le gustas!
La ebria Mariana se le quedó viendo a él. Y le sonrió.
- ¿De veras? –le dijo
Dejó la cerveza en manos de una de sus amigas y lo empujó hacia el asiento. Abriéndose de piernas se sentó en las de él y acercó su boca a la de él, besándolo. El olor a cigarro y alcohol pasaba de una boca a otra. Y era desagradable.
- ¿Qué más quieres, pinche Damián? –gritó alguien.
Cuando Mariana terminó con aquel salvaje beso, se levantó y se puso de nalgas hacia él.
- ¡Baílale, Mariana! –gritó alguien
Mariana comenzó a mover la cadera provocadoramente, ante el clamor general. Se volteó y se sentó en las piernas de él nuevamente. Él sentía que el corazón le latía muy rápidamente; pero era una sensación muy diferente a la que sentía al mirar, abrazar o besarla a ella. Mariana comenzó entonces a desabrochar su blusa, mientras ponía las manos de él en sus nalgas. Una vez descubierto su brassiere, Mariana apretó su rostro contra sus senos. Pero su piel no es como la de Sandra, no se que hago aquí, hace mucho que debía haberme ido. El entusiasmo general se esfumó cuando él, sin previo aviso, empujó a Mariana y se levantó del asiento. Alguien de entre el grupo reclamó.
- ¡No seas pendejo! ¡Si está bien buena! ¡¿Qué haces pendejo?!
Mariana, excitada sobremanera, cayó de espaldas riéndose y cuando lo vio a él de pie, se acercó de rodillas y comenzó a desabrochar los botones de su pantalón. Él la hizo a un lado con la mano. Estaba furioso.
- No puedo entender las pendejadas que son capaces de hacer para burlarse de alguien. Lo que yo haya hecho o haya dejado de hacer con Alejandra es solo asunto mío. Y no me importa ser virgen. Eso no me hace menos que nadie aquí. Yo vengo aquí a jugar, no a hacer estupideces ni a ser el objeto de burla de una bola de pendejos como ustedes.
- Muy chingón no, wey?
- Usa más vocabulario, pinche retrasado.
- Retrasada tu puta madre ¿Cómo la ves?
Un grupo lo rodeó a él y otro, el que le había obligado a sentarse con Mariana, estaba frente a ellos. Desde ahí no parecían tantos; eran seis a lo mucho, sin contar a las mujeres.
- ¿Qué pasó, Damián? ¿Te están molestando estos pendejos, carnal?
Él sonrió al escuchar esa voz. La reconoció. Provenía de un muchacho de tal vez unos veinticinco años, rapado, vestido con chamarra de cuero.
- No, nada, gracias, Perro. Pero mira a tu hermana, lo que quería hacer.
El tal Perro miró a Mariana en el piso con una botella de cerveza en las manos, con la blusa abierta y riéndose. La tomó violentamente de la mano derecha.
- ¿Eras tú la del desmadrito ése?¡Mira nada más! ¿Para esto quieres salir? ¡Pareces puta!
Volteó su feroz rostro hacia el grupo que lo había molestado a él.
- Donde sepa que Mariana se vuelve a enpedar por su culpa y anda por ahí haciendo estas cosas, no se la van a acabar, culeros. Me los madreo uno por uno.
Todos se quedaron sin poder pronunciar una palabra. Conocían al Perro. Era mejor no meterse con su hermana Mariana, ni con él, ni con su banda. Aunque ya lo habían hecho. Se sintió la tensión hasta que finalmente el Perro salió junto con él y Mariana, casi arrastrándola. Él sentía que había hecho el ridículo más grande de su vida y sin embargo, estaba orgulloso de sí mismo. Sólo desearía estar con Sandra; es todo lo que quiero.

