lunes, 17 de diciembre de 2012
Dudas de toda la vida
martes, 14 de junio de 2011
Animalía y Zoopoética II
Yo, por mi parte, en este momento, aquí y ahora, lamento profundamente que a mis 24 años aún no haya visto en vivo a una mantis religiosa.
H.
lunes, 13 de junio de 2011
Animalía y Zoopoética I
Tengo alrededor de quince años viviendo en Atizapán. Cuando llegamos a establecernos de fijo en esta casa, la familia se encontró con que nuestra construcción estaba rodeada de sendos terrenos baldíos (en posesión de nunca supe quién) que albergaban uno de esos ecosistemas que los seres humanos hemos contribuido a cercar, o en ocasiones crear, con nuestras moles de concreto, yeso y varilla.
Llegar a ese lugar siempre le abrió horizontes insospechados a mi percepción del mundo.
Esa percepción del mundo siempre ha tenido como columna vertebral la idea, simple, infantil, básica y acaso trascendental, de que no visualizo ningún tipo de vida posible sin animales presentes, descontando a los del género Homo. Tanto así que mis más tiernos años albergué el deseo de convertirme en zoólogo o paleontólogo. Si llegar a Atizapán me abrió ese horizonte y me hizo desarrollar tempranamente tales ambiciones profesionales, es justo esbozar el alcance del mismo primero, ¿no?
-Crecí en una colonia defeña en la que los únicos animales que llegué a ver eran los habituales insectos que uno se encuentra en cualquier casa -casi en cualquiera en una ciudad-, moluscos terrestres, arácnidos como las altarañas, pájaros, lagartijas, perros y, muy de vez en cuando, gatos.
-Tuve pollitos como mascotas a los cinco años, si mal no recuerdo, pero me duele confesar que las pobres aves no duraban mucho en mis manos y en las de mis hermanos.
-Cerca de mi protoalma mater, el H. Colegio Salesiano, un señor vendía animalillos como ranitas verdes, cangrejos y creo que hasta iguanas, pero nunca le compramos.
-Tuvimos también guajolotes en nuestro poder, tres si recuerdo bien. Estuvieron engordándolos durante meses, su guarida era una extraña estructura a medio camino entre el corral y la casa de perro que se encontraba esquinada en un patio que cada vez tenía menos espacios con tierra negra y húmeda. Llegado el solsticio de invierno, la costumbre determinó su sacrificio para engalanar nuestra mesa y entonces fui víctima de la primera censura de mi vida: no me dejaron presenciar la muerte de eso pavos que tanta diversión me habían proporcionado durante el otoño y las vacaciones veraniegas.
-También tuve "pescaditos", peces que compraba muy de vez en cuando en un acuario dentro del mercado localizado detrás del famoso Torito, ese centro de visita común a los muchos briagos que no pasan el alcoholímetro o durante un tiempo motel de los miembros de la Rebel o la Monu cuando los pescaban. Dichos peces nunca conocieron pecera en mi casa, a lo mucho paneras de plástico o grandes frascos de esos de chiles jalapeños tamaño tortería llenos de agua de la llave.
-Dicen que de vez en cuando se metían murciélagos a la casa. Yo nunca los ví.
-Un árbol que crecía en mi cuadra se llenaba de gusanos azotadores cada año. Siempre le tuve miedo.
-Cerca de donde vivíamos una casa tenía arriba de su zaguán a un halcón. Creo que lo tenían amarrado de la pata. Nunca pude saber si lo dejaban volar de vez en cuando.
-Un primo muy cercano tuvo de mascotas sucesivamente, un búho, un halcón y conejos. En esa familia ya se hizo costumbre preferir a los últimos.
Ése era MI mundo animal cercano. Mi generación, espero, todavía no podía ser merecedora de oscuros pronósticos y acusaciones de oscurantismo moderno con aquello de que llegáramos a pensar que la leche salía de las cajas. (Por favor, no me mencionen las fórmulas lácteas para cualquier bolsillo, esa es otra historia).
Los animales ajenos a mi entorno estaban en la televisión, en los libros, en las monografías, en los relatos del rancho queretano de los familiares maternos, en los filetes y milanesas que consumía (de res, cerdo, pescado y ave) en la barbacoa, en las visitas al zoológico.
Entonces, un día, siendo aún yo católico practicante (sin saberlo), fui a misa a una parroquia cerca de mi actual domicilio. No he vuelto a visitar dicho recinto en años, pero conservo fresca una imagen que nunca se me va a borrar de la cabeza: en el atrio del templo, cubierto por una lona, y con plantas y árboles de diversa procedencia plantados aquí y allá, se hallaban unas jaulas que albergaban primates. La especie no la recuerdo, pero podría jurar que eran monos araña. Salir de misa y ver monos quizá cosa es común en muchos otros lugares y para muchas otras personas, pero no para un niño defeño asistiendo a dicha ceremonia en Atizapán. En aquel momento no pensé en el maltrato animal o si la religión era dañina u otras chingaderas políticamente correctas (era demasiado joven para haber desarrollado tal conciencia, si además ni tenía quien me la inculcara), únicamente quedé fascinado. Recordé a todos esos seres animados que habían compartido el espacio conmigo.
Y descubrí mi colonia, que a ojos de cualquier otra persona parecería un anodino fraccionamiento mexiquense sateluco wannabe, cuyos días de presunción habían pasado ya hace mucho. Descubrí las enredaderas que se extendían metros y metros en los terrenos baldíos, que producían cantidad de artrópodos fascinantes como libélulas, escarabajos largos y negros, arañas de bellos decorados; las grietas entre bloques de cemento que nutrían de humedad a extrañas larvas, cochinillas y pseudoescorpiones. Aprendí que a las largatijas hay que tomarlas por los costados, no por la cola, para evitar que se escapen al desprendérseles ésta o ser mordido. Presumí con mis compañeritos que en mi casa, en temporada de lluvias, podías encontrar ranas y sapos.
Y fui al mar y conocí otros estados, contemplé la pequeña fauna de cada lugar con curiosidad, fantaseé con contar las historias de mis observaciones. Conocí el Africam Safari de Puebla.
