jueves, 31 de mayo de 2012

Sirileyaháni, pt. II (Fantasía Épica al estilo H)

Un aviso:
Dije que esta historia estaría completa en mayo. Mentía sin saberlo. De cualquier forma, esta parte que leerán a continuación avanza bastante en el argumento y, bueno, dados los acontecimientos político-estudiantiles que actualmente tienen lugar en México, me pareció que ver la evolución de los mismos podría ayudarme con este texto. Creo que no necesito decirles por qué, ¿o sí? De hecho, en el momento en que el movimiento #132 irrumpió en la arena pública, Sirileyaháni ya había nacido; si ahora lo empieza a infectar, la verdad no tengo problema.

Éntrenle:

-¿Qué es lo que sabemos realmente? Que su nombre tal vez ni siquiera era Bari. Hay algunos sabios y hechiceros en la Orden que han llegado a suponer que la Casta puso su nombre a la Doncella y no al revés.
            El sabio Cymnol dejó de lado su copa y mordió un pedazo de carne. El grupo de aprendices que lo rodeaba permaneció inmóvil, algo desconcertados por lo que acababa de decir. Continuó:
            -En los registros de Naad-Bolg se dice que su nombre provenía del shidé, la lengua con la que nos entendemos con el resto de las naciones, y que significa “Flor”. ¿Cuántos de ustedes hablan shidé?
            Una chica asintió.
            -¿Tu nombre?
            -Nirel
            -Nirel, dinos, por favor, ¿cuántas palabras hay para flor en shidé?
            -Sólo una: yeh.
            -Y se sabe que no existe una raíz más incorruptible en toda la lengua shidé. Nada nos prueba que el nombre “Bari” sea shidé ni que signifique “Flor”. En Shofrad, pocas personas saben hablar esta lengua, porque los que la conocen no la enseñan, excepto aquí en el maldito Santuario –dio golpes en la mesa mientras decía “maldito Santuario”-¡Oh, dulce elixir de la verdad! ¡Venga otra copa!
            El aliento de embriaguez de Cymnol se esparció en la mesa. Su mirada, perdida a ratos, se centró unos instantes en Nirel y después se le dibujó una amplia sonrisa en los labios ante las copas de licor que llegaban a la mesa. Dio un prolongado trago a una de ellas y prosiguió:
            -Sabios del Relato Maestro han rastreado todo indicio de la “Gran Doncella” en crónicas de todas las naciones por las que se dice que pasó. Claro, como la mayoría de ellos están ordenados en Naad-Bolg, aseguraron que la leyenda de la marcha de Bari se conoce en todos lados y que las aldeas de Nikania poseen incluso reliquias. ¡Mentira! Nadie en Nikania conoce a Bari. Verdaderos Sabios del Relato Maestro, educados aquí en el Santuario, sólo han hallado indicios del paso de Bari en lo más remoto de la costa oriental: un rezo a Sardock, y otro a Laox, Gran Rey de los Océanos, por el alma de una niña muerta en un huracán, sobre una lápida. Es todo. Pero lo más interesante es que los registros de ese rezo están en un templo a Raazvet, el dios de la guerra, uno de tantos a quienes los piratas de esa región les piden auxilio. La niña, según los registros, era hija de un tal Bahrik.
            Azotó contra la mesa la copa de licor que había ingerido y miró a los aprendices con una sonrisa triunfante.
            -¡Por los dioses que nos han mentido toda la vida! Los shofradíes somos tan cobardes que nunca iríamos a comprobar nada sobre esta leyenda. La doctrina del Relato Maestro se creó precisamente para saber este tipo de cosas y nadie en este país de mierda se esfuerza por conocerla. Pero no me crean a mí: todo lo que acabo de decirles será negado por cuanta persona conozcan. Por desgracia, estas afirmaciones son recolectadas de aquí y de allá. Los Sabios del Relato Maestro se limitan a decir lo que encuentran, no concluyen nada. Y está bien, su doctrina no los obliga a decir verdades, solo construir caminos hacia ellas.
            Un aprendiz que pasaba por ahí se detuvo ante la frase de Cymnol y con visible molestia, interpeló al sabio:
            -Esa es una posición cobarde. En tiempos como estos, lo que más se necesita es la verdad.
            Cymnol lo miró con interés.
            -Aún eres joven… Y puedo suponer que te estás formando en los caminos del Relato Maestro.
            -Ahora mismo, hay cosas más importantes en qué ocuparme que en verificar leyendas con el método que dicta una doctrina coja. El Relato Maestro necesita ser renovado.