Ella se despertó algo sorprendida; desde su cuarto veía como llegaban las visitas. Y no eran visitas cualquiera: se trataba de su tía Natalia y su primo Oscar. Si tenía planes, era necesario ignorarlos; la familia era primero. Sobre todo por Oscar. Hace ya mucho que no lo veo y seguro me va a preguntar si… pero tampoco he visto a Damián y no le he dicho… Al vestirse se sobresaltó al escuchar a alguien tocando a su puerta.
- ¿Sandra?
- ¡Oscar! ¡Espérame, me estoy vistiendo! ¡Ahorita te abro!
- ¿Y que?
¡Pendejo.!
- Oye, no te ofendas, era broma. ¿Qué a poco ya no nos llevamos así? Pensé que nos teníamos confianza, prima… ¿Ya me vas a abrir?
- ¡Que te esperes!
Terminó de vestirse. Bueno, tal vez ya lo olvidó, si no me dice nada ahorita, ya estuvo; no creo que Damián se moleste, es mi primo… bueno mi medio primo. Pero ni siquiera lo he visto ¿Por qué me importa lo que piense Damián? Si ni me ha hablado; tal vez… Y abrió la puerta.
- ¡Hola!
- ¿Cómo te va, Sandrita?
- Bien, ¿y a ti?
- Bien también, gracias.
- ¿A qué vinieron?
- ¿Qué necesito un motivo para venir a verte?
- Bueno, no me refería a eso, es solo que no nos habían visitado desde hace mucho. Siempre somos nosotros los que vamos allá con ustedes.
- Ah, pues mi mamá, que no sé qué mosca le picó que le dieron ganas de venirse para acá.
- Pues me da gusto verte.
- A mi también, Sandra… a mi también.
La tomó de la mano y se la llevó a los labios para besarla.
- ¡Suéltame, no seas payaso! Eso del beso en la mano ni tú te la crees…
- Si pues si, tienes razón. Es que, cada vez que te veo te pones preciosa…
- ¡No inventes, Oscar! Si me acabo de levantar. Mira mejor vamos a bajar, que quiero saludar a mi tía.
Se dirigió a las escaleras.
- ¡Sandra!
- ¿Qué quieres, Oscar?
- ¿No se te olvida algo?
- No, no creo. Te veo abajo.


¿Por qué el Perro no tiene timbre? Había que avisarle al policía de la unidad.
- Ahorita te bajan a abrir, espérate ahí –le dijo el policía.
Pero la que bajó fue Mariana. Él se quedó pasmado al verla y sintió deseos de irse, pero algo le dijo que debía quedarse. Mientras Mariana sacaba la llave, lo volteó a ver y le sonrió tímidamente.
- ¿Qué no está tu hermano?
- No, ahorita regresa, pero puedes pasar a esperarlo si quieres.
Dudó un momento, pero finalmente la siguió hasta el departamento. Bueno, estaba borracha, no creo que se acuerde de lo del otro día. Entraron y él se sentó en el loveset.
- ¿No quieres algo? ¿Refresco….
- No, gracias.
Tal vez no deba ser tan seco con ella. No me enorgullece lo que pasó, pero soy capaz de perdonarla. Mariana se sentó de repente frente a él.
- Damián…
- ¿Si?
- Mi hermano me contó lo que pasó y estoy muy avergonzada contigo…
- ¿…?
- Sí, ya ves que cuando tomo no me controlo y luego los amigos te presionan. Solo quiero que sepas que me siento muy arrepentida y te pido una disculpa por hacerte esas cosas, sobre todo si tú no querías.
- Lo sé, lo sé, tal vez ahora consideres andar tomando tan seguido y ver con quién te metes ¿no?
- Pero es que… cuando estoy borracha, no sé, me siento, no sé…
- ¿Sabes lo que dicen de ti?
- Si, si lo sé…
- Pues no parece. Si te importara un poco procurarías no prestarte a esas cosas. No me quiero imaginar cuántos de esos weyes nada más te andan buscando porque les aflojas tan fácil…
Mariana se sintió molesta, pero continuó con la mirada hacia abajo, pues sabía que tenía razón. Él había hablado en tono que, después se daría cuenta, no había sido muy amable. Pero ahora no había duda; era imposible perdonarla.
Ahora esta vieja va a empezar con su discursito de “perdón por haberte hecho creer algo que no era”, si no la conociera. Por eso no creo sentir nada por ella, ni siquiera me excita de lo molesto que estoy…
- Damián, me da mucha pena que te haya tocado verme así y haciéndote esas cosas… creo que es mejor que sepas que…
- … que no era lo que parecía y que solo era un juego ¿no? No vengas con eso, que me lo han dicho muchas veces.
Mariana bajó la mirada nuevamente.
- De hecho, Damián, si te hice esas cosas es porque sí siento algo…
¿Qué esta diciendo?
- Es porque desde que mi hermano me presentó contigo, me gustaste. Cuando estoy tomada, digo y hago cosas que no me atrevo estando sobria. Me gustas, Damián, me gustas mucho.
Era diferente a la chica de la mirada perversa en el billar. Mariana parecía ser otra; lo miraba de otra manera. Él pensó incluso que se comenzaría a desvestir, pero Mariana estaba ahí, sentada, mirándolo a los ojos, como esperando una respuesta. Pero yo quiero a Sandra. Se levantó. Pero Sandra no me ha hablado desde ese día y no sé que pensar. Volteó a ver a Mariana. Tampoco sé que pensar de Mariana, aunque…
- Mejor dame el celular de tu hermano, voy a buscarlo.
- Pero Damián yo…
- No, ¿sabes que? Mejor lo voy a buscar al billar.
- Damián, yo…
Él se adelantó hacia la puerta y quiso salir. Mariana le dijo.
- Deja te salgo a abrir.
Salieron del edificio.
- Damián, yo…
- Adiós
Él le dio la espalda y cruzó la calle. Hizo la parada a un camión. Se subió. La voz de Mariana se escuchó desde la calle.
- ¡Estoy enamorada de ti!