Llegando a la adolescencia me hallé entonces con la dimensión humana del asunto: la posesión de otros seres vivos, lo exótico, la igualación del objeto inanimado con el animal y la planta, el estudio científico, la elevación de ciertas especies al estatus de "humano" traducido como cercano. Hurones para los hipsters, serpientes para los secundarios, iguanas para los que querían comer algo que supiera a pollo, tortugas y perros para el resto, gatos para los melancólicos, pajaritos para las abuelitas, caballos y ganado para alimentarnos, gallos en las colonias "proletarias", víboras en La Marquesa...
Hoy en día puedo percibir que ser animales aún no es parte de ser humanos. Y no tengo idea de qué tenga que ver esta frase con todo lo demás, así que aquí terminamos.
Sean felices.
H.
P.D.: Nota para los filósofos instantáneos bienintencionados: diserten sobre la animalidad en la crueldad humana, la indiferencia de la mayoría y cosas así, les regalo este texto.
miércoles, 4 de mayo de 2011
En la opinión de... (+ Bonus Track)
A lo largo de estos diez años he contado a muchas personas una jocosa anécdota de cuando ocurrieron los atentados del once de septiembre. Tal vez cada amigo o amiga que tengo, tal vez cada persona de la que me he enamorado desde entonces, tal vez todos mis conocidos la han escuchado alguna vez. No cuento, por supuesto, a los que estuvieron en esa ocasión ahí conmigo. Creo que cada que conozco a alguien, pregunto sobre qué estaba haciendo o dónde estaba esa persona cuando ocurrieron los atentados, o cómo fue que se enteró. Debe ser, de lejos la mejor manera de romper el hielo, ahora que lo pienso bien. Una vez, incluso, me vi contando la anécdota en una cátedra de Jorge Volpi en la Facultad. Lo curioso del asunto es que es seguro que por más que haya contado la singular historia, nunca la he escrito y creo que ahora que el buen Osama ya duerme con los peces, es una buen pretexto para contarla aquí.
Resulta que por aquellas fechas, yo cursaba el tercer año de secundaria, ya saben, en el lengendario colegio salesiano. Transcurría un día martes cualquiera, llegamos a clases y salimos a nuestro receso de las 9:30; al regresar nos tocaba la clase de física, que había sido impartida en esa escuela durante generaciones por un hombre a quien le decían el Pato. Y aquí debo detenerme un poco.
Creo que se llamaba Eduardo. Era una figura casi mítica en esa secundaria debido a su peculiar timbre de voz (a ello debía su apodo) y su modo tan campechano de impartir clase. Honestamente no recuerdo haber aprendido algo durante los tres años que lo tuvimos dándonos cátedra, bastante llevadera por lo demás. El día que se presentó, en primer año, dio un largo sermón que ahora mismo recuerdo fue bastante entretenido aunque ya no es claro para mí de qué habló; eso sí, y seguramente muchos lo recuerdan bien, la cereza en el pastel de esa presentación fue viéndolo subirse al escritorio para saltar desde él. Pensándolo bien, no fue tan cómico, debió quedar grabado en mi memoria debido a que a un compañero sí le pareció en extremo gracioso y rió casi al punto de orinarse.
Una actividad que usaba para comer tiempo en sus clases era dándonos a leer viejas revistas de divulgación del tipo Muy Interesante para que según "hiciéramos investigación", la cual consistía simple y llanamente en copiar las pequeñas notas de curiosidades en nuestro cuaderno. También, ya el último año, le dio por ponernos documentales de Caminando con dinosaurios, y la verdad nunca nadie entendió qué tenían que ver con su clase, pero igual lo agradecíamos, pues era una buena razón para tragar golosinas y hasta garnachas como cerdos en el salón y él se echaba un coyotito mientras acababa.
¿Por qué me extendí tanto hablando de este hombre? Además de que soy un tipo muy disperso, quería proporcionar un perfil de la persona que se encargaría de anunciarnos a un grupo de treinta y ocho pubertos el acontecimiento histórico que marcaría el inicio de un siglo. Así que pues imaginen al Pato, un hombre de baja estatura y moreno, entrando al salón de clases y decir, con un visible tono de preocuación: "Muchachos, agárrense: dos misiles palestinos acaban de tirar las torres gemelas en... ¿dónde están las torres gemelas?" Alguien responde por ahí: "¿Boston?". El Pato continúa: "Ah , sí, sí, en Boston. Ah, y además, ya hay tomas de que los palestinos están celebrando".
Puedo asegurar sin temor a equivocarme que muchos pensamos en ese momento "¡Huevos, la Tercera Guerra Mundial y yo sin haber conocido el amor!" . Me quedan en la memoria también algunas muy bizarras conversaciones con mis compañeros sobre si habría la posibilidad que nos mandaran a la guerra con apenas quince primaveras. Yo hasta fantaseé con una despedida épica con la chica que en aquella lejana época me hacía suspirar. Carajo, ser puberto le permitía a uno casi cualquier cosa.
Luego nos enteramos de los acontecimientos reales (los aviones comerciales, Al-Qaeda) y ¡oh, desilusión! la versión del Pato quedó enterrada en nuestro inconsciente colectivo (de grupo), pero también como un elemento indispensable en nuestro archivo de salesianadas cómicas; quizás para muchos, como yo, la más memorable.
El Osamazo de esta semana nos deja un sabor a vacío, porque, aunque hacía ya un buen rato que el saudí más simpático del mundo no se aparecía en los medios, no daba nota ni nada, todo mundo sabía que estaba ahí, como el lobo de los juegos, Juanito y el padre Maciel. Una lástima que se nos haya ido. Pero ps pa'llá vamos todos, pa'llá vamos todos. Hay que hacerle homanjes dignos de su persona, no mamadas como esta. Precisamente esta semana encontré entre mis pertenencias un ejemplar de un periódico escolar de esos aciagos días del Ozzfest 2001, que supongo sólo duró un número, pues se trataba de un mero proyecto de trámite para pasar la materia de español por parte de unos compañeros. En la última página me topé con las primeras tiras de Los Miserables del maese Patricio y El Cerdotado de Polo Jasso que vi en mi vida y versan precisamente sobre los acontecimientos. Aquí tienen la página:

Finalizamos con un corrido del maistro Andrés Contreras:
Próximamente comentaremos la marcha próxima a arribar al corazón del Anáhuac. Manténganse en contacto.
H.
martes, 19 de abril de 2011
Curiosas anécdotas de la adolescencia: De cómo le apliqué la Santa-Anneada al territorio nacional
En fin, me desvío. El encargo del que hablaba tenía que ver con recortar el contorno del territorio nacional de dos mapas de la República Mexicana con división política -uno con nombres y el otro no- que eran del tamaño de un pliego de cartulina, entre otras cosas. Ya no recuerdo el destino final de estos recortes.