            Mientras decía esto, sus ojos se paseaban entre los que acompañaban a Cymnol en la mesa y entonces se detuvo cuando vio a Nirel.
            -¿Cómo te llaman, renovador? –preguntó con sarcasmo Cymnol.
            -Lihug –contestó aquel sin dejar de mirar a Nirel- Y yo sí creo en la Doncella, en la verdadera. No importa cuántos sabios nieguen su linaje, sólo porque no les agrada la tiranía que se sostiene en su nombre, existió una verdadera doncella. Y yo le debo mi devoción a ella.
            La atención del grupo, que antes se centraba en Cymnol, ahora se dirigía a Lihug. El sabio replicó:
            -Joven, los símbolos son válidos, las creencias tienen poder, de eso se alimentan nuestros dioses, ¿no es cierto? Pero debemos hacer algo para hacerlo efectivo: debemos rezar, actuar con rectitud, coherencia, sabiduría, compasión. No hay manera de que el poder del símbolo de Bari se desvanezca con descubrimientos no confirmados hechos a millas de aquí. La doncella existió, de eso no cabe duda, pero de la forma en que crees, hijo…
            Lihug no despegaba su vista del rostro de Nirel.
            -¿Bari? –contestó incrédulo- Yo no hablo de la Filvaík. Hablo de la Sirileyaháni.
            La súbita discusión había atraído a un número considerable de curiosos a la mesa, escuchando atentamente; ello hizo aún más estruendosa la espontánea risa que brotó de todos los presentes al escuchar a Lihug invocar a la Sirileyaháni. El mismo Cymnol no pudo evitar contener sus carcajadas. Al parecer, únicamente Nirel no le había parecido algo gracioso, aunque dejó escapar una ligera sonrisa burlona. Los ojos de Lihug habían dejado de fijarse en ella para mirar consternados a los otros aprendices, que se burlaban de él.
            -¿Qué es tan gracioso? ¡Digan!- exclamó.
            -¿Sirileyaháni? –respondió uno- ¿Dónde creciste? ¿En un establo? ¿Recolectando bayas o robando gatos? ¡Ha, ha, ha!
            La risa de los presentes aumentaba con cada nuevo comentario que sugería que Lihug no era un aprendiz de Naad-Bolg, sino un sucio campesino o vagabundo. Cuando la conmoción general se disipó y algunos ahogaron sus carcajadas en licor, Cymnol tomó la palabra.
            -Hijo, la Sirileyaháni no existió, no existen pruebas de ningún tipo: ni en la tierra, ni en los rituales, ni en la doctrina. Ni siquiera sospechando llegaríamos a una conclusión tan ridícula. Los dragones son distintos a nosotros, no hay ser humano que pueda comparar su espíritu con ellos. Son los Primogénitos, recuérdalo bien; nosotros, los Terceros Hijos. Quizás sí hubo una Filvaík Bari, pero no la que la Casta nos dice; quizás lo único que queda es la hija del pirata Bahrik. Sólo el pueblo bajo cree esas historias de la Sirileyaháni, que los ciegan ante la realidad. Eres un aprendiz del Santuario. ¡Por los dioses! Ten algo de sentido común.
            Se levantó pesadamente de su asiento y acercándose a Lihug, le tocó el hombro con un gesto paternal.
            -Debo descansar. Deja de recolectar historias del pueblo bajo, hijo. Tu pasión por la verdad podría estar mejor encauzada si pusieras tu interés en otras cosas. ¡Sirileyaháni! ¡Ha, ha, ha! –exclamó alejándose.
            Lihug, cabizbajo, se retiró a su vez hacia su celda. La fiesta lo había agotado, las burlas lo habían cohibido, el sueño y la embriaguez lo estaban derrotando. Pero no olvidaba lo que acababa de ver: una de las aprendices tenía los rasgos. Debía ir a registrarlo en sus pergaminos, ver el retrato y confirmar. Salió del gran salón, deslizándose silenciosamente hacia los jardines frontales, donde se había colocado la guardia de aprendices de Ogùa Bari.
            -¡Soidag! –susurró hacia los arbustos
            De entre la crecida hierba surgió un aprendiz con actitud resignada que portaba un pequeño mazo con cabeza de bronce.
            -Estoy por hacer mi ronda, ¿por qué vienes a molestarme cuando hay una fiesta allá adentro de la que deberías estar disfrutando? Juraría que te aburres aquí sólo para echarme en cara que yo no puedo festejar.
            -La vi. Ha vuelto. ¡Es ella!
            Soidag hizo un gesto de incredulidad y extrañeza.
