jueves, 12 de agosto de 2010

Declaración de odio

Sí, les hablo a ustedes, los que dicen que ejercen el noble oficio de arder. En el punto más patético del camino de la vida (que no era como yo pensaba, no era como imaginaba, no era como yo creía) a uno le da por rechazar todo tipo de mención de la felicidad ajena.

Los poetas son manufactureros de la palabra, y pueden agradarme en efecto en esa faceta; pero seamos francos, más que trabajar con las palabras, el poeta engendrado aquí y ahora -usted decida a qué lugar y tiempo me refiero- no manipula las letras combinadas, manipula el patetismo, la tristeza, el sufrimiento, la autocompasión y ¡claro! los "sentimientos bonitos".

Cultiva la adulación encubierta, la redención autoafirmativa del que se siente excluido y puede no serlo, el melodrama de la vida diaria transformado en himno y claro, escuchas/lectore(a)s.

De hecho, sin éstos, harían un eterno ejercicio solipsista de lo más tedioso... con todo y que algunos de los que se consideran los más grandes poetas hayan aplicado ésta y hoy sus palabras aún son útiles.

Sin público, en el aquí y ahora, no habría poetas. Porque a estos seres que describo y vilipedio aquí, los aqueja la adicción y la dictadura de la segunda persona del singular. Llevan el ritmo para que la guitarra le dé cuerpo a su declamación. Expresar el poema exige pose y apariencia. No hay poeta, en el aquí y el ahora, sin espejo.

Los acuso de robar miradas y suspiros. El que cuenta historias no es poeta y a menos que sea comediante, no logra encauzar sus vicios -que comparte con los entes odiados- para llevarlos al ancho mar de la mirada atenta. O tal vez sí. Será que no conozco el truco del oficio.

Y es que, mira, la cosa es que yo he incursionado en la piel del poeta, el deleznable ser que describo. Me ha gustado, pero tampoco he conectado con el truco del oficio. Puede que no haya buscado bien o no haya seguido al pie de la letra las instrucciones.

Lo que más gracia me da es que cada verso que escupo, sin querer queriendo, acerco un paso más la poesía hacia su decandencia. Y aún así no puedo evitar la sensación de que mi invasión en ese terreno ajeno es demasiado desapercibida

¿Ése es mi problema, falta de atención? Vamos, sé original, dime algo que no sepa. Algo sobre el oficio y sus practicantes

Los odio. Porque existen más allá del perfil que acabo de dibujar y aún así, ten llaman y te dejas arrastrar.

Pero que quede claro: esto no es una visión lúcida ni objetiva, sino una declaración de odio. Está hecha de vísceras y ninguna es cerebral.

Vengan las críticas destructivas.

P.D.: Los quiero, aunque no se note

H.

2 comentarios:

Anaïs Moreno dijo...

Uuff... yo creía que "el periodo" era exclusivo de las damas, veo que no. jaja.

Pues mi amigo ¿qué sería de la grandeza del "anónimo" sin la arrogancia de quien se atreve a firmar con el puño de la vanidad el propio nombre?

Saludos! :)

H-Ek'tor dijo...

Hay arrogancia sí, en quien firma, pero no hay grandeza en el anonimato.

Internet, de hecho, me ha mostrado lo contrario.