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lunes, 8 de abril de 2013

Animalía y Zoopoética VII: El Zodiaco Enjambrista


[Este texto fue escrito originalmente el 1 de abril de este año, así que el horóscopo es de ese día]

Primero, ¿por qué “Enjambrista”?

Porque algunas de las cosas más importantes en el mundo se hacen enjambre. Como las imágenes que componen nuestra mente o las abejas que desaparecen y pueden hacer colapsar la civilización dejando de ser colmena. Y no olvidemos a las estrellas ni a las multitudes individuales o a los individuos multitudinarios que no desean ser llamados rebaño ni nombrados legión.

El Zodiaco

Dice un antiguo proverbio que me inventé hace un tiempo que a cada estrella mira una roca y a cada roca mira una estrella. Otro dice que las únicas estrellas que se hacen enjambre son las que acaban de morir. Los enjambres de estrellas son deseo de las colmenas, que desean imitarlos. Aquí es dónde les digo que todo esto significa que esta Rueda de Animales (traducción literal de la palabra “zodiaco”) no necesita correspondencias astronómicas en el cielo porque, como dijimos al principio, a cada roca mira una estrella y a cada estrella mira una roca. El cielo está dibujado en el suelo que pisamos y podemos mirar su disposición desde aquí. Las imágenes de ese dibujo se hacen enjambre en la mente y luego, por breves eternidades, se hacen colmena y destilan miel.

A esa miel la llamamos ideas.

El Zodiaco Enjambrista (destilado del ‘87) se compone de  una rueda de 31 Animales Danzantes alrededor otra rueda de doce Máscaras Caminantes.

Los danzantes son:

1. Medusa
2. Lepisma
3. Colibrí
4. Mantis
5. Cochinilla
6. Narval
7. Lémur
8. Conejo
9. Tortuga-caimán
10. Gato-tigre marsupial
11. Pangolín
12. Armadillo
13. Coatí
14. Ornitorrinco
15. Faisán
16. Tigre
17. Ajolote
18. Megaterio
19. Avispa
20. Hidra
21. Anomalicaris
22. Nutria
23. Perro
24. Oso hormiguero
25. Cuco
26. Zanate
27. Basilisco
28. Calicoterio
29. Eohippus
30. Lamprea
31. Tardígrado

Como ustedes podrán intuir, cada Animal Danzante corresponde a un día de un mes del calendario gregoriano, que usamos actualmente.

Las doce Máscaras Caminantes son las del ciclo simbólico del héroe, cortesía de Carol S. Pearson.

1. El inocente – enero
2. El huérfano – febrero
3. El guerrero – marzo
4. El bienhechor – abril
5. El buscador – mayo
6. El destructor – junio
7. El amante – julio
8. El creador – agosto
9. El mago – septiembre
10. El gobernante – octubre
11. El sabio – noviembre
12. El bufón – diciembre

Así que, para conocer su signo en el Zodiaco Enjambrista, lo que deben hacer es buscar la Máscara del mes en que hayan nacido y el Danzante del día de ese mes. Por ejemplo, yo soy el Lémur Huérfano, por que nací un 7 de febrero.

Ser un Lémur Huérfano no es algo que se pueda definir con claridad. Dado que en mi cabeza hay enjambres de imágenes que componen mis ideas sobre “lémur”, sobre “huérfano” y sobre la combinación “lémur huérfano”, y no hay manera de hacer aterrizar dichas ideas, he de recurrir al horóscopo. Por su naturaleza, el horóscopo me dirá algo muy distinto cada día, pero el punto importante es que es un destilado distinto para cada ocasión, lo que hace del Lémur Huérfano una definición cambiante cada vez, pero que se va construyendo con cada horóscopo consultado.

El Horóscopo

La correspondencia de los Animales Danzantes y las Máscaras Caminantes con nuestro calendario es mero trámite para acercar a las personas a su propia Fiebre de Enjambrazón. Existen varios métodos para leer un horóscopo en el (anti)sistema enjambrista. Uno que se antoja especialmente interesante va como sigue:

Se necesitan 3 libros cualesquiera y 5 dados
Los dados: seis caras (desde ahora, d6), cuatro caras (d4), ocho caras (d8), doce caras (d12) y veinte caras (d20). Un juego de dados de rol estándar es útil.

Se tira el dado d4. El número resultante es la cantidad de frases que se tomarán del primer libro.
Se tira d6. El número resultante es la cantidad de frases que se toman del segundo libro.
Se tira d8. El número resultante es la cantidad de frases que se toman del tercer libro

El orden de los libros es el que el consultante elija. En caso de que, por alguna razón, la página no tenga texto o que sea de un número tan bajo que corresponda a índice o contraportada, se deberá  continuar hojeando hasta encontrar una página donde al menos uno de los dígitos sea el número del dado; por ejemplo, del número 1 pasamos al 10. Consideramos una frase un enunciado entre dos puntos (puntos y seguido, y puntos y aparte). Las dos frases deben comenzar y terminar en la página.