            -¿Quién?
            -¡Ella!
            De pronto, Soidag comprendió lo que Lihug le decía.
            -¡Oh! Bien…-titubeó desinteresado- Y ¿qué harás?
            -Aún no lo sé… pero es necesario ser prudentes. El nuevo Bari no parece confiable y no quiero que se entere. Sé que no sabes guardar secretos, pero por favor, guarda este por mí.
            -No te entusiasmes –Soidag frunció la nariz, olfateando- tal vez fue el licor. Es normal, ¿sabes? Yo vi cosas cuando iba con mi padre al campamento; confundía personas y animales. Una vez casi asan vivo a un icor que le servía a mi padre porque les dije que era una lagartija. Has visto demasiado el retrato, ¿no crees que tu mente ya vea ese rostro donde no está?
            -Bebí, pero estoy seguro de que no fue por eso. ¡Era ella, te lo juro! –Lihug abrió más los ojos y le señaló en dirección al salón- ¡Mira, ahí está!
            Soidag volteó para ver a un grupo de chicas aprendices que salían del salón, levantando copas y brindando estruendosamente. Tras de ellas iban dos aprendices hombres, al parecer más sobrios, y tres sirvientes icors. Nirel era una de las más entusiastas. Cada brindis lo dedicaban con un agudo grito: “¡Ogùa Bari! ¡Ogùa Bari!”. Soidag se encogió de hombros, suspiró y se acercó al grupo.
            -¡Hey! ¡Lleven este escándalo a otro lado! Nada de ruidos cerca de los dormitorios. Para eso está el salón.
            -Pero ahí no hay camas –replicó una de las chicas con voz aguardentosa- hay mesas, pero son muy incómodas…
            El grupo echó a reír. Soidag se acercó, tomó violentamente a Nirel del brazo, zarandeándola y haciendo que ésta tirara la copa de licor.
            -Hagan caso, maldita sea. O las arresto.
            -Son peores que la guardia de los viejos –replicó enérgicamente Nirel- niños queriendo ser soldados. Están aquí para protegernos de la verdadera Guardia y en vez de eso, nos prohíben divertirnos. ¿O será que nadie te incluiría en un juego de estos y estás celoso de los icors?
            Soidag la miró fijamente a los ojos, con furia.
            -No me interesan sus perversiones, sólo lárguense de aquí.
            Una de las chicas sugirió al resto regresar al salón y así el grupo se alejó del jardín.
            -Bien –dijo Soidag, de regreso con Lihug- Vayamos a tu celda a confirmar. Si es ella, quizá se nos ocurra algo. Puedo escaparme de hacer la ronda un momento.
            Cuando llegaron a la celda de Lihug, se encontraron con un desorden terrible. Los estantes estaban en el piso, las sábanas se hallaban hechas jirones en el piso, el camastro estaba volteado y los cristales de las ventanas, rotos. Al fondo, recargado sobre una de las pequeñas paredes, se hallaba un lienzo amarillento que lucía una figura femenina rodeada de símbolos y pequeños animales. Los ojos de dicha figura se fijaban en quien viera el lienzo. Soidag se acercó y lo contempló largo rato, mientras Lihug acomodaba sus cosas.
            -Morks –susurró Soidag sin despegar la mirada del cuadro- Esos malditos simios no pierden oportunidad de hacer destrozos. Recuerdo que mi padre me contaba que, en el desierto llegaron a beber la sangre de los heridos con tal de llevarse algo y hacer daño. Alguien debería matarlos a todos.
            -Es extraño –dijo Lihug- Si fueron morks los que entraron, dejaron la comida intacta –metió la mano en su pequeña alacena y sacaba pedazos de pan y carne y frutos secos- Y por lo que veo, no se llevaron nada. Tal vez un par de mis túnicas.
            Soidag se acercó a la ventana y se asomó hacia afuera. Abajo, junto a los altos muros, se distinguían los pedazos de cristal que varias ventanas del edificio habían dejado caer al ser rotas.
            -No sólo entraron en tu celda. Todo el jodido edificio fue asaltado. Tengo que bajar a avisar al resto de la guardia. Si los morks siguen aquí, tal vez podamos atraparlos –dijo entusiasmado- ¡Por fin, algo de acción!
            Se acercó precipitadamente a la salida y en el umbral se volvió hacia Lihug.
            -Creo que sí es ella, tenías razón. La cuestión es, ahora ¿qué piensas hacer?
            -No lo sé –contestó Lihug mientras reunía los jirones de sus sábanas- Nunca creí que pasaría.