El camino hacia el antro era algo tedioso. Ella podía sentir una tensión entre ella y Oscar que no había sentido desde… Bueno, lo mejor es no acordarme de eso. Oscar conducía el auto en el sólo estaban ellos dos. Sábado por la noche. Una ciudad agitada. Una mente excitada. La de Oscar. Y la de ella.
Llegaron al antro. Entraron. Tomaron algo. Bailaron. Ella vio a unos amigos suyos y los presentó con Oscar. A bailar un rato más. Pero esta vez, Oscar acercaba su cuerpo al de ella, la abrazaba al acercarse y le besaba el cuello. Se acercó a su oído y comenzó a susurrarle.
- ¿Sabes lo mucho que te extrañé? Extrañaba sentir tu cuerpo cerca del mío, extrañaba sentir tus labios, extrañaba tu voz...
Ella se separó violentamente del abrazo de Oscar y salió furiosa del antro. Oscar la siguió.
- ¿Qué te pasa, Sandra?
- ¿Qué que me pasa? ¡Oscar, no te quieras pasar de listo conmigo! Creí que habíamos sido claros con esto ¡Somos primos, chingada madre!
La discusión atrajo la atención de algunos curiosos que estaban fuera del antro fumando.
- No me vengas con eso, primita, que bien que te gusto y tú me gustas a mí. ¡Digo, nadie tiene que enterarse!
- Eso es lo de menos. ¿No te das cuenta de lo que haces? Hay mucha más gente que yo en este mundo y no vas a venir a consolarte conmigo de lo que te hacen a ti…
- ¿De qué estás hablando?
- ¡Primero suéltame el brazo! Hablé con Alejandra hace un tiempo y me dijo que tu novia te había cortado. Todas las veces que me hablaste no fueron por saludarme ¿verdad?
- ¿Le hiciste caso a la pendeja de mi hermana?
- No la llames así que me platicaba de ti muy preocupada. No puede entender como te aferras a seguir buscándome cada vez que rompes con alguien. ¡Y no me digas que no! Ya me pasó dos veces…
- ¿Crees que yo…
- Sí y si lo dudas pregúntate a ti mismo que es lo que realmente sientes.
Oscar bajó la mirada. La veía a ella visiblemente molesta. Pero no le importó. Se acercó y ante la incrédula mirada de su prima, le robó un beso en los labios. Ella se separó con rudeza y le soltó una cachetada.
- ¡No te vuelvas a atrever a hacerlo, pendejo!
Oscar no acertó más que a sobar su mejilla.
- Voy a llamar a mi papá, Oscar, si no me llevas a la casa ahorita.
Diciendo esto, ella le arrebató las llaves a su primo y se metió al auto. Oscar no tuvo más que hacer que tomar el asiento de conductor. Su semblante cambió de color y apoyo la frente en el volante.
- Sólo quería estar contigo esta noche, Sandra; mañana nos vamos.
- Pues bien por ti. Ahora, por favor, arranca y vámonos.
Al día siguiente, ella se despedía de su tía y su primo. Oscar le dirigió una mirada suplicante, pero ella la ignoró. Cuando el auto que conducía a sus familiares a la terminal de autobuses se alejó, soltó en llanto y corrió dentro de su casa.
- ¿Sandra, qué te pasa, hija?


- ¡Damián, te hablan por teléfono!
- ¿Quién?
- Mariana
Y ahora ¿qué le digo? Desde ese día no hablamos y me dejó muy confundido lo que me dijo. Creo que será mejor contestarle.
- Bueno
- ¿Bueno, Damián? Hola… este… yo solo quería saludarte y ver como estabas.
- Pues, bien ¿y tú?
- También bien, gracias. Pensaba en lo del otro día y pues… no sé, creo que no debí decirte nada.
- Pues mejor ya olvídalo, creo que no pensabas con claridad. Aunque si lo que decías era en serio…
- ¿Qué quieres decir?
- Pues que la verdad si me atraes un poco y no sé, si tú estuvieras dispuesta, tal vez si podamos ser algo…
- No sé qué decir.
- Pues solo contéstame si quieres ser mi novia.
Mariana colgó. ¿Qué hiciste, Damián? No te dejes llevar por estar ardido. Mejor márcale de nuevo y le dices que no, que estabas jugando. Fue por su agenda y marcó el número del Perro. Sonó un tono. Pero ¿no será muy cruel?
- Bueno.
- ¿Bueno? ¿Perro?
- ¿Qué pasó, carnal?
- Oye, ¿está tu hermana?
Un tenso silencio se hizo entonces.
- ¿Para qué la quieres?
- Este… es que le presté un disco y…
- Yo te lo doy, ¿cuál es?
Piensa rápido, Damián; piensa.
- El de Pearl Jam.
- ¿Es tuyo? Pensé que Mariana se lo había comprado…
- Si, ya ves como es tu hermana.
Uff! Le atiné.
- Mira, Mariana salió, pero a la próxima que nos veamos te doy el disco, ¿va, Damián?
- Sale, gracias, chido.
Y colgó.
Tararan
¡Comenten!
Próximamente, tercera parte...