Hicimos lo que nos pidió el hombre y nos quedamos platicando un buen rato en lo que regresaba. Cuando lo hizo revisó nuestro trabajo y de repente notó algo extraño en uno de los mapas recortados, pero no alcanzó a identificar qué.
Esto es un aproximado de lo que le entregamos:
¿No adivinan? Vean más de cerca.
En efecto, camaradas: dado que el mapa no traía nombres, únicamente la división política y la impresión de las líneas era defectuosa en cierta parte del mapa, mi esforzado compañero y yo nos habíamos chingado el hermoso estado de Colima. En ese momento los tres nos percatamos del error porque se me ocurrió comparar el mapa mutilado con el que sí tenía nombres.
El Banda sólo acertó a decir, con una divertida sonrisa:
-¡Ah, qué lástima! Con tan bonitas playas que tiene Colima. (transcripción casi literal)
Ese día me sentí como Santa Anna vendiendo La Mesilla.
El mapa, por cierto, fue utilizado, en lo que fuera que haya sido utilizado, sin Colima. Seguramente el pedacito de papel que representaba el estado acabó en la basura. Quién sabe, puede ser que ustedes en este momento, si usan papel reciclado, estén en posesión de las moléculas de ese pedazo de México.
[Termino mi néctar de durazno y me dejo caer hacia atrás para quedar acostado boca arriba y me duermo. Desvanecido en negro. Créditos]
H.
P.D.: Nunca he ido a Colima, pero si algún colimense me lee, en serio me disculpo por haber recortado a su matria de ese mapa. Palabra del osito Bimbo.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Perturbadoras visiones de la niñez
H.
domingo, 23 de mayo de 2010
Me pregunto...

Al primero que me lo digo se va a ganar un lugar en el banquete de Odín.
(En serio, si les suena, por favor, ¡díganme!)
H.
domingo, 9 de mayo de 2010
Yo pregunto...
martes, 20 de abril de 2010
Confusiones memorables de la infancia
La vez que nos enseñaron el tema, nos dejaron, obviamente, sacar potencias de tarea. Al día siguiente, uno de mis compañeros, con signos de evidente angustia, me pide:
Pásame las fuerzas.
El mejor intento por copiarme la tarea, por mucho.
[La ardilla se ha acercado a mí. Saco de la bolsa del pantalón una bolsa a medias de cacahuates japoneses mientras doy un último sorbo al raspado. Le dejo a la ardilla mi bolsa de cacahuates y salgo de la toma. Veinte segundos tomando a la ardilla comiendo. Desvanecido en negro. créditos.]
jueves, 15 de abril de 2010
Sensaciones inolvidables de la adolescencia (y avisos)

[Estoy en una sección del estacionamiento de Mundo E, sentado en una banca, comiendo una cocada. La luz del sol hace suponer que son las cuatro o cinco de la tarde. Una pareja se ve caminar a lo lejos; van de la mano y juguetean acercándose y alejándose uno del otro. Yo tengo al mirada fija en el sulo y ocasionalmente la elevo a la nubes]
Cuando me pienso en mi rol de hombre, me doy cuenta de que nunca lo he desempeñado bien y me alegro por eso. Por ejemplo, a diferencia de los caballeros, yo sí tengo memoria.
Sin embargo, en ocasiones he llegado a concluir que algunos roles masculinos me son deseables nada más por que sí. O más bien, uno de ellos: ser protector con la persona que amo. Digo que son deseables por no tener yo ni oportunidad ni actitud para demostrarlo más que una sola vez.
Tiene que ver con Laura. Ustedes saben que la am... am... a... m... amé. Bueno, confío en que crean que tal cosa fuera posible.
En una ocasión que ella accedió a que vagáramos por mis rumbos (léase Tlalnepantla, Naucalpan, Atizapán) la traje hasta acá en un conocido autobús que sale de Popotla. En una parte del trayecto, cerca de la calzada Gustavo Baz, el chofer tomó un atajo que incluía subir por un calle con, digamos, unos 50 grados de inclinación. Todos aquellos que están acostumbrados a viajes en transporte público en superficies planas no pueden evitar la sensación de vértigo y -por qué no- de miedo al permanecer dentro del camión en este tramo. Eso fue lo que Laura me externó esa vez.
Yo, para entonces ya acostumbrado a este tipo de atajos, sólo pude reaccionar abrazándola con un solo brazo y besándole la frente, en un gesto casi paternal. Nos fuimos en silencio el resto del camino, hasta mi casa. No era un silencio incómodo, más bien al contrario. A pesar del típico bamboleo de los enfrenones e imprudencias del hombre al volante, puedo decir que pocas veces he sentido tanta paz. No alcanzo a recordar si tenía 14 o 16 años. Da lo mismo: Laura moriría en 2005.
Hoy el camión que me trajo a casa tomó ese atajo y a mi mente acudió el recuerdo de aquel momento, ya algo cubierto por el polvo de otras relaciones naufragadas, ansias reprimidas, sueños fracturados y deseos despreciados.
No pude evitar que se me escaparan una lágrima y una sonrisa: ambas ligeras, pequeñas.
[Estornudo. Un par de gorriones llega a posarse en la banca donde estoy. Me termino la cocada. la pareja que se ve a lo lejos sale de la toma. Me levanto sacudiéndome boronas y salgo por la derecha. Desvanecido en negro. Créditos]
Pasando a otras cosas, permítanme invitarlos a lo que sigue:
-Primero, una persona que comparte conmigo mi exquisito gusto por la música de Porcupine Tree, después de presumirme que ella sí fue al concierto de ayer, me pidió promocionar esto, un audio que hizo para concursar en algo de Nescafé. Pásenle y voten, no sean.
-El buen Cazador de Tatuajes estará mañana leyendo, firmando y vendiendo libros de vampiros. Si se lo pierden es que no tienen corazón. Más info aquí.
P.D.: Si usted cree que Delirio y el camarrada Lenin (su momia, para ser más exactos) se están apoderando de este blog, deje de andar de ocioso y mejor póngase a trabajar, que ahí viene su jefe.
H.
martes, 23 de febrero de 2010
De cómo confundieron mi casa con un rancho davidiano
-¿Quién?