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La noticia corrió como pólvora al día siguiente en Naad-Bolg: una banda de morks, simiescos seres de raza inferior, provenientes de la frontera con el desierto occidental, había entrado a saquear el Santuario de los Aprendices durante la fiesta de recibimiento al enano Asduk, llegando a asesinar a un par de chicas aprendices y tres sirvientes icors que habían llegado con Ogùa Bari, quien estuvo en la celebración. La pequeña guardia instalada por él los sometió después de una larga lucha de horas, pero, de improviso, un destacamento de la Guardia de la ciudad, liderada por Damol Bari, tío del joven Ogùa, entró al Santuario para desalojar a los morks cuando ya habían sido reducidos. El enfrentamiento entre ambas guardias había producido la muerte de un aprendiz más.
Entonces, los poderes de la República se reunieron. La Cámara de Altos Shofradíes recibió a los más altos jerarcas de la Orden de Hechiceros en presencia de los ancianos Grandes Señores, Sorum y Hakell, para discutir el incidente.
            El gran salón de la Cámara se encontraba abarrotado de gente. La enardecida multitud se arremolinaba tras las vallas, apenas contenida por la Guardia.  Delante de ellos, se encontraban sentados muchos de los cuatrocientos representantes de todos los barrios de Naad-Bolg. Los tronos de los ancianos hermanos, a ambos lados de la sobria silla del presidente de la Cámara, estaban rodeados completamente de miembros de la Orden y representantes de la Cámara, que discutían airadamente, pero casi susurrando, mientras gritos de furia salían de entre la multitud. El sabio Cymnol se hallaba entre ellos.
            -¡Son nuestros hijos, Sorum! ¡Cuántos ibas a dejar que murieran para defender el Santaurio! ¡Cerdo!
            -¡La Guardia sólo protege sus arrugados culos, malditos vejetes! ¡El resto estamos indefensos!
            -¡Ustedes mataron a nuestras hijas, ustedes!
            De entre la multitud se pudo ver cómo uno de los representantes de la Cámara fue arrestado por la Guardia después de haberse acercado al trono de Hakell Bari y haberle gritado mientras la punta de su dedo índice chocaba con el pecho del anciano. El jefe de la Guardia, Damol Bari, sacó entonces un látigo y blandiéndolo, golpeó la valla desde donde la gente maldecía a los ancianos. Un tenso silencio se hizo de súbito. Tras una mirada de acuerdo que intercambió con el líder de la Guardia, Sorum Bari se levantó del trono para tomar la palabra. Un hechicero lanzó un pequeño conjuro para amplificar la voz del Gran Señor.
            -Ciudadanos: la tragedia del Santuario ha conmovido y tocado hasta lo más profundo a la corte de la República, así como lo ha hecho con nuestro pueblo. El Gran Señor Hakell y, este Su Siervo –se señaló a sí mismo con la palma de la mano- hemos decidido emprender una campaña de represalia contra la colonia de morks que se ha instalado a las afueras de nuestra ciudad –el silencio comenzó a ceder a un barullo entre la multitud, que iba aumentando en volumen- para que nuestros enemigos sepan, y que se oiga clara la voz de los shofradíes en el desierto, que atacar a nuestros hijos es como pretender dañar el corazón de nuestra República, ¡y que tal afrenta se pagará con sangre!
            Los miembros de la Guardia y una parte de los representantes de la Cámara comenzaron a corear el nombre de los ancianos, pero el resto de los presentes seguía maldiciéndolos.