jueves, 7 de junio de 2007

Tengo que decirlo, no estoy cumpliéndoles, pero ahi les va algo muy bueno...


Si más de una persona se ha metido en esta nueva versión del Éter Verde, seguramente se habrá notado que la constancia no es uno de mis fuertes en lo que actualización de blog se refiere. El lector debe entender que este espacio nació en medio de la vorágine intelectual de fin de semestre 2007-2 y ello obliga al bloguero en cuestión a concentrar sus esfuerzos en otras cosas que no sean este sitio. Por eso, a falta de pan tortillas, les dejo algunas cosillas para que comenten. Les pasaré un video (si es que logro hacerlo, esto no es seguro, al menos déjame un comentario para saber que tuve éxito en colgar el video desde Youtube) y publicaré la primera parte de ese cuento llamado Sandra y Damián, del cual asumo la responsabilidad. Más de uno o una ya me pidieron que lo hiciera, pues ahi les va. Trataré de ser constante en las publicaciones de ls distintas partes del cuento. Hazle caso a la notita y déjame un comentario, no seas gacho.
Va, primero el video. MI protagonismo crece muchas veces, pero esta es una de mis exageraciones. Enjoy. (lo repito, esto es solo una prueba, dime, please, si puedes ver el video o simplemente nel y nada de nada.)
Igual y no sale, por eso te pido que me digas si sí sale, para intentar otra cosa la próxima vez. la idea es que el video se pueda ver en este blog.
Bueno, ahora, el cuento. Acuérdense, ingratos, que va por partes; no empiecen a ponerme apreciaciones ya bien definitivas.... a menos que sí sepan bien lo que hacen. Bueno pues, vale, ahí va, sin anestesia ni nada.
SANDRA Y DAMIAN

I
Era el momento. Si no lo hacía en ese momento, podría acobardarse después. Era mejor tomar el auricular y marcar.
- ¿Bueno?
- ¿Sí? ¿Se… se… se… encuentra Sandra?
- Si, ¿quién digo que le habla?
- Damián
- Espérame tantito ¿no?
- Si, gracias.
Por alguna extraña razón, la garganta se le había cerrado y el corazón latía rápidamente.
- ¿Bueno?
- ¿Sandra? Hola, soy Damián.
- ¿Damián?
- Si, Damián, del billar.
- ¿Cuál billar?
- El que está frente al parque, el Pooly’s Cave.
- Perdóname, pero no te recuerdo.
- Si lo sé, nos presentó mi amigo Luis. Hemos jugado juntos más de una vez.
- MMM, creo que ya me acordé de ti. ¿Usas una pulsera verde no?
- Si… no pensé que te fijaras en eso.
- Juegas bien.
- Gracias
Un incómodo silencio. Detrás de la voz de ella se escuchaba una canción de rock, melosa con pretensiones de ser pesada. Algo típico en la música popular para jóvenes en la primera década del siglo XXI.
- Y… ¿cómo te ha ido, Damián?
- Bien, gracias, estoy algo cansado, acabo de hacer limpieza en mi cuarto.
- Al menos lo limpias, no ni lo pelo. Por cierto, hoy no te vi en el billar.
- El dinero, ya sabes… Uno de hombre debe pagar lo suyo y además invitar. Y no todos tenemos tanto dinero.
- ¿Tienes novia?
- No.
- Pues no deberías quejarte, algunas piden mucho.
- ¿Tú eres de esas?
- No, no lo creo. Aunque luego me dicen que soy una mamona.
- No creo, de lo poco que te he tratado, no lo creo.
- ¡Ay, gracias! ¡Qué lindo!
El tono de su voz aceleró los latidos del corazón.
- ¿Irás mañana al billar?
- No lo sé, tal vez.
- ¿Por qué?
- Es que no sé, mañana pensaba salir.
- MMM, qué lástima! Es que mañana un tipo me invitó y no quiero llegar sola. Además quería que me enseñaras a jugar.
- Pensé que no te acordabas de mí.
- Si, pero ahora haciendo memoria, creo que si te recuerdo más. Me caes bien. No tomas ¿verdad?
- No, pero ¿cómo lo sabes?
- Aceptas la cerveza, pero ni siquiera la tocas. Te he visto.
¡Qué raro! Parece que si se acuerda más de lo que creo de mí. Pero si no recordaba el billar, ¿cómo me pregunta si no fui hoy? No tiene sentido. Pero bueno, no creo que sea prudente preguntarle.
- Bueno, niño, debo dejarte. Un gusto saludarte, Damián.
- ¡Espera! Creo que si puedo ir mañana después de todo.
- Ah ¿si? ¡Qué bien! Pues nos vemos a las cinco, ¿Cómo ves?
- Está bien.
- Bueno, ya me voy, ¡Bye!
- Adiós.
Estaba hecho. Pero el resultado no era el esperado.