Después se tiran d12 y d20.

La suma de los resultados de d4, d6 y d8 es el número de la página del primer libro, de donde se sacará la primera parte del horóscopo.

La suma de los resultados de d12 y d20 es el número de la página del segundo libro.

La suma de los resultados de los cinco dados es el número de la página del tercer libro.

Un ejemplo rápido:

Yo elijo para mi horóscopo de hoy, 1 de abril de 2013, Apuntes de un escritor malo  de Mauricio Bares, La lluvia de fuego de Leopoldo Lugones y Locura de Dios y otras visiones de Hernán Lavín Cerda; el orden en el que los menciono es el orden en el cual iré extrayendo las citas para mi horóscopo.

Tiro los dados. D4=2, d6=2, d8=4
Extraeré 2 frases de Apuntes de un escritor malo, 2 frases de La lluvia de fuego y 4 frases de Locura de Dios y otras visiones.

Tiro los dados restantes. D12=10, d20=9.

Sacaré la primera cita, de dos frases, de Apuntes, de la página 8. Dado que el texto comienza hasta la página 11, me voy hasta la 18, porque quiero sacar la cita de la primera página donde haya un 8. Veo la página entera y elijo las frases: “Recapitulando, no nos resta más que admitir que los escritores, por mucho que ondeen las cualidades de su intelecto, no se libran del juicio que los lectores hacen de su anatomía. Que las fotos artísticas sólo hacen más evidente lo evidente: algunos son tan feos que requieren de fotos artísticas”.

La segunda cita, de dos frases también, la saco de la página 19 de La lluvia de fuego: “El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver”.

La tercera cita, de cuatro frases, la saco de la página 27 de Locura de Dios y otras visiones: “Muero de hambre, locos, me voy de nuevo/y soy el pudor del que rabiosamente/se va muriendo de hambre. Casi muero de hambre, locos de muerte, cómo me voy/y somos la falsía del pudor del que se va muriendo/de su extrañísima muerte. Con hambre, sólo con hambre/y que las hambres del mundo impongan al fin/su dictadura entre nosotros. Cosa muy rara, sin duda, se dijo de mí/el último de los locos que fue muriéndose de hambre/hasta el momento de la iluminación”.

Ahí lo tienen, yo, el Lémur Huérfano, debo considerar escritura, fealdad, fotos, silencio, muerte de ciudades, hambre, locura, muerte e iluminación, para hoy 1 de abril de 2013.

NOTA: El método sugerido puede acomodarse a las necesidades del consultante. En caso de carecer de los dados, se pueden llenar cinco bolsas opacas con papelitos con números para simular las tiradas. Si hablamos de libros con más de 100 o más de 200 páginas, se pueden emplear criterios aritméticos para todos los resultados. Por ejemplo, al primer resultado de páginas les sumamos 100, al segundo 200 y al tercero 300; así, mis resultados serían página 102, página 202 y página 327.

Por último. Si están leyendo esto, es porque tienen Internet. Si no conocen a algún animal o no saben qué es la Fiebre de Enjambrazón, récenle a San Google.
Buenas,

H.

lunes, 18 de marzo de 2013

Animalía y Zoopoética VI: El Amazón

Cuando ustedes piensan en un amazón piensan en esto o en esto, ¿no es así?

Los rincones de mi mente crearon hace dos noches una imagen propia de lo que es un amazón. Crearon un animal. O descubrieron un animal. No sé cuál sería la expresión adecuada.

El mencionado ente apareció ante mí en un sueño, como es común que aparezcan estas criaturas. Tuve la sensación de presenciar un descubrimiento científico, aunque el aspecto del animal era de lo más común y estaba "consciente", dentro del sueño, de que lo que estaba viendo se perdería irremediablemente para la zoología o para los bestiarios si no daba cuenta de que lo había visto. Es posible que este simulacro de razonamiento dentro del sueño fuese también un paso hacia la lucidez onírica, meta que he perseguido infructuosamente desde hace años; pero ese es tema para otro ocasión.

En el sueño, me hallaba mirando con atención hacia la barda de una versión extraña de la casa de mi abuela materna (en la que viví los primeros diez años de mi vida), tras la cual se asomaban dos chicas con el cabello teñido de tonos que iban del azul al rosado, tatuajes en los brazos y acompañadas de un tipo moreno que lucía un mohawk incompleto. Los tres sostenían una rama larga y gruesa, sobre la cual estaba posado el espantajo en cuestión.

No alcanzo a recordar quién me dijo que era un amazón, pero ése es el nombre que la memoria guardó para mí. Su aspecto era bastante ordinario en realidad: un ave del  tamaño de una paloma, con la forma de un gorrión supercrecido, cabeza grande y redonda, de plumaje azul eléctrico, líneas negras que recorrían el contorno de sus sus ojos diminutos, como cejas. Pero sí uno se acercaba a contemplar al animal de cerca, se encontraba con que su pico era curvo, como el de un halcón y sus patas... mejor dicho sus formidables garras, notablemente afiladas, curvas, puntiagudas, casi como de deinonico.