            -¡No más de esas malditas campañas!
            -¡Solamente enviarás a nuestros hijos y a los que somos pobres!
            -¡Represalias son las que habrá contra ustedes, tiranos de mierda!
            Los latigazos del jefe de la Guardia volvían a imponer el silencio. El presidente de la Cámara habló.
            -La Cámara, la Orden, los Grandes Señores y el pueblo escucharán ahora a los aprendices, que han tenido la valentía de venir hasta acá y contarnos sobre lo que sucedió.
            De entre los cientos de asistentes salieron entonces dos grupos de aprendices, uno de hombres y otro de mujeres todos con un semblante serio y porte altivo, rodeados por hechiceros y aprendices guardianes, como Soidag; a la cabeza del grupo iba una figura encapuchada en una túnica color vino. La valla fue abierta para dejarlos pasar y ocupar un puesto entre los asientos de una parte de la Cámara, que le fueron cedidos por algunos representantes.
            -¿Quién hablará a nombre de los aprendices?
            -¡Yo, Zemnael Gyma! –dijo levantándose una chica
            -¡Y yo, Sájeba Fodh! –contestó otro chico.
            -¡Todos! –gritaron a coro el resto de los aprendices levantando el puño.
            Ambos fueron conducidos al podio guiados por el hombre encapuchado, que al llegar cerca de los ancianos, se descubrió. Era Ogùa Bari. Hubo conmoción en la Cámara y el pueblo. Murmullos se escuchaban por todos lados.
            Sájeba Fodh tomó la palabra.
            -Hoy, nuestro Santuario está de luto. Por nuestros hermanos y también por nuestra dignidad. La Guardia de Naad-Bolg, que obedece órdenes únicamente del autodenominado “Siervo” Sorum Bari, nos atacó ayer, cuando el peligro del que supuestamente venía a protegernos, había sido ya erradicado. No sólo murieron dos de nuestras hermanas a manos de los morks, ni nuestro hermano caído por una flecha de la Guardia, no: tres pequeños icors, seres indefensos y frágiles, que estaban por obtener su libertad, que les sería concedida por el único Bari que ha demostrado ser amigo del pueblo –señaló con su mano a Ogùa-, esos pequeños seres inocentes, fueron salvajemente asesinados también, sólo por el hecho de ser lo que eran.
Un representante se había levantado de su asiento para decirle enérgicamente al muchacho que los icors habían sido muertos por los intrusos, no por la Guardia, pero fue callado por sus propios compañeros.
            Zemnael Gyma continuó:
            -Y no sólo eso: la Guardia violentó el Santuario en más de una forma, arrestando y golpeando a varios sabios que se encontraban en sus dormitorios, y tenemos testigos de que sabían por quién iban: y para probarlo, tenemos aquí un pergamino con los nombres –ella aumentó el volumen de su voz, mientras los murmullos crecían entre los presentes- de los agredidos, firmado por el jefe de la Guardia, Damol Bari –el jefe volteó incrédulo- Una parte de nuestra sagrada biblioteca fue incendiada –los murmullos se convirtieron en comentarios en voz alta- y muchas estatuas de dioses que protegen a naciones hermanas fueron destrozadas.
            Los comentarios se convirtieron en gritos airados que diversos grupos entre los representantes y la multitud se lanzaban unos a otros, pero en especial contra los ancianos. Sorum Bari comenzó a sudar, mientras su hermano Hakell se limitaba a fruncir el ceño. Damol lanzó varios latigazos a la valla, pero ya no surtían efecto. Entonces, en el momento en que el presidente de la Cámara pretendía tocar el gran tambor que garantizaría el orden, Ogùa Bari se acercó al podio y levantó la mano. La multitud se calmó y guardó silencio.