Al día siguiente, él salió presurosamente de la casa. Se le había hecho tarde; cinco y veinte ¡No podía ser! ¿Qué pensaría ella? Nada bueno, seguramente. Comenzaba muy mal. Al llegar al parque, la vio platicando con un muchacho en la entrada del billar. Era de esos que se visten tan fashion, que tienen ese porte arrogante, porque creen que están caritas, porque creen que saben echar el verbo. Y era de esas personas que le hacían sentir a él que poseía pocas oportunidades. Ya había tomado una decisión. No se acercaría y si ella preguntaba, pues… No, no, no; él la llamaría y le diría que había hecho un trabajo de la escuela. Sí; esa parecía una buena excusa.
- Ah! Mira, ahí está mi amigo ¡Damián!
Lo había visto, era necesario cambiar de estrategia. Por lo pronto, habría que acercarse.
- Hola
La saludó de beso. Una piel suave.
- ¿Cómo te va? Pensé que ya no llegabas. Mira, te presento a Enrique. Enrique, Damián.
- Qué onda, wey.
Debió estrechar su mano, ella estaba ahí. Ni modo ¡Chinga! Este debe ser el wey ese del que habló. Pero bueno, creo que aquí la debo hacer de héroe… Mejor no, que ella hable.
- Pues entonces ya me voy, Sandra. Le diré a Toño que lo mandas saludar. Cámara, wey.
No era él al parecer. Parecí haber camino libre. El tal Enrique se alejó.
- ¡Ay, qué bueno que no vino ese pendejo de Toño! ¡No lo aguanto! Qué bien que viniste, Damián, tampoco soporto a su amigo ese.
- Pues ¿qué te han hecho?
- Es que por ahí me soplaron que hicieron una apuesta que haber quien me ligaba primero. Son unos pendejos.
- ¿Quieres entrar?
- No, gracias. Mejor acompáñame a mi casa ¿no?
- Bueno, pero ¿segura que no quieres entrar al billar?
- Si, segura.
- ¿Donde vives?
- Aquí a unas tres cuadras. No está lejos. Vamos.
Caminaron. Frente a la puerta de la casa se despidieron. Otro beso en la mejilla. Esta vez, la de él.

No sé por qué carajos debo venir yo al tianguis, cuando la huevona de Maricela se la pasa echada todo el día. Hoy, lo reconozco, no tengo nada que hacer, pero no se vale. Además aquí apesta a pescado. AH! Mira, ahí está Damián.
- ¡Hola Damián!
- ¡Sandra! No esperaba verte aquí. ¿Qué? ¿te mandaron por la comida?
- Si, es un fastidio, y mi hermana está echada en la casa. No es justo.
- ¿Qué nunca hace nada?
- No, siempre me mandan a mí por cosas. Con eso de que ya es mayor… ¿tú a qué vienes?
- A comprar un disco.
- ¡Ah! ¿si? ¿Cuál?
- Uno de Guillotina.
- MMM no los conozco. ¿Qué son?
- Rock, así como Nirvana en español. Pero bueno, no tanto.
- Nirvana si me gusta. Acabó gustándome después de escucharlos tanto en el billar.
Su cara se iluminó.
- ¿Sí? Tengo un amigo que toca en un grupo canciones de Nirvana y otros por el estilo. No sé si quieras… Creo que van a tocar en dos semanas ¿Quieres ir?
- Sí, pero, bueno, deja ver si no tengo compromiso.
- Hablando de eso… ¿ya no has visto al tal Toño?
- ¿Todavía te acuerdas? Pues me habló y se disculpó por no ir conmigo ese día, pero no le creí lo que me dijo. Alguien en mi escuela le dijo que yo no quería con él y ya ni me saluda. Oye, no tengo tu teléfono, ¿cómo conseguiste el mío?
- Tú me lo diste cuando nos conocimos.
- ¿Sí? No me acuerdo, pero bueno, pásamelo.
- ……………..
- Gracias. ¿Tienes mail? Pásamelo ¿no?
- Sí, es ………………..
- Bueno, ya me voy, niño. ¡Bye!

Los encuentros por Messenger fueron frecuentes. Por medio de este instrumento, él supo que ella iba a una escuela cerca de la suya. De hecho, recordaba que un día, su salón se peleó con otros de esa escuela. Nunca supo porqué. Solo fue de espectador. Según se iban a madrear, pero no pasó nada; se reunieron los grupos antagónicos en unas unidades habitacionales cercanas y sólo se miraron. Mucho ruido y pocas nueces. Entonces creyó haberla visto en aquella ocasión, de la mano de uno de esos chavos malencarados de la otra escuela. No estaba seguro y nunca le preguntó. Ahora estaba en la Prepa y era diferente a esas escaramuzas de secu. Ahora ya nadie se peleaba ni se armaban las cascaritas, las fiestas a las que lo invitaban eran puras borracheras sin sentido y parecía que toda la generación estaba loca por la música electrónica, las baladas pop y el ska más comercial. Una decepción de escuela. Ella parecía ser de esos al principio.
A los encuentros por Internet siguieron los encuentros en la tiendita de la esquina, en el tianguis, en el billar, al regresar de la escuela. Ella se portaba muy amable, no parecía eludirlo cuando se encontraban y le contaba de todo. Él le hablaba por teléfono y podrían quedarse horas y horas platicando. Había días en que no se veían y él era quien le hablaba a ella. Las conversaciones entonces, después de dos meses de tratarse, iban siendo más cortas cada vez.
- ¿Está Sandra?
- Sí, ella habla.
- Hola, soy Damián.
- Hola.
- ¿Cómo estás?
- Bien, iba a salir ahorita.
- MM, ¿te puedo hablar al rato?
- Sí.
- Bueno, adiós.
- Bye.
Pasó una hora. Marcó, pero el tono indicaba que no había quien contestara. El día siguiente sostuvieron una conversación parecida; él dijo que hablaría más tarde, pero al hacerlo, le dijeron que ella no se encontraba. Tercer día. Estaba dormida. Cuarto día. Estaba con unas amigas. Quinto día; salió con su mamá. Dejó de marcar su número una semana. No parecía que el destino le favoreciera. Tal vez ya conoció a alguien y yo aquí de pendejo. ¡Estoy bien bestia! No la he visto en dos semanas y las últimas veces que le hablé por teléfono, no estaba. En el Messenger, si yo no le hablo, ella no me pela. Tal vez me tardé mucho, tal vez ella ni me considera. Debo ser muy idiota para creerlo.

Ella llegó cansada al cuarto, se cambió del uniforme de la escuela con su ropa de calle. Estaba fastidiada. Ese tonto de David. Debía hacer una tarea. ¿Qué cree que soy? ¿Una de sus putas? Había sido una semana pesada Y la golfa de Mariana, pero va a ver quién soy yo. Esto no se queda así. Prendió la computadora, ¡No chingues, mamá, no tengo hambre! Una lágrima corrió por su mejilla Concéntrate, Sandra, esta tarea es importante, ya olvídalos. Se puso a trabajar.
- ¡Hija! Te habla David.
- ¡Dile que no estoy!
Otra lágrima. Parece que estoy sola… Las bocinas de la computadora sonaron Damian_Devil acaba de iniciar sesión. Su llanto cesó de repente. ¡Qué bueno, alguien que no me juzga ni me lastima!.
- Hola
- Hola
- ¿Cómo estás?
- Bien, y tu?
- No lo sé, nervioso.
- ¿Por?
- Es que me gusta una chava y no sé como llegarle.
- Pues invítala al cine o llévala a la fiesta esa que me dijiste de tus amigos del grupo.
- Sí tal vez, pero soy algo tímido. Quiero llegarle mañana, pero no sé…
- ¡Ay, no seas payaso! Mira, para que no haya pretexto yo te acompaño por ella. ¿Vive cerca?
- Si…
- Ahí está, mañana nos vemos para que la veas.
Al escribir esto, ella parecía poner buena cara a su tristeza.
- ¿A las cinco? ¿Cómo ves Damián?
- Está bien, en el parque ¿va?
- Nos vemos ahí ¿eh?
- Sí, gracias, hasta luego.
- Bye.
Al menos, ayudarlo me hará sentir mejor. Y así iba a ser efectivamente.