¿Ya se hicieron una imagen en la cabeza?

El resto del sueño es irrelevante. O al menos eso me dice la memoria, que no conserva ya registro de lo que ocurre después de que apareciera el animal.

Eso fue un amazón para mi inconsciente: un ave de garras letales con aspecto inofensivo. Es raro, y su rareza me inclina hacia tentaciones de superstición. 

¿Yo creyendo en presagios? ¿Por qué no?

¿Por qué no, si yo mismo me invento ahora el significado del presagio de soñar con el pájaro amazón?

Lo haré canónico ahora mismo: soñar con un amazón es presagio de un próximo descubrimiento importante para la mente del soñador, pero el pájaro sólo anunciará dicho evento si el soñador se ha enterado recientemente de la muerte de un viejo conocido, con quien no ha tenido contacto desde hace mucho tiempo.

(No pregunten, en mi caso, quién es difunto en cuestión. Créanme, les es irrelevante)

Si alguien quisiera ser un buen apóstol del mensaje del Amazón Azul, por favor, siembre esto en la mente de otros. Que el pájaro comience a volar en los sueños de otros. Digan que lo soñaron antes de leer esto. Que lo soñaron después de enterarse de la muerte de alguien. Que yo mismo digo que así me sucedió y que si digo que inventé el presagio, que estoy mintiendo. Que esto salió de las notas de un psicólogo. Que el psicólogo compartió notas un día con un colega. Que el pájaro apareció de repente en las notas al pie de una impactante ponencia en importante congreso de siquiatría. Que frailes, místicos, filósofos, médiums, dibujos de pacientes mentales y niños, documentación de la Santa Inquisición, poemas chinos y viejos proverbios tienen la marca de su garras curvas y azulado color de su plumaje.

Que vuele el Amazón, que vuele.

Estoy mintiendo.

H.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

En la opinión de...

La Momia de Lenin
El camarrada al servicio de la comunidad.

H.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

En la opinión de...


La Momia de Lenin

H.

lunes, 20 de junio de 2011

Animalía y Zoopoética V: "The Insect God" de Edward Gorey

Otra destas. Incluida en los "Tres Volúmenes de Instrucción Moral", los Vinegar Works ("The Gashlycrumb Tinies", "The Insect God" & "The West Wing"), a su vez parte de la antología Amphigorey de 1972.

H.

jueves, 16 de junio de 2011

Animalía y Zoopoética IV: "The Bug Book" de Edward Gorey

No hay mucho qué decir. Chequen.
H.

martes, 14 de junio de 2011

Animalía y Zoopoética III (a propósito del ya pasado 10 de junio)


Biología de un Halcón

José Emilio Pacheco

Los halcones son águilas domesticables.

Son perros de aquellos lobos.

Son bestias de una cruenta servidumbre.

Viven para la muerte.

Su vocación es dar la muerte.

Son los preservadores de la muerte

y la inmortalidad.

Los halcones verdugos policías.

Con su sadismo y servilismo ganan

una triste bazofia compensando

nuestra impotente envidia por las alas.

Esta es la primera vez que publico algo relacionado con mi tesis. Y atrasado con motivo del 10 de junio. Pero qué asco de persona soy.

Este poema fue publicado en
Revista de Revistas en junio de 1972 incluido en un dossier titulado "Arte y Poseía frente a la violencia. Pinturas y poemas de irritación y duelo, en el primer aniversario del 10 de junio". Dado que estos versos datan de 1969, a diferencia del resto de los poemas que se publicaron, en la revista se les incluyó en un recuadro que llevaba el rótulo de Premonición. Como si Pacheco ya hubiera intuido la sangrienta totemización del aún impune grupo de choque.

Me topé con él al husmear en el Fondo Pablo Sandoval del Archivo Histórico de la UNAM.


Queda chido para esta serie de posts sobre animales, ¿no?

H.

Animalía y Zoopoética II

Muchas personas se avergüenzan de no haber hecho o logrado tal o cual cosa al llegar a cierta edad. No haber aprendido una técnica o idioma; no haber desarrollado una habilidad en específico. No haber experimentado una experiencia que consideran trascendental en el campo de la vida sentimental, ritos iniciáticos para acceder a ser aceptado en un entorno,la sexualidad, el desarrollo intelectual, el éxito profesional, la estabilidad económica, la trascendencia de las ideas propias, la contribución a la reproducción de la especie y de la conciencia humanas.

Yo, por mi parte, en este momento, aquí y ahora, lamento profundamente que a mis 24 años aún no haya visto en vivo a una mantis religiosa.