            -Es por todo esto –comenzó- que el Santuario invocará el sagrado derecho de resistencia a la tiranía, establecido en la Ley de la Lápida de Jade, dictada por la misma Gran Doncella, llamando además a Damol Bari ante las Cortes para ser juzgado por el agravio a la integridad del Santuario, actos de blasfemia contra los dioses, agresión al pueblo y por intentar acallar la voz del mismo, ayer encarnada en los aprendices.
            Los aprendices levantaron el puño. Una fracción de la Cámara se levantó airada para interpelar al joven Bari, acusándolo de demagogo y gritándole maldiciones, mientras gran parte de la multitud celebraba con aplausos, silbidos y vivas sus palabras. Damol guardó su látigo y se acercó furioso al podio, empujando a los aprendices y cuando estuvo frente a Ogùa, lo tomó del cuello de su camisa, escupiéndole en la cara. El joven permaneció impasible.
            -¡Calumnia! –exclamó Damol- ¡Todo eso son mentiras! ¡Yo no ordené nada! ¡Ese pergamino es falso!
            -Tío –le respondió limpiándose el escupitajo y tocándole compasivamente el hombro- si eres inocente, se probará.
            Sorum Bari se levantó a separarlos y calmó a Damol, ordenándole seguir en su puesto, asegurándole que tenía su protección. Volteó a ver a Ogùa con rencor.
            -Atacar a tu propia sangre… –le dijo- Eres igual a tu padre.
            -Ustedes no son mi sangre –sentenció Ogùa, bajando junto a Sájeba y Zemnael del podio hacia los asientos de los representantes.
            Los aprendices, con el puño levantado, comenzaron a gritar “¡Ogùa Bari!” repetidas veces, y pronto varios representantes de los Altos Shofradíes, seguidos por muchas personas entre la multitud, se hicieron eco de ellos. El nombre del joven Bari se escuchó entonces fuera del salón de la Cámara, coreado por cientos de voces al unísono. En medio de tal aclamación, él permanecía sereno y dirigiendo al grupo de aprendices con los que había llegado, salió del salón.
El clima en el lugar se hizo más tenso a cada minuto que pasaba. La multitud, excitada, amenazaba con desbordar la valla y la misma resistencia de la Guardia. El tambor de la Cámara sonó varias veces tratando de imponer el orden, pues hasta los mismos representantes se habían dejado llevar por la pasión, insultándose y discutiendo, y no dio resultado. Sorum ordenó a la Guardia desalojar el salón de todos aquellos que no fueran representantes de los Altos Shofradíes, llamando para ello a más soldados que habían permanecido fuera del edificio. El presidente de la Cámara gritó, con voz débil, que, en vista del caos imperante, la discusión sobre la campaña propuesta por los Grandes Señores, y la acusación contra Damol Bari tendría lugar en el recinto de la Orden de Naad-Bolg. Aquellos representantes que llegaron a escuchar la resolución protestaron amargamente, pero no fueron escuchados.
     Afuera, en su camino de regreso al Santuario, Cymnol se vio 
arrastrado por la multitud y veía a lo lejos a Ogùa Bari caminando por las calles de la Ciudad Inolvidable, entre entusiastas shofradíes que coreaban su nombre. El legado de la Gran Doncella, gritaban, finalmente estaba siendo restaurado.