Él salió presurosamente de su casa para encontrarla en una banca del parque. Se acercó, y sintió de nuevo la garganta cerrándosele y el rápido latido de su corazón. La saludó de beso… o más bien, solo unieron las mejillas.
- Pues… vamos.
- ¿Y cómo se llama eh?
- No te puedo decir.
- ¿Por qué?
- Nada más.
- Y ¿por dónde vive?
- A unas calles de aquí.
- ¿Por ahí? Qué curioso, vive cerca de mí. MMM hueles muy rico.
- G… G… Gracias. Tú también te ves bien.
- ¿Yo? ¿En estas fachas? ¿Cómo crees, Damián? Oye, esta es mi casa…
Se puso frente a ella.
- Te vistas como te vistas, siempre me parecerás hermosa.
- Damián… pensé que veníamos a…
- No quiero que sientas que te engañé. Sí me gusta una chava. Es más, no solo me gusta, estoy enamorado de ella. Si quería llegarle hoy aquí, cerca de su casa, desde donde el atardecer parece darse cita cada tarde para reflejar los dorados rayos del sol en su piel y en su cabello. Se ve hermosa. Se llama Sandra, justo como tú.
- N… n… no entiendo.
- Estoy enamorado de ti, Sandra. Me gustaste desde que te vi por primera vez y después te conocí y me enamoré más. Hoy no soporté más. Debía decírtelo.
Un incómodo silencio.
- ¿Sandra?
- Perdón, es que no me lo esperaba.
- Sé que es algo pronto, pero no puedo contenerme.
- Damián, yo…yo…
- ¿…?
- Damián, yo… tengo… que decirte que… tengo novio. Perdón, tengo que irme.
Le dio la espalda y caminó apresuradamente hacia su puerta. ¿Por qué le mentí? ¿Qué te pasa, Sandra?
Desconsolado, él tomó el camino hacia su casa ¡Lo sabía! Sólo me estuve engañando. ¿Cómo esperar que se fijara en mí? ¡Qué ingenuo soy! Ahora la asusté y parece que no va a volver a hablarme.
Ella recordó a David. Y a Mariana. Recordó el billar. Recordó el Messenger.
Él comenzó a reprocharse su ingenuidad Pero no, no ya no voy a echarme para atrás. Hoy quería hacer algo y lo haré.
Ella recordó entonces como la había tratado David, la traición de su mejor amiga. Y él se portaba muy lindo. Que sepa la verdad. No es justo. Volteó y le habló.
- Perdón, Damián, no quise lastimarte. Es solo que últimamente no estoy segura de lo que siento. No es cierto, no tengo novio. Me han tratado mal, no quiero sufrir otra vez, no estoy lista. Entiéndeme. Espero que esto no afecte nuestra amistad…
Él, como si no hubiera escuchado, se acercó y, sin decir más, la besó en los labios. Ella se resistió al principio, pero un impulso que no pudo controlar hizo que correspondiera el beso. En ese momento, sólo eran ellos. No más. No tenían pasado. No había futuro. Sólo existían ellos. Pero ella quiso volver a ser ella misma, porque se sentía una tirana, alguien que probablemente sólo jugaría con aquel chico enamorado. Parecía tan sincero. No era justo. Ella no se sentía segura. Separó sus labios. Y retrocedió.
- No, no Damián. No es lo correcto.
El rostro de él no mostró ningún cambio. La seguían mirando esos ojos soñadores, pero melancólicos al mismo tiempo. Pero la tristeza en los ojos de ella lo hizo reaccionar de aquel trance. No había momento mágico; en esencia no había beso. No había algo que la uniera con él. Ahora la realidad se mostraba tal cual: indiferente y cruel. Ella entonces se le acercó y quiso besarlo en la mejilla, pero él no quiso. Era todo o nada. Se separaron sin decirse palabra.

Justamente cuando creí que estaba enamorado. No entiendo como puedo portarme de manera tan patética. La calle tras la lluvia era un poco resbalosa. Era peligroso caminar en estas circunstancias, sobre todo en el parque. Un beso… ¿qué significa para ella un beso? ¿Solo ensalivarse con alguien? Probablemente ese mismo día estuvo besuqueándose con otro y yo creyéndome tan maduro… ¡bah! Definitivamente no era seguro; había algunas personas sentadas en las bancas y si se resbalaba, podría hacer el ridículo. Aunque en realidad eso ya no importaba tanto. Edgar me dijo que había escuchado que era una zorra. No quiero creerlo, pero tal vez si sea eso. Soy un maldito ingenuo… Un paso en falso y…
- Jajajajajajajajajaja
Era una risa burlona. Y era de ella. ¡NO! ¡Frente a ella! Se levantó sin mirar a nadie y caminó sin voltear hacia su casa.
Ella supo que era él. Esa pulsera verde.

- ¿Seguro que no quieres salir, wey?
- Eh?
- ¡Damián! ¡Despierta!
- Llevamos ya una hora en este carro, ya me quiero bajar.
- Yo también, por eso te digo que si quieres salir…
- ¿Para que?
- ¡Qué sé yo! Sal para que te de el aire. Te ves de la verga. ¿Es por Sandra?
- No
- No te hagas.
- No, de veras.
- No te creo, tú no te echas así nada más a menos que te sientas mal. Te conozco.
- Pues tal vez no me conozcas tan bien.
- ¿Qué no piensas volver a hablarle?
- No, no quiero molestarla.
El sol de la tarde hacía particularmente hermoso el reflejo de la luz a través de los árboles; como aquel día… De repente una figura apareció a su vista. Una figura delicada. Una figura femenina. Y se acercaba.
-¿Damián? ¿Qué te pasa?
Él no quería admitirlo, pero era ella. Vestida de manera sencilla, pero provocadora. Con sus Jeans a la cadera, mostrando su ombligo que ahora tenía una perforación, una blusa negra sin mangas que dejaba ver sus provocadores hombros. Él nunca se los había visto.
- ¡Hey! ¿Porqué te escondes?.... ¡Ah! Ya vi ¿Quieres que la llame?
- ¡No! ¡No, para nada!
Pasó sin notar siquiera la presencia del auto estacionado y él la contempló por unos breves instantes. Fue un momento fugaz.

Traía prisa. Se le hacía tarde. Y sus amigas la dejarían ahí, plantada. Este pinche tianguis, como estorba. Los vendedores recogían los puestos y ella tropezaba con los soportes. La prisa no le permitía voltear hacia abajo para evitar los obstáculos. Se supone que el primo de Claudia está guapo, espero que valga la pena haberme hecho salir. Ahora había que cruzar la calle. Pinches carros, no me dejan… Una vez cruzada la calle, se dirigió en línea recta hacia la salida a la avenida; pero debía comprar algo, tenía hambre. Dio la vuelta en la primera calle y se topó con él. Lo vio de frente. No pudo evitar mirarlo a los ojos. Pero parecía tener prisa él también y se paso de lado sin siquiera voltear a verla. Ella siguió su camino. ¿Qué me pasa?

Era su aroma. Podía percibirlo. Sonrió. Espero que ande por aquí. Salió del incómodo vagón del metro y se dirigió hacia la salida. Y lo vio de lejos, pero ya no podía alcanzarlo.

Caminaba un poco desolado por la calle. Había sido un día difícil. Malas calificaciones, peleas con los compañeros, le había robado veinte pesos. De suerte que traía un poco de cambio. Se sentía estúpido. Ese uniforme no ayudaba mucho a su aspecto. La tarde era cálida y no había tanta gente. Al menos estaba tranquilo. ¿Es ella? Una figura se acercaba. Podía verla desde lejos y se dirigía hacia él. Cruzaría su mirada con la de ella; era inevitable. ¿Qué hago? Ya no puedo evitarla más. Pero… Su caminar se dirigió a la calle. ¿Y si me cruzo? Así la evitaré. Ya estaba decidido. Pero se verá muy obvio. Mejor la enfrento. Pasaré pero no la miraré. Ya estaba a unos metros. Ella lo reconoció y caminó un poco más despacio; no quiso aproximarse. ¿Por qué me evita? Creo que lo lastimé demasiado… pero ¡no me gusta! Bajó la mirada ¿o si? Él se detuvo y fingió que algo se le había pegado a la suela de su tenis. Ella se miró al cristal de una ventanilla de un automóvil. Él quería evitar el contacto directo Pero, estoy enamorado… Ella también Creo que debo ser yo la que rompa el hielo. La incertidumbre lo quemaba por dentro Tal vez no quiera mirarme siquiera. Se acercaron. Ambos actuaron como si no se hubieran visto en ese momento. Quisieron aparentar estar distraídos. Pero el encuentro era inevitable. Él la miró a los ojos y sonrió.
- Hola
- Hola
Se saludaron de beso
- Ya no saludas ¿eh niño?
- Perdón soy un poco distraído.
- ¿A dónde vas?
- A casa de un amigo. Me va a prestar un disco.
- Ah bueno… nos vemos luego ¡Bye!
- Adiós.
Ella quiso despedirse de beso, pero él se hizo para atrás, para que ella comprendiera que ya no iba a poder saludarla de manera tan familiar. Prefirió, como siempre, darle la espalda y alejarse. Ella, por su parte, ya no quiso seguirlo.
Era el momento. Y lo desperdiciaron.
Espero que esta parte haya servido al menos para enganchar al lector (osea tú) y bueno, se me acaba de ocurrir que mejor paso el link del video por aquello de las marranas dudas http://www.youtube.com/watch?v=K76ZPsKMHN8 y pues ya saben, las reclamaciones aquí, en la sección de comentarios. Sin más, les digo hasta luego, que tengo que hacer varios trabajitos que aun no termino.
SALUDOS DESDE EL LIMBO