H.

lunes, 13 de junio de 2011

Animalía y Zoopoética I

Léase este post en compañía de las notas de la pieza siguiente:


Tengo alrededor de quince años viviendo en Atizapán. Cuando llegamos a establecernos de fijo en esta casa, la familia se encontró con que nuestra construcción estaba rodeada de sendos terrenos baldíos (en posesión de nunca supe quién) que albergaban uno de esos ecosistemas que los seres humanos hemos contribuido a cercar, o en ocasiones crear, con nuestras moles de concreto, yeso y varilla.

Llegar a ese lugar siempre le abrió horizontes insospechados a mi percepción del mundo.

Esa percepción del mundo siempre ha tenido como columna vertebral la idea, simple, infantil, básica y acaso trascendental, de que no visualizo ningún tipo de vida posible sin animales presentes, descontando a los del género Homo. Tanto así que mis más tiernos años albergué el deseo de convertirme en zoólogo o paleontólogo. Si llegar a Atizapán me abrió ese horizonte y me hizo desarrollar tempranamente tales ambiciones profesionales, es justo esbozar el alcance del mismo primero, ¿no?

-Crecí en una colonia defeña en la que los únicos animales que llegué a ver eran los habituales insectos que uno se encuentra en cualquier casa -casi en cualquiera en una ciudad-, moluscos terrestres, arácnidos como las altarañas, pájaros, lagartijas, perros y, muy de vez en cuando, gatos.

-Tuve pollitos como mascotas a los cinco años, si mal no recuerdo, pero me duele confesar que las pobres aves no duraban mucho en mis manos y en las de mis hermanos.

-Cerca de mi protoalma mater, el H. Colegio Salesiano, un señor vendía animalillos como ranitas verdes, cangrejos y creo que hasta iguanas, pero nunca le compramos.

-Tuvimos también guajolotes en nuestro poder, tres si recuerdo bien. Estuvieron engordándolos durante meses, su guarida era una extraña estructura a medio camino entre el corral y la casa de perro que se encontraba esquinada en un patio que cada vez tenía menos espacios con tierra negra y húmeda. Llegado el solsticio de invierno, la costumbre determinó su sacrificio para engalanar nuestra mesa y entonces fui víctima de la primera censura de mi vida: no me dejaron presenciar la muerte de eso pavos que tanta diversión me habían proporcionado durante el otoño y las vacaciones veraniegas.

-También tuve "pescaditos", peces que compraba muy de vez en cuando en un acuario dentro del mercado localizado detrás del famoso Torito, ese centro de visita común a los muchos briagos que no pasan el alcoholímetro o durante un tiempo motel de los miembros de la Rebel o la Monu cuando los pescaban. Dichos peces nunca conocieron pecera en mi casa, a lo mucho paneras de plástico o grandes frascos de esos de chiles jalapeños tamaño tortería llenos de agua de la llave.

-Dicen que de vez en cuando se metían murciélagos a la casa. Yo nunca los ví.

-Un árbol que crecía en mi cuadra se llenaba de gusanos azotadores cada año. Siempre le tuve miedo.

-Cerca de donde vivíamos una casa tenía arriba de su zaguán a un halcón. Creo que lo tenían amarrado de la pata. Nunca pude saber si lo dejaban volar de vez en cuando.

-Un primo muy cercano tuvo de mascotas sucesivamente, un búho, un halcón y conejos. En esa familia ya se hizo costumbre preferir a los últimos.

Ése era MI mundo animal cercano. Mi generación, espero, todavía no podía ser merecedora de oscuros pronósticos y acusaciones de oscurantismo moderno con aquello de que llegáramos a pensar que la leche salía de las cajas. (Por favor, no me mencionen las fórmulas lácteas para cualquier bolsillo, esa es otra historia).

Los animales ajenos a mi entorno estaban en la televisión, en los libros, en las monografías, en los relatos del rancho queretano de los familiares maternos, en los filetes y milanesas que consumía (de res, cerdo, pescado y ave) en la barbacoa, en las visitas al zoológico.

Entonces, un día, siendo aún yo católico practicante (sin saberlo), fui a misa a una parroquia cerca de mi actual domicilio. No he vuelto a visitar dicho recinto en años, pero conservo fresca una imagen que nunca se me va a borrar de la cabeza: en el atrio del templo, cubierto por una lona, y con plantas y árboles de diversa procedencia plantados aquí y allá, se hallaban unas jaulas que albergaban primates. La especie no la recuerdo, pero podría jurar que eran monos araña. Salir de misa y ver monos quizá cosa es común en muchos otros lugares y para muchas otras personas, pero no para un niño defeño asistiendo a dicha ceremonia en Atizapán. En aquel momento no pensé en el maltrato animal o si la religión era dañina u otras chingaderas políticamente correctas (era demasiado joven para haber desarrollado tal conciencia, si además ni tenía quien me la inculcara), únicamente quedé fascinado. Recordé a todos esos seres animados que habían compartido el espacio conmigo.

Y descubrí mi colonia, que a ojos de cualquier otra persona parecería un anodino fraccionamiento mexiquense sateluco wannabe, cuyos días de presunción habían pasado ya hace mucho. Descubrí las enredaderas que se extendían metros y metros en los terrenos baldíos, que producían cantidad de artrópodos fascinantes como libélulas, escarabajos largos y negros, arañas de bellos decorados; las grietas entre bloques de cemento que nutrían de humedad a extrañas larvas, cochinillas y pseudoescorpiones. Aprendí que a las largatijas hay que tomarlas por los costados, no por la cola, para evitar que se escapen al desprendérseles ésta o ser mordido. Presumí con mis compañeritos que en mi casa, en temporada de lluvias, podías encontrar ranas y sapos.

Y fui al mar y conocí otros estados, contemplé la pequeña fauna de cada lugar con curiosidad, fantaseé con contar las historias de mis observaciones. Conocí el Africam Safari de Puebla.

Llegando a la adolescencia me hallé entonces con la dimensión humana del asunto: la posesión de otros seres vivos, lo exótico, la igualación del objeto inanimado con el animal y la planta, el estudio científico, la elevación de ciertas especies al estatus de "humano" traducido como cercano. Hurones para los hipsters, serpientes para los secundarios, iguanas para los que querían comer algo que supiera a pollo, tortugas y perros para el resto, gatos para los melancólicos, pajaritos para las abuelitas, caballos y ganado para alimentarnos, gallos en las colonias "proletarias", víboras en La Marquesa...

Hoy en día puedo percibir que ser animales aún no es parte de ser humanos. Y no tengo idea de qué tenga que ver esta frase con todo lo demás, así que aquí terminamos.

Sean felices.

H.

P.D.: Nota para los filósofos instantáneos bienintencionados: diserten sobre la animalidad en la crueldad humana, la indiferencia de la mayoría y cosas así, les regalo este texto.

martes, 18 de mayo de 2010

Nosotros, los animales...

De México a Grecia hay una gran distancia. Muchos kilómetros, muchos dogmas, muchas creencias, muchas palabras. Ambos países tienen en común hoy vivir inmersos en profundas crisis, por motivos distintos. En internet algo más los ha "hermanado" en el mes que corre. No sé si alguien más ya haya hecho referencia a esto.

Hablo de un par de canes.

Prefacio
El perro, ustedes lo saben, suele ser llamado "el mejor amigo del hombre". Razones no faltan para ello, ya que este simpático animal ha acompañado a las sociedades humanas desde siempre. Su simbolismo en nuestro imaginario es vasto, y a pesar de estar relacionado con la destrucción, la inferioridad, el salvajismo y a veces la lujuria, también está ligado a la confianza, la lealtad, el cariño y la ternura. El perro es uno de los animales más humanizados que hay, si no el que más. Digo esto en el sentido de que en los canes la gente ha proyectado tantas virtudes y defectos propiamente humanos que podríamos decir que a la vez que los reconoce como "inferiores", en tanto que son animales, es capaz de elevarlos a la categoría de iguales al mismo tiempo; exactamente de la misma forma en que los seres humanos se tratan unos a otros.

Respecto a la supuesta "inferioridad de los animales" ya
me he expresado una vez. A la luz de dos de los más populares fenómenos mediáticos de la red, para mí la relación entre animales (osea, ser humano-otros animales, léase perros) invita a ciertas miradas reflexivas.

Es posible que me la prolongue con las palabras que siguen, así que si consideran mi tono semiacadémico-pseudopoético tan insufrible como las declaraciones de Felipe Calderón, ps ya se tardaron en abandonar el blog.

Uno
En junio del 2009, tres minutos en la casa de un joven nayarita bastaron para engendrar una escena de las que serán más recordadas en el imaginario de los cibernautas mexicanos. Un perro callejero fue torturado y matado por cuatro adolescentes aquella tarde, siendo grabado el acto y dado a conocer por internet casi un año después. A principios de este mes recibí un furibundo mail-cadena en el que me enteraría por primera vez de este caso. El tono era marcadamente hostil, malsano, cargado de ira. No me desconcertó. Conocía este tipo de reacciones de indignación ante el maltrato animal y su curioso efecto ideológico; ése que equipara las granjas de pollos con un campo de exterminio nazi. Mi ánimo me instó a relacionar el mail con algo como esto.

Me porté insensible, argumentarán algunos. Ni siquiera la preocupación que me causa ver salir al Cofi de mi casa sin que regrese (aunque eventualmente lo haga, respirando entonces yo tranquilo) ni el profundo dolor que sentí cuando llevé a un cachorro que tuve hace unos siete años, mientras su vida se le escapaba para finalmente morir en una veterinaria, acudieron a mi memoria cuando recibí el mail. Considero inadecuado el maltrato a los animales y merece mi reprobación, pero no confío en las campañas "pro-algo" que salen por internet, salvo algunas que naufragan muy pronto junto con mi apoyo ("Yo anularé...").
Mexicanos teníamos que ser, liberales wanabe teníamos que portarnos, niños internos expuestos teníamos que exhibir. Pero sobre todo, teníamos que mostrar el diente para demostrar que no dejamos de ser animales. Por eso ese inocente animal hoy es un estandarte y tiene nombre. Por eso, pedimos matar y torturar a cuatro adolescentes por haberlo hecho ellos con esa infortunada criatura. Por eso, la indignación nace de ver a un animal indefenso ser presa del sadismo y a veces no de ver cuatro cabezas con un cartel de advertencia.

Pero no, no por eso Tepic se movilizó. Algo más se movió allá. La herida es nayarita, pero la saliva de los lengüetazos que intenta minar el dolor puede ser defeña, tapatía, regia. Ellos están allá y sus autoproclamados verdugos están regados en un territorio lascerado por una crisis de treinta años. El respeto a la vida ha sido quebrado mil veces antes, pero algo aquí cambió. ¿Qué exactamente? No lo sabemos.

Porque esos no podemos ser nosotros. Esos cuatro no pueden ser mexicanos. No, los seres humanos somos civilizados, sabemos de empatía y solidaridad. Sabemos de causas justas.

Dos
Las calles de Atenas, escenario de la construcción de un mito fundador. Titanes y olímpicos se disputan el derecho de decidir quién come y quién no, a macanazos y piedrazos, chorros de agua, balazos. Una Europa expectante exige, un público internacional atónito observa. Las apuestas se elevan: hay quien dice que en Grecia se libra una batalla que es suya, como en Seattle, como en Cochabamba, Oaxaca o Lhasa. Otros argumentan que ahí está la continuación de Berlín o Tiananmen.

Y ahí surje él.
"Mala metáfora" de los movimientos sociales, líder y vanguardia de la lucha, fenómeno de masas, Lukánicos aspira a un puesto en el santoral junto al hombre que detuvo tanques chinos. La ciudad lo cobijó y ahora él parece estar defendiéndola. Su reacción parece natural, siente la violencia, debe hacer algo. Quizá no entienda lo que se juega es esas calles, pero ladra entusiasta, escapa dignamente. Los rebeldes los acojen. No sabemos qué opina el otro bando.

Griegos tenían que ser, anarquistas tenían que ser. El simbolismo parece abstracto, pero tiene consistencia. Los fotógrafos forjan su leyenda. Sigue vivo. E ignorante de su condición de superestrella de Youtube. Héroe que lo es por no ser humano.
Así como Callejerito es víctima, justamente por la misma razón.

Tres

No nos tapemos los ojos. Ni los genitales. No nos cortemos la uñas, dejemos que nuestro olor corporal emane libre. Aprendamos de la sangre. Gruñamos porque nuestro reino le ha enseñado a otros animales cómo nos mordemos la cola, pretendiendo la superioridad y aprendiendo sobre nuestra pequeñez en el trato diario con ellos, nuestros mejores amigos.

Epílogo
¡Nadie se mueva!
Les aseguro que fue tan confuso para mí escribir esto como para ustedes leerlo y comprenderlo. No hallo palabras más claras para expresarme en estos momentos y creo que mi postura permaneces vergonzosamente oculta, ¿verdad? De eso se trata. Detrás de la admiración o el repudio, así es como las cosas llegan y nacen los símbolos. En la más profunda de las confusiones. Así, mientras el mundo se convulsiona, dos síntomas toman la forma de perros. Estemos atentos.

Si quieren conocer un buen comentario (el que yo considero el mejor que he leído) sobre el caso de Callejerito, dénle click aquí.
El curioso fenómeno de Lukánicos está documentado en varios lados, pero éste es un buen resumen.

Y justo es dar voz a los bienintencionados. Hago proselitismo por una causa razonable:
PEACE OUT

H.

lunes, 27 de julio de 2009

Ontología

¿Alguien reconoce a este simpático animalillo?
Cuando era niño, vivía en casa de mis abuelos maternos, en la legendaria colonia Huichapan. Bueno, en realidad, en estricto sentido vivía en la San Diego Ocoyoacac, pero eso a nadie, salvo a las instancias de gobierno, les importa (sí... ¿verdad?). Era una casa como cualquier otra de una colonia medio proletaria, medio miguelhidalguense y muy peligrosa. Y como en todas las casas donde se acumula polvo, había opiliones. ¿Qué? A ver, lea bien y repita: O-PI-LIO-NES. Falsas arañas en las esquinas de los techos, huyendo frenéticamente de manos, escobas, zapatos, periódicos y matamoscas artropodicidas. Seguro que ya saben de qué hablo. Estos animales con los que seguramente ustedes han convivido, son uno de esos observadores silenciosos, ignorados e incluso odiados más comunes de la fauna que habita nuestra casas y comparte el techo con miles, qué digo miles, millones de personas.

Pero yo, por ejemplo, no sabía que se les llama opiliones. Ni
siquiera que se les llama también segadores. Para mí, la palabra con la que inconscientemente los asocio y que será muy difícil de borrarla de mi mente es ALTARAÑAS. Así es, amiguitos: altarañas. No sé de alguien más que use esa palabra fuera de mi familia, puesto que no hay necesidad de mencionar a estos huéspedes con el resto de las personas ¿Cómo para qué? Son el ejemplo perfecto de aquellas cosas a las que estamos tan acostumbrados o que estamos tan dispuestos a ignorar y que carecen de nombre específico. Sólo afean, sólo huyen, sólo están, sólo son. Y obviamente, otra verbo que conjugan frecuentemente (para placer nuestro) es morir.

Lo que el pone el detalle anecdótico a esto es el hecho de la palabra "altaraña" está íntimamente en mi vida al hecho de que una persona en particular me enseñó qué eran esas cosas y cómo llamarlas. Es decir, para mí, la existencia de las altarañas se hizo presente gracias a mi abuelo, allá en la Huichapan. He repasado mi infancia a veces y me percato que él es él único de quien tengo el recuerdo que me enseñó una palabra. Señalaba a los frágiles artrópodos allá en la esquina superior, entre castillos y losa de los cuartos, que permanecían impasibles, listos para huir o caer. Inmóviles. Me decía: "Esas son altarañas".


No sé quién me enseñó a decir "mamá" o "papá" o quién me guió por el camino de nuestra lengua, o quienes me han aportado más cosas. Mi memoria no alcanza a esas personas y hasta dónde puedo recordar, nadie a excepción de mi abuelo, me ha enseñado una palabra tan específicamente ligada a algo, como el caso de las altarañas. Sí, seguro que ha habido otros casos, pero no hallo uno más entrañable.


Un amigo que conocí en la Facultad, hace poco, por medio de su blog, logró algo similar, pero con un concepto. No estoy taaan seguro de que sea algo equivalente, pero ya ven. O podría mencionar a los pececillos de plata, estos:


...de los cuales apenas en este año supe que también se les conoce como lepismas. Pero esos nombres no tienen que ver con una persona, sino con un libro e internet. Acaso tenga que atribuir estos pequeños descubrimientos a mi curiosidad y mis ganas de leer, pero no tiene el mismo sentido.

Ya va para diez años que mi abuelo falleció y entre tantas cosas que aprendí de él, mis recuerdos parecen irse condensando en una esquina superior de algún cuarto, ahí dónde a veces parece no haber vida, por estar lleno de polvo, donde parece acabar el espacio, donde habitan criaturas que nos gusta ignorar a pesar de estar expuestas y visibles; ahí donde un opi.. una altaraña posa sus frágiles patas, lista para avanzar.

A veces envidio su perspectiva.

H.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Nuevos Amigos



Deben conocerlo. Llegó a mi vida hace unas semanas. Y se llama Cofi. Quiéranlo mucho.

PEACE OUT

H.


domingo, 24 de agosto de 2008

Niveles de vida: polillas y pájaros

Hace unos días, me mandaron un mail con imágenes y videos "muy fuertes" sobre el maltato a los animales. Seguro que ustedes ya han recibido correos parecidos o a lo mejor es el mismo correo que recibí yo; los caminos del señor son misteriosos. No abrí las imágenes, no vi los videos, bastante he visto de maltrato a los animales desde hace un buen rato y es algo que me molesta; pero nunca he tomado cartas en el asunto: no firmo cadenas ni doy dinero... a veces ni les creo. Bueno, a los de los antirrábicos, las veces que he ido, a ellos sí. Y una vez le compré un folleto sobre animales endémicos del Valle de México en peligro de extinción a un tipo que llegó a ofrecerlos a mi clase de Historia de Roma en la Facultad. Su choro, es de los pocos que de veras me han llegado y convencido. Ahí está el folleto y no me he aprendido ni siquiera qué animales están.

El ser humano, el animal que se autonombró rey de la creación, ya ha recibido varios golpes a su ego a lo largo de algunos siglos; uno de los más dolorosos se lo dio un tal Charles Darwin allá por 1859. Bueno, en realidad, la herida más profunda la dieron T. H. Huxley y el obispo Wilberforce en una curiosa discusión de la que me acabo de enterar (lo s
iento por el recurso facilote de recurrir a Google y linkear un foro, tíos, es que quería la información rápido, joder). Y a pesar de que la corona de la creación teóricamente no se le debería dar a nadie, todos, pónganme atención, TODOS la ceñimos alguna vez. Hablo de las veces en que matamos a los seres que llamamos "animales" cuando en realidad no es tan necesario. Ni para comer, ni para protegernos ni nada parecido. De los argumentos más estúpidos que he visto está el asco y, por supuesto, el de la inferioridad.

Miren, sé que puedo sonar exagerado (o leerme exagerado, valgan las correcciones), pero esta forma de pensar la tengo desde niño. Recuerdo que, a diferencia de ahora a mis 21 años, siendo yo un esforzado mozo de siete o diez años no m
e daba "cosa" tocar con las manos ciertos bichos que me encontraba por ahí, pero no los mataba. De hecho, a mis amigos de la colonia que eran un poco más chicos que yo, les "enseñaba" que no era correcto matar a los insectos solo porque sí. Claro que mi autoridad frente a ellos estaba sustentada en mi edad y en una muy dudosa experiencia. Pueden imaginar mi sorpresa cuando una vez dos de ellos fueron a acusar a otro conmigo por haber pisado un caracol. No recuerdo qué terrible sentencia dicté, pero a la fecha creo que ellos ya olvidaron el incidente. Lo curioso es que yo no.

Haber tenido mascotas después me ha hecho un tanto más sensible porque ahora me preocupaba por formas de vida "superiores". Pero desde que tuvimos que dejar a uno de nuestro perros en un antirrábico porque no teníamos con
quién dejarlo, ya que nos íbamos a Acapulco (¡Fíjense nomás el argumento!) y lo abandonamos casi casi para que lo mataran, puesto que lo iban a sacrificar, me ha renacido ese "nosequé" de mis tiernos años de infancia sobre mi preocupación sobre las formas de vida "inferiores" a mí. Sí, sí, la población de insectos, roedores y hasta de pollos es superior a la de los seres humanos, eso lo sé. Pero, por alguna razón, no me cuadra matar así nomás. No, no me lo saqué de alguna "filosofía oriental", (noten las comillas bien, por favor), es algo que siempre he creído, apoyado simplemente en el argumento endeble de la vida.

Puedo entender que el maltrato de los vertebrados nos produzca más indignación que la muerte de un invertebrado. Sin embargo, me he visto, hoy, en uno de esos momento que lo hacen a un pensar sobre cosas que parecen irrelevantes. Hace como un mes, un pájaro pequeño se había quedado en las plantas de mi "jardín". Apenas podía volar y parecía que estaba herido y por ello no era capaz de irse de ahí.

La cosa era que ni estaba herido ni nada: era un polluelo aprendiendo a volar. Cómo llegó ahí, no tengo idea. Nervioso y asustadizo, como todas las aves; pero éste lo parecía más, como impulsado por la impotencia de no poder volar lejos de un humano que le intentaba sacar una foto. Un día, sin más y tras varias jornadas de infructuosos vuelos a lo largo de mi patio sin poder ir más arriba de las bardas, logró irse de aquí, volando triunfal. Mi lástima, producto de la ignorancia de su verdadera situación, no le ayudó, fue inútil. Él solo, con sus alitas, logró irse. Un vertebrado que pudo irse solo.

Hoy me encontré con una gran polilla en mi patio trasero, posada sobre una pared que compartimos con el vecino de atrás. la moví un poco y cayó al suelo como si estuviera muerta. La volví a mover un poco y solo reaccionó un tanto. Estos animales, que suelen meterse en las casas y ser el horror de algunas personas, en realidad no cometen más faltas en contra nuestra que el de ser más grandes que muchas de sus parientes. A muchos les causan repugnancia; honestamente no entiendo por qué. La que hoy me tocó ver morir tenía una pata chueca y no podía volar. Uno siempre supone que los in
sectos se las arreglan para escapar, volar, arrastrarse, andar. Fue eso precisamente lo que yo supuse con esta criatura, pero no fui capaz de entender que no podía. La dejé ahí, esperando que emprendiera el vuelo. Volví unas horas después para colgar un poco de mi ropa después de lavarla y la encontré con las patas encogidas y el abdomen hacia arriba: el sol la había terminado de matar.

Vean lo curioso del asunto: un pájaro vino a mi casa a aprender a volar y una polilla, un mes después, lo hizo para morir aquí. Piensen solamente en la cantidad de personas que pensamos que tienen que ser ayudadas, cuando en realidad lo que hacen es estar buscando la manera de huir de esa sofocante lástima e intentos de ayuda ajenos de quienes los rodeamos. Pájaros que quieren escapar. En cambio, hay otros que llegan a nosotros ya deshechos, con el único deseo de morir (metafóricamente o de verdad) en paz y sin problemas. Y queremos que se vayan, porque son "patéticos" e indeseables. Polillas. Es verdaderamente desconcertante cuando el mundo le cuenta a uno fábulas como esta. Quizás solo a mí, con mi querido argumento (la vida) y ese pasado infantil que comparto con otros tantos seres humanos, me toca decir estas cosas.

Son esas personas que piden sin palabras que no los ignoremos, pero tampoco que estemos interviniendo. Ellos pueden solos. Como invertebrados y vertebrados. Como pájaros y polillas. Para ellos, como para mí a ratos, no hay niveles ni categorías: no hay nada inferior. Al fin y al cabo, somos todos animales, caminamos sobre la misma tierra y miramos el mismo cielo.

SALUDOS DESDE EL LIMBO

H.