CONTINUARÁ...

H.

domingo, 20 de mayo de 2012

La chica Delirio pregunta...

¿Cuál sería la palabra pata nombrar el primer acontecimiento histórico del que se es testigo, presencial o lejano, en la vida?

H.

martes, 15 de mayo de 2012

Sirileyaháni, pt. I (Fantasía Épica al estilo H)


Abrimos con algo impactante: en Éter Verde ya sabíamos que algo le pasaría a Carlos Fuentes. Desde el año 2009, y lo reiteramos en 2011. No, ya en serio, creo que esto es una bofetada de los dioses para que de veras me ponga a leer Cristóbal Nonato y no lo traiga ahí paseando en la mochila.

Ahora sí, a lo que veníamos hoy.

Por cierto, que este post es un regalo de cumpleaños para cierta personita muy especial para mí, a quien va dedicado. Algunos detalles más adelante.

¿Cuántas veces he mencionado El Ciclo de Iskrania en este blog? Creo que ésta fue la única vez: prometí (¡hace más de cuatro años!) postear adelantos de mi labor literaria concerniente a este megaproyecto de fantasía épica que, se me hace, terminaré  dejando en mi testamento, incompleto o inédito, o las dos cosas.

Bueno, pero ya me estoy desviando hacia la melancolía gratuita.

No recuerdo exactamente cuándo inicié a desarrollar la idea que sustenta El Ciclo de Iskrania. Pero para cuando lo di a conocer en el antiguo Éter Verde por primera vez, ya tenía un cuaderno lleno de bocetos garabateados de novelas, genealogías de dioses y hasta el diseño de un mapa (trazado de primera intención, como diría mi hermano). En aquel primer acercamiento que le proporcioné a algunos lectores al tema, de manera no muy seria, lo único que hice fue soltar algunos nombres inventados acompañados de una promesa, y al menos tuve la entusiasta respuesta de uno de mis entonces esforzados compañeros de carrrera.

Tal interés estimuló mi creatividad y decidí pasar al disco duro mucho de lo que ya estaba en papel. Así, generé algunos textos que posteriormente subí al blog y que se sucedieron de la siguiente manera:

-Introducción. Al estilo de algunos textos lovecraftianos (yo no había leído un sólo relato del maestro de Providence en aquel entonces), hacía yo un ensayo introductorio firmado por un personaje que identifiqué como "Licenciado K", un recién egresado de la carrera de  Historia de la UNAM (¿pura casualidad? je je...) que se encontraba inesperadamente en posesión de un conocimiento extraordinario, acerca de una civilización llegada de otra dimensión, habitante de una isla del Océano Pacífico que no aparecía en los mapas, portadora de toda una visión e historia cosmogónicas; multitud de detalles de la mitología derivada de aquello habían quedado registrados por un navegante y cronista español del siglo XVI, cuyos manuscritos habían permanecido ocultos durante siglos en Maxcatitlán, Nayarit. El firmante afirma que, para hacer más asequible la lectura de tan maravilloso material, lo había copiado en forma novelada. Es un texto en actual proceso de reescritura, pero contiene la idea central con la que quise abrir todo lo relativo al Ciclo de Iskrania: al igual que el Necronomicón, los manuscritos de Mexcatitlán son un vínculo entre distintos universos, en especial entre el de la fantasía épica, la ficción, y el "nuestro".

-El Viajero. Entrando en materia, la leyenda del Viajero relata el encuentro de  una fuente antigua y un inesperado escucha, que baja un escaloncito en la metaficción: el Licenciado K nos está relatando la leyenda de cómo un antiguo ser le habla a otro acerca de su tierra de origen, Iskrania, relato éste que es el corpus principal de todo el proyecto; es el que contempla los libros sagrados, las historias noveladas, los cuentos, todo lo que genere. Este texto aún no piendo reescribirlo, pues son sólo detalles pequeños los que arreglaría. Pero quién sabe... Aquí lo tienen, para quien guste.

-La Cronología. Curiosa táctica la mía, que presento en forma muy sintética prácticamente todos los argumentos de las novelas proyectadas para el Ciclo de Iskrania, en una cronología por "Eras" de TODO lo que ocurre en este universo. La primera parte es una disertación "erudita", escrita con un estilo que ahora me da ternura, sobre la forma en que se mide el tiempo en Iskrania y el resto, la cronología propiamente dicha, dividida en dos posts. Dado que hablamos de algo inédito, esta versión de la cronología no tiene muchos de los detalles que he agregado desde entonces. Las modificaciones son notables. Algún día se las mostraré.