Una voz de hombre maduro, quizá muy entrado ya en sus cincuenta responde:
-Disculpe, ¿se encuentra el pastor Héctor Gaviria [no recuerdo el otro apellido que menciona]?
-Eh... no... no vive... aquí.... está equivocado...
-¿Es esta Avoceta 36?
-Eh.... sí.
-Sí, mire, venimos del Ayuntamiento. Nos dijeron que aquí está la Iglesia de los Seguidores del Maestro.
Mi hermano ya está detrás de mí sin que yo lo note. Con el ceño fruncido y con una sensación extraña contesto:
-No, claro que no. Aquí no es.
-Gracias.
No oigo más. Parece que se retiran. Digo "retiran" porque la voz habló en primera persona del plural. Volteo y encuentro a mi hermano con una mueca de duda.
-¿Escuchaste? -le digo.
-No.
Le cuento la escena. Nos miramos con la cosquilla de una risa nerviosa. No sabemos cómo reaccionar.
Datos perturbadores:
-Mis vecinos, ya lo leyeron líneas arriba.
-Me llamo Héctor, como el pastor que estaban buscando. Con que hubieran acertado con mi apellido, me hubieran hecho dudar de esta realidad o de mi vida. Como en Memento o en Matrix.
-En efecto, vivo en el número 36.
-La voz dijo que les dieron la dirección en en Ayuntamiento. Osea, una extraña coincidencia de circunstancias o me tienen vigilado o no sé qué.
Googleo "Iglesia de los seguidores del maestro". Sólo encuentro esto.
Ya pueden empezar a especular.
H.
lunes, 22 de febrero de 2010
Escenas memorables de la adolescencia (o de la vida)
Ser intruso puede ser una experiencia satisfactoria y agradable. Lo digo porque lo común es que aquellos que lo ven a uno como intruso pueden lograr provocar malestar e incomodidad inesperados. Pero cuando uno se asume intruso sin influencia externa y además no padece la mirada vigilante de los demás, hay una morbosa, pero algo tierna, sensación de satisfacción.
Déjenme soy más explícito.
Yo, una fría mañana del 2000 probablemente, fui intruso de la Unidad Nonoalco-Tlatelolco por unas dos horas. Mi padre me acompañó a ver una obra de teatro (La Olla, de Plauto, si mal no recuerdo) a un pequeño teatro en la citada unidad, pero nunca dimos con el lugar. La belleza del momento era algo excepcional. Quiero decir: a las 9 de la mañana, en domingo, se veía poca gente fuera de sus departamentos y el cielo nublado gobernaba. Me sabía fuereño, pero era... no sé, distinto. Nadie nos observaba. Mi padre invitándome a desayunar en un café cercano, contándome cosas sobre el 68 en un recorrido por la Plaza de las Tres Culturas. Hay ocasiones en que uno, en un instante, se da cuenta de que el rumbo es capaz de hacerle sentir intruso y aún peor, fuera de lugar. Pero esa mañana, Tlatelolco me acogió como un gentil anciano mostrando su humilde morada a un joven extraño (único arquetipo con el que puedo armar la metáfora en estos momentos), me hizo asumirme como un intruso que no por serlo desmerece la bienvenida.
Y experimentar eso a los 14 años en compañía de mi padre, es un verdadero regalo de la vida.
Quizá por eso me gusta tanto Temporada de patos.
No pregunten más. Adiós
[Me tomo el champurrado a grandes tragos, me estremezco un poco a causa del frío. Termino. El perro pasa por ahí. Aplasto el vaso con la mano. Desvanecido en negro. Créditos.]
sábado, 30 de enero de 2010
Estadísticas memorables de la infancia... digo, de la vida
Ehh... adiós.
[Lo que queda de la hamburguesa chorrea de una mezcla entre jugo de jitomate, mostaza, catsup y almíbar, porque es una hamburguesa hawaiana. Termino rápidamente, me chupo los dedos y me limpio con uan servilleta. Me levanto de la banca, los niños vuelven a entrar a la toma corriendo y yo me retiro, saliendo por la izquierda. Cinco segundos de toma a la banca vacía. Desvanecido en negro. Créditos.]
H.
jueves, 21 de enero de 2010
Creencias inolvidables de la infancia
Cuando era niño y mis padres me llevaban al Heroico Colegio Salesiano de Santa Julia (antes de que me dejaran a mi suerte tomando camiones) recorríamos la parte de Marina Nacional que va de Tacuba a Carrillo Puerto cada mañana -si no se ubican, salgan más o busquen en la Guía Roji- y en un pequeño camellón que está frente a la bajada del puente que conecta a Marina con Parque Vía yo siempre creí ver, hasta los siete años, lo que era la silueta perfectamente definida de un puercoespín africano husmeando entre las plantas.
Después descubrí Dragon Ball, el basquetbol, Limp Bizkit, el sexo y otras miles de cosas que me hicieron olvidarme de él. Ayer pasé por ahí por primera vez en años y ya no pude verlo.
Me siento triste.
Ehh.... Adiós
[Ahora deben imaginarme comiendo el helado que ya se estaba derritiendo, luego dándole la espalda a la cámara inexistente y haciéndole la parada a un microbús para después abordarlo y salir de la escena mientras arranca. Siete segundos de paso de carros por Marina y luego desvanecido en negro. Créditos.]
H.
lunes, 27 de julio de 2009
Ontología
Pero yo, por ejemplo, no sabía que se les llama opiliones. Ni siquiera que se les llama también segadores. Para mí, la palabra con la que inconscientemente los asocio y que será muy difícil de borrarla de mi mente es ALTARAÑAS. Así es, amiguitos: altarañas. No sé de alguien más que use esa palabra fuera de mi familia, puesto que no hay necesidad de mencionar a estos huéspedes con el resto de las personas ¿Cómo para qué? Son el ejemplo perfecto de aquellas cosas a las que estamos tan acostumbrados o que estamos tan dispuestos a ignorar y que carecen de nombre específico. Sólo afean, sólo huyen, sólo están, sólo son. Y obviamente, otra verbo que conjugan frecuentemente (para placer nuestro) es morir.
Lo que el pone el detalle anecdótico a esto es el hecho de la palabra "altaraña" está íntimamente en mi vida al hecho de que una persona en particular me enseñó qué eran esas cosas y cómo llamarlas. Es decir, para mí, la existencia de las altarañas se hizo presente gracias a mi abuelo, allá en la Huichapan. He repasado mi infancia a veces y me percato que él es él único de quien tengo el recuerdo que me enseñó una palabra. Señalaba a los frágiles artrópodos allá en la esquina superior, entre castillos y losa de los cuartos, que permanecían impasibles, listos para huir o caer. Inmóviles. Me decía: "Esas son altarañas".
No sé quién me enseñó a decir "mamá" o "papá" o quién me guió por el camino de nuestra lengua, o quienes me han aportado más cosas. Mi memoria no alcanza a esas personas y hasta dónde puedo recordar, nadie a excepción de mi abuelo, me ha enseñado una palabra tan específicamente ligada a algo, como el caso de las altarañas. Sí, seguro que ha habido otros casos, pero no hallo uno más entrañable.
Un amigo que conocí en la Facultad, hace poco, por medio de su blog, logró algo similar, pero con un concepto. No estoy taaan seguro de que sea algo equivalente, pero ya ven. O podría mencionar a los pececillos de plata, estos:

...de los cuales apenas en este año supe que también se les conoce como lepismas. Pero esos nombres no tienen que ver con una persona, sino con un libro e internet. Acaso tenga que atribuir estos pequeños descubrimientos a mi curiosidad y mis ganas de leer, pero no tiene el mismo sentido.
Ya va para diez años que mi abuelo falleció y entre tantas cosas que aprendí de él, mis recuerdos parecen irse condensando en una esquina superior de algún cuarto, ahí dónde a veces parece no haber vida, por estar lleno de polvo, donde parece acabar el espacio, donde habitan criaturas que nos gusta ignorar a pesar de estar expuestas y visibles; ahí donde un opi.. una altaraña posa sus frágiles patas, lista para avanzar.
A veces envidio su perspectiva.
H.
lunes, 15 de junio de 2009
Simplezas
Y tú, que pretendes y dejas de pretender que me conoces y no te acuerdas de mí: a tí te gusta mi nariz
Y encima tú, que quisiste desearme y sólo pudiste recurrir a la huída: a tí te gustan mis manos.
Pero tú, en quien gasté un verbo peligroso, a quien le puedo dedicar una o dos lágrimas: tú le temías a mi mirada.
Soy como el elefante tocado por los ciegos... el detalle simpático es que frente al espejo hasta parece que me reconforta
Por cierto, ¿alguien tiene el libro Nosotros, de Zamiatin? ¿Me lo prestan?
H.
domingo, 15 de febrero de 2009
Celebraciones
No se engañen, no digo que aborrezca las fiestas, por si ya andan pensando que estoy justificando de manera patética mi antisocialidad. Me gusta festejar, pero cuando uno comienza a jerarquizar las cosas en la medida en que hay fiestas o celebraciones, es cuando la vida se comienza a condicionar. Debe haber millones de seres humanos que no les importa ese condicionamiento (ahí va: mucho de la vida cotidiana es trabajo, cansancio y aburrimiento; la fiesta da remedio por unos instantes o días, condicionando el acumulamiento de euforia y alegría. Esta es la lógica más simple, más normal de verlo y que veo a mi alrededor, es la lógica con que la no concuerdo), viviendo y muriendo sin cuestionarlo. Pero yo no y también deben existir aquellos millones o miles o centenares que concuerden conmigo. Invitados y colados son parte de un grupo selecto, la fecha elegida y hasta el lugar se convierten en cosas excepcionales y quedan grabadas en la memoria como tales, de acuerdo a los criterios del recuerdo de cada persona. Se vea como se vea, una fiesta es una ocasión especial. Desde hace como dos años he venido aprendiendo que otorgar el nivel de especial a algo hace que el resto parezca prescindible. Por eso, la lógica de las fiestas que ocurren a mi alrededor no acaba de convencerme. Es obvio que este post no intenta ni de lejos convencer al lector de este punto de vista ni va a darme la razón; si no voy a las fiestas, para la mayoría es sismplemente porque soy un aguado o estoy cansado o soy muy ñoño o no sé que tantas otras razones se inventan cuando alguien rechaza una inivitación.
Prefiero las reuniones pequeñas, con esas jerarquizaciones de invitados que a mi modo de ver no lesionan en nada mis puntos de vista.Y aún así, yo puse, en mi pequeño mundo, una escala de importancia donde el 7 de febrero (mi rucazo) es más valioso que el siempre meloso 14. Obtuve de mi cumpleaños un alebrije de madera y del 14 otro de papel maché. Detalles ambos de personas que al parecer me aprecian bastante y tuvieron el acierto de poner atención a mis interminables listas de cosas que no tengo y me gustaria tener. Gracias a las dos, las quiero.
Pero ya me desvié, aunque la desviación sirve para retomar el hilo. El alebrije que me regalaron ayer no fue, ni de lejos y a reserva de que me entere de lo contario después, un rregalo de día del "Amor y la Amistad"; fue un regalo de cumpleaños quesque atrasado y en todo caso el contexto de la entrega del regalo fue por demás una anomalía en el calendario de mucha gente, aunque fue un evento de mi completo agrado. Cuando siete días atrás estaba yo fungiendo de anfitrión en mi primera visita masiva a mi casa, me percaté de que no había razón ni sentimiento bien ubicado en dicha "fiesta" de cumpleaños. No entendí qué extraño deseo me impulsó a invitar gente, si yo no tengo preferencia por estas cosas. Me vi arrastrado por quién sabe qué y "tracioné" mucho de lo escribí líneas más arriba. Aunque el haberme percatado de ello, supongo, se reflejó en mi comportamiendo y en mis pocos deseos de intentar organizar algo parecido en el futuro.
Mi conciencia evolucionó de manera que llegué a considerar que el 14 de febrero opacaba mi cumpleños. Es decir una aplastante jerarquización que mis conocidos mamaban de la sociedad y el ambiente de los tiempo que corren imponiéndose a la mía. Por eso, la fecha que acaba de pasar nunca ha significado para mí nada digno de celebrarse y la cuestión es que, carajo, a veces me provocaba más incomodidad que indiferencia. La cuestión es que, dado que soy un individuo difícil, no tengo el pretexto para festejar el amor (de pareja), y la amistad, sinceramente... no es motivo para celebrar. Y si nos ponemos medio cursis, ¿por qué esperar todo un puto año para hacerlo? Chequen nomás como el argumento inicial se va degradando.
Ayer yo tuve otro motivo para sentirme vivo. Quien lo interprete como egoísmo, allá él o ella, pero los motivos personales para evitar el festejo, que no la satisfacción, el placer, la euforia y la alegría, son mil veces más valiosos para mí que lo que el mundo me heredó en materia de fechas "importantes". Acá en Tenochtitlan se les ocurrió que lo mejor era hacer que los capitalinos se ensalivaran para complacer a los medidores de Guiness y el asombro idiota de millones. Los besos, en ese sentido, están en materia de disputa entre el espectáculo público burlesco y el momento privado, donde un solo ósculo vale mil veces más que una fiesta. Pero repito, mi lógica es demasiado personal. En lo personal, en vista de que mis labios no tienen claúsula de exclusividad con nadie (dudo que mucha otra gente respete esas claúsulas, que dicho sea de paso, son de inicio bastante absurdas), de no ser por mi compromiso, bastante importante, estaba dispuesto a ir al frenesí mediatizado a buscar a otra alma solitaria como yo que, con tal de salir en las estadísticas de Guiness (y otros motivos), se djeara besar en los labios con un desconocido. Y debo decir que aunque suene muy acá, esta es la primera vez que siento que "valió la pena verdaderamente perderse San Valentín"; nótense bien las comillas.
Comentario al margen, puedo asegurarles que chicas -y varones, ¿por qué no?- hinchadas de ese invento maravilloso que llaman autoestima y grandes dosis de vanidad estuvieron reciclando el gag de un comercial de Pepsi donde una chica vendía besos a cinco pesos ¿se acuerdan? También debió haber reciclaje de parte de otras chicas no hinchadas (de autoestima y vanidad); es más puedo apostarles que anduvieron por ahí, quesque burlándose de la conocida represión de sentimientos de los varones mexicanos. PUAG!!
Respecto del motivo de festejo (el AMOR) no tengo mucho que decir, salvo lo que mencioné en el cuento de Sandra y Damián. Inventarlo y correr el riesgo. Para mí, se resume en eso, pero hay otras miles cosas en la misma lógica, así que no creo que se merezca un día para él solito. Ni tantas canciones,ni temas de libros, poemas, películas y pláticas. Pero reiterémoslo: la hormiga amargada no tiene la capacidad para callar al feliz niño juguetón que está a punto de aplastarla. Ni motivos plausibles para hacerlo.
Simplemente nos limitaremos, en el Éter Verde, a presentarles lo que otros han dicho sobre este invento infernal, en distintos tonos y que han mostrado a la mente maestra del blog que ud, amable lector, me tomó la molestia de leer, que la creencia es lo que vale, no tanto lo que ella produce.
Primero, una cita del libro de José Luis Trueba Lara, La tiranía de la estupidez, del cual les comenté hace unso ayeres y cuya lectura recomiendo ampliamente. La cita está tomada del apartado "Mirar el amor", que comienza en la página 233, para los quisquillosos:
La cultura de la voluntad esclavizada que contamina el mismo suelo del que se nutren la raíces de la sociedad no sólo se apoderó de los cuerpos y los transformó en un espacio disciplinario; también se adueñó del amor y, gracias a un serie de falacias, lo convirtió en un producto democrático, en una mercancía cuya duración -al igual que la ropa de moda- es fugaz.
[...]El nuevo amor somete a los individuos a una tensión existencial cuyas consecuencias aún no puedo valorar plenamente, sólo puedo aproximarme a ellas como alguien mira un vórtice recién formado: los hombres anhelan destruir su condición de carne impoluta para construir un mundo perfecto, una eternidad que dure un instante y se prolongue hasta el infinito con el fin de convertirse en seres eternos y sabios. El amor -por lo menos desde esta perspectiva- parecería mostrarse como la única salvación posible para el hombre moderno que asesinó a las deidades y enalteció los grandes mitos creados por los partidos de masas: en nuestros días, ni Dios ni los ideales políticos que intentaron transformar el mundo en un Paraíso gracias a los líderes y las acciones de los partidos de masas son capaces de ofrecer la posibilidad de la trascendencia, pues ésta -al parecer- sólo puede alcanzarse mediante el amor o, en los caos más elementales, gracias a una abultada cuenta de cheques y una vida donde la ansiedad por el estatus ha sido ilusoriamente satisfecha.
Sin embargo, el maravilloso deseo de negar la carne impoluta para alcanzar la trascendencia no tiene libre el camino, y el espíritu de quienes se han sumado a las nuevas religiones seculares también se encuentra atrapado en otro tensor: en una sociedad en la que la fugacidad laboral se ha convertido en santo y seña de la mayoría de los individuos, donde poseer y representar han hundido al ser, no es posible crear mundos, soñar eternidades o tener referentes indubitables y duraderos. La vida es veloz, se transforma con la misma rapidez de las cotizaciones que se muestran en la pizarra de la bolsa de valores o muta con la celeridad de la moda; por esta razón, lo único que importa es el encuentro utilitario, fugaz y, sobre todo, capaz de mantener una relación que otorgue estatus gracias a una pareja sexualmente atractiva o económicamente rentable.
Ps, sí, ni yo pude haberlo dicho mejor. Debemos señalar que no obstante, Trueba Lara habla de algo queya está pasando, no es una realidad absoluta; a todos nos consta que la gente en su totalidad no ha abrazado estas tendencias, pero el peligro latente de que lo hag ahí está. Que se desborde los estrato medioaltos o mediobajos para derramarse sobre el resto de nosotros. Contaminarnos con la ausencia de pisos, seguridades. Yo al menos, tengo la certeza de que nada es seguro, pero aún así es una certeza. Debo suponer que Trueba Lara habla de aquellos que ni de eso pueden estar seguros. Ese invento que llamamos amor sufre las consecuencias. Además, del otro lado están los amores enfermizos y los valores molares asfixiantes. Nadie quiere hallar la tercera vía, por el temor a crear nuevas certezas, no tanto a quedarse sin ellas. El tema es extensísimo, mejor aquí le paramos y dejamos que la música hable. (Los que tengan cosillas de anime, ignoren las secuencias de imágenes, lo me importa es la música)
Pondria más, pero se me seca el cerebro. Pásenla bonito
Peace Out
H.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Cuestionando la Sabiduría Popular II
Con una actitud así, me parece, únicamente se dice de manera pseudo poética que hay que hacer las cosas AHORA y no después, porque podemos perder nuestra oportunidad. Pero lo que prima es la urgencia de la sensación intensa, ese sentimiento de que todo está a punto de terminar y es en ese momento en que hay que "disfrutar" TODO. Es la pretensión de atragantarse de esa sensación intensa, porque no nos parece que haya algo mejor. Pero si después no queda en la memoria ni recuerdo de esa experiencia -ya que después está el inevitable final- yo, personalmente, creo que no tiene sentido. "Vivir cada día como si fuera el último" es solamente saber que hay un límite enfrente o fingir que lo hay y pretender que con esa premisa no es posible no dejar pasar oportunidades y podemos disfrutar más intensamente. No hay chaqueta mental que me provoque más incomodidad que esta.
No, la vida, a mi juicio, debe vivirse -valga la redundancia- con las miras puestas en extenderla lo más posible y aceptar que la muerte es también inevitable. Es vivir en la contradicción, que es lo más humano que puede haber.
Yo prefiero vivir cada día como si fuera... cada día. O si nos ponemos más profundos, como si fuera el primero -aunque ya estemos contaminados de tanta realidad y de tanto mundo-, con todo por delante y nada que nos esté diciendo constantemente "hasta aquí". Ese momento definitivo que corta la vida y la interrumpe es único y, lo más hermoso de todo, inesperado, sorpresivo. Verlo como límite es una actitud miope. Y conste que lo dice alguien que expresamente ha dicho que teme morir.
Es la contradicción ¿no les digo? La gran virtud de las personas.
Es una reflexión que solamente se puede gestar viajando en metro. Pero ya la escupí, así que se aguantan.
PEACE OUT
H.
P.D. Los comentarios del blog se han vuelto una constante respuesta de mi parte a las agresiones de cierta persona que prefiere el anonimato. En Éter Verde V2 respetamos eso, pero también tenemos todo el derecho (y la posibilidad, que es más importante) de ser arbitrarios e ignorar al singular visitante, borrando sus comentarios o bloquéndolo. Siempre hay formas. Puede ser divertido o molesto, pero, por alguna extraña razón, a este tipo le gusta invertir tiempo en descalificar al blog y a mí. Allá él. Si les molesta, lo desterramos, pero si no, pues ahí dejamos que le siga.
sábado, 22 de noviembre de 2008
Nuevos Amigos
miércoles, 25 de junio de 2008
Back from the death

Algo, huevón. Muy huevón. (lean comentarios de antes para que se enteren)
Lo otro, bueno ese sí va bien. Un cuento inédito, junto a otros de ciertos colegas escritores amateurs, podrá ser adquirido muy pronto. Los mantendré al tanto. Por lo pronto, y como este post está muy personal, muy autobiográfico y demasiado X ("equis", pues), le seguimos a lo mismo y mejor les paso imágenes de lo que dejó el sexto semestre, para que, de paso, conozcan las Oficinas Centrales de Éter Verde:
He de señalar de ni fui a al homenaje a Monsiváis (o lo que haya sido) ni tampoco me aprendí un solo poema de Neruda, uno de mis objetivos chafitas de mi semana de enamorado. Porca Miseria.
La hiena Ed, un dinosaurio imposible de plástico y Marquitos custodian mi biblioteca personal (embrionaria a más no poder).
Marc Nouschi y Guliano Procacci me hicieron compañía varios días y aprendí muchas cosas de ellos. Ninguna de ellas me servirá los próximos treinta lustros. Pero no le hace. Son bien chidos
Pertenezco a la FFyL. ¿Alguna duda?
El mero mero sabor ranchero
Y como sé que les interesa mucho también el hecho de que he vuelto a jugar Super Nintendo, les pasó la primicia de mi hazaña de terminar todo Super Mario World en un día. Olviden todo y vean esto, por Dios:
Maravíllense del hecho de que está conectado a una antena de conejo en una televisión casi paleozoica.Qué Xbox ni que nada. No entiendo que hace el Tigger ahí. Ni siquiera sabía que lo tenía.
Un final feliz. Puede constatarse que la obesidad de los hermanos Bros no ha impedido que rescataran a la damisela en peligro. Aunque aquí hay un error. En mi versión de la historia, Luigi ni hizo nada. Le voy a aplicar próximamente la estaliniana a esta foto. Y como sé que ya los harté (ni modo, no todo en este blog es tan chido) les pasó otro de mis cuentos. Si ya están hartos, muy hartos, les doy permiso que me la mienten.
ENJOY!!!
SALUDOS DESDE EL LIMBO
H.
Soñando
No hay lugar para los desesperados en el transporte públicos. Eso le debieron decir a Rodrigo antes de aquel día, uno en el que el metro iba especialmente lleno de gente. Pero todo parecía marchar bien; se había levantado temprano, se arregló pronto, desayunó sin prisa, salió de su casa muy calmado. Día de trabajo normal; nada parecía salirse de la rutina; excepto quizá esa sensación con la que se había levantado. Un sueño muy raro lo había alterado, lo tenía inquieto.
Tenía apenas dos meses de trabajar en esa oficina y en su trayecto nunca se encontraba a alguien conocido. Rodrigo sabía que ese trabajo no era precisamente un lugar donde se encontraría con sus antiguos amigos. Contaba ya con treinta y dos años; había dejado poco atrás una vida en la que podía ver a todos sus amigos por lo menos cada tres días; ahora ya no podía hacerlo. El trabajo le absorbía casi todo el día. Podría decirse que el único momento en que no se veía obligado a convivir con el resto del personal era cuando se trasladaba hasta allá en el metro.
Todo tipo de gente se daba cita en los vagones, alimentando las entrañas del gusano gigante naranja y a Rodrigo le placía verlos; detrás de cada hombre, de cada mujer, de persona mayor, de cada niño, de cada adolescente había una historia no contada. Sin embargo, el encanto se rompía porque, aunque siempre procuraba sentarse, no podía evitar sentir el sopor de una atmósfera abarrotada por cabezas, por lociones, perfumes, aparatos portátiles de reproducción de CD o música comprimida digitalmente e, incluso, alguna porción de comida que alguien llevaba. Todo apuntaba a ello: debía terminar dormido. Esas historias seguían sólo en su mente.
Esa vez fue distinto. Desde el inicio de su viaje al trabajo, se encontró con una chica, tal vez de su edad, que nunca antes había visto. Y había salido de una de las casas que estaban cerca de donde él vivía. Una nueva vecina, pensó. Muy bella, por cierto. Pero ella no parecía irse a trabajar. No, no lo parecía: vestía muy informal. Al principio, Rodrigo sólo alcanzó a ver su rostro una vez y la chica se alejaba de él adelantándose, dándole la espalda. Algo había parecido familiar. Rodrigo trató de recordar. Aceleró el paso para verla más de cerca antes de entrar a los andenes. Momentos antes de entrar ambos, muy cerca el uno del otro ya, el delicado y ligero sueter de la chica se deslizó de uno de sus hombros hacia el suelo. Rodrigo pudo fijar sus ojos en ese rostro, reconociéndolo entonces durante los pocos segundos que ella le permitió. Sí: la había visto en su sueño.
Ella pareció no percatarse de que estaba siendo cuidadosa, pero ingenuamente vigilada y siguió despreocupadamente su camino. Tanto Rodrigo como ella llegaron al andén, listos para tomar el tren. Quedaron casi hombro con hombro, pues Rodrigo había procurado que así fuera. No estaba enamorado, tenía curiosidad. No le gustaba, estaba sorprendido. No obstante, una sola mirada de la chica, perdida en el túnel, esperando impaciente la llegada del transporte logró cautivarlo. ¿Qué hacer ahora? Rodrigo se percató entonces de que el tren se había tardado más de lo común y tras de él y de la chica, el andén lucía una especie de alfombra de cabello y hombros. Ningún ser humano cabía ya entre quienes esperaban poder transportarse hacia sus respectivos destinos, manteniendo la fe en que bajo tierra lo harían más rápido que sobre el asfalto.
Una luz se asomó en el túnel. Rodrigo sonrió y no reservó su sonrisa al frío vacío de las vías, sino que la ofreció a quienes le rodeaban, aunque nadie se la correspondió. Sólo una persona. Ella, precisamente. Rodrigo no dejó de mirar ese rostro amable, que había soñado antes de conocer; pronto, el cansancio acumulado de muchas jornadas de trabajo ganó y le obligó a cerrar los ojos y liberar el cuerpo de la tensión de estar parado. Nadie, salvo un hombre corpulento que estaba detrás de él, se dio cuenta de ello. El gigante, poco tolerante con la gente lenta, despertó violentamente a Rodrigo. El somnoliento joven treintañero terminó de reaccionar cuando el tren naranja pasó a escasos centímetros de su rostro. El ejército de ciudadanos apurados alistó mochilas, codos, hombros, audífonos y portafolios para abordar el transporte. Rodrigo no podía contarse entre ellos. Era la primera estación de la línea. Los afortunados y agresivos disfrutarían de un asiento donde dormir una siesta, estudiar, escribir o comer. Las puertas se abrieron. Una salvaje lucha estaba por iniciar por el derecho a soñar.
Rodrigo sabía que no podía acercarse más a la chica. Prefirió olvidarse de ella, aunque la tenía junto a él. Dos, tres pasos y se apoderó de un asiento. Ella hizo lo propio con otro del otro lado del vagón. Ambos quedaron frente a frente durante pocos segundos. La chica sonrió, pero el amable gesto fue borrado por sacos, chamarras y bolsas a la mirada de Rodrigo. Él, resignado, se dispuso a tomar una ligera siesta: de cualquier forma, bajaría del metro hasta la penúltima estación. Cerró los ojos e intentó desconectarse del resto del mundo. Fracasó. Muchas personas platicaban y el ruido propio del movimiento de tren lo aturdía.
Frustrado su intento de siesta y empezando a sufrir los efectos del calor humano, Rodrigo sacó un libro de su mochila. El Castillo de Kafka. Leyó ávidamente cinco páginas. En la sexta, sus ojos parpadearon pesadamente y le costó un gran esfuerzo tratar de volver a abrirlos. Pasó otras siete páginas y volvió a cerrar los ojos. Cabeceó: Morfeo lo había domado.
Primero, una densa capa de color negro. Solo sonidos que se iban apagando. De súbito, una cascada de grises imposibles se hizo presente y en su danza de tonos, las formas comenzaron a surgir en la mente de Rodrigo. La imagen, clara, se mostró entonces: el vagón lucía vacío y él permanecía sentado en el mismo lugar. Frente a él, la chica de su sueño. Ahora aparecía por segunda vez. Se vieron el uno al otro. El tren corría libremente, no hacía escalas; era un viaje eterno. Ella entonces abrió la boca, aspirando para decir algo, pero se lo guardó. Rodrigo no sabía si hablar o permanecer en silencio.
Sin previo aviso, ella tomó la palabra. “Te he visto antes ¿sabes? En un sueño”. Rodrigo la miró sorprendido, sin moverse y contestó. “Creo que puedo decir lo mismo. Y bueno… de hecho, esto es un sueño, ¿qué crees que signifique?” Ella se rascó la cabeza y contestó con indiferencia:”No creo que sea cosa de significados. Encontrarse en un sueño es tan raro que deberíamos hacer algo para no olvidarlo, ¿no crees? Después de todo, esto no pasa muy a menudo”. Rodrigo sonrió y se levantó de su lugar, caminando hacia ella. Se agachó para verla directamente a los ojos y se quedó pasmado en ese movimiento. Ella reclamó “Yo esperaba un beso”. Rodrigo abrió la boca para contestar “Si te beso, no te voy a ver y no te recordaría”. La chica no pareció comprender el mensaje. Se levantó con una mirada fría, dirigida a Rodrigo. “Ya no me veas” Así, puso la palma de su mano sobre los ojos del joven. El negro regresó y a lo lejos, regresaban los ruidos del movimiento del tren, las voces, la música de los vendedores ambulantes. Pero, algo se sentía distinto.
Abrió los ojos. Le ardía la mejilla. Una mujer, alta y bien formada, se abría paso entre los pasajeros de manera violenta y salió visiblemente molesta del tren. Un torrente de miradas acusadoras se dirigió a Rodrigo, tanto de hombres como de mujeres. La chica de sus sueños (porque ahora eran dos) se movió hacia la entrada y se detuvo donde se encontraba Rodrigo. Él, sin haber salido completamente de su letargo, le dirigió unas palabras: “Oye, ¿me podrías decir tu nombre?” Ella, al parecer indignada, le escupió, diciendo: “¡Ni en tus sueños, cerdo! ¡Mamá, espérame!”.
La chica salió. De la mente y de la vida de Rodrigo, así como había entrado. Por un sueño.