¿Todo esto para introducir qué? El texto que es motivo de este post, el que lleva por título Sirileyaháni, y que no forma parte de ninguna de las novelas proyectadas. Nació así nomás, no estaba en el plan y de repente ya tenía varias cuartillas.

Lo que ya existía era el título y es que, han de saber ustedes que esta melodiosa palabra es creación de la persona a quien esta historia va dedicada. Pronunciarla y escribirla siempre me ha dejado la sensación de un cosquilleo agradable y desde que comencé a idear el Ciclo de Iskrania supe que debía incluir esta palabra en algo importante dentro del mismo. Durante años intenté ponerla en alguno de los arcos argumentales de toda la historia, pero apenas hace unos meses me di cuenta de que merecía una historia propia.

Irá por partes, porque, aunque me hubiera encantado ponerla toda junta, no consideré adecuado forzar mi escritura de un día para otro. Pero sí la forzaré en todo lo que queda del mes, por lo que ahora mismo hago la promesa solemne de que Sirileyaháni será completada en el mes de mayo.

Dos anotaciones antes de que pasemos directamente al relato:

-Incluyo un somero mapita phoshopeado, pedazo del mapa original, pero que representa el escenario de la acción de la historia que nos ocupa. La notación es sencilla: las mayúsculas son los países o reinos, y las cursivas son ciudades. También debe señalarse que  el mapa marca un salto de una forma de narración a otra, así que abusados, no me vayan a reclamar después. El que no le entienda a eso, pues ni cómo ayudarle.

-Especialmente en la leyenda que abre la historia, hay referencias a hechos que usted, querido lector, seguramente no conoce y que forman parte de una línea argumental más amplia que la del texto que se presenta. Para ello, las Cronologías que se linkean más arriba pueden ser de ayuda; aunque, si es usted un lector paciente y avezado, notará que la historia explica todo lo que tiene que explicar y aquellas nociones que permanecen oscuras bien pueden ser dejadas para una posterior consulta. Confío plenamente en el criterio de quien esto lea.

Hechos estos señalamientos, entremos en materia.

Va dedicado a tí, espero te guste. Felicidades, por cierto.


Sirileyaháni

Cuentan los Libros del Relato Maestro que, durante las Guerras del Ojo de Plata, las cuales pusieron fin a la gran rebelión de los genios, nació en la costa oriental Bari, la Gran Doncella. Muy joven entró al servicio del ejército de su nación como curandera; nación cuya derrota ha prohibido su nombre y el de todos aquellos que habían participado en la desastrosa batalla que sellaría su destino, sobre la cual tampoco se permite mención alguna en los Libros. Pues es sabido que en aquellos tiempos era voluntad divina que la muerte ajena sellara los labios del doliente, la viuda y el huérfano, y el nombre del difunto quedaba condenado al olvido. Pero el pecado de aquella nación había sido aún peor, pues en su soberbia, se proclamó a sí misma como el Nuevo Jardín, y fue por ello que los dioses la castigaron doblemente, humillándola en la derrota y la conquista por sus enemigos; sus protectores les abandonaron y los nombres de sus habitantes, aún vivos, quedaron proscritos por la ley divina, la de los hombres y de todas las razas. Gran desgracia cayó entonces sobre aquella gente que, privada de su nombre y del derecho de dar y recibir digna sepultura, se convirtió en pueblo esclavo, vagabundo y maldito.
Conmovida por el gran sufrimiento de su pueblo, Bari decidió que la voluntad divina no era justa y para ello invocó a Garback, el Ecuánime, el de la Retribución y la Sentencia, y ante el silencio del dios, resolvió escapar a una vida nueva, emprendiendo el viaje hacia el oeste, alentando a sus hermanos a seguirla, asegurándoles que todo individuo de cualquier raza poseía el derecho a no ser olvidado a causa de sus errores o su muerte. Muchos la ignoraron por temor a la ira divina, y tuvo que partir sola. Fue humillada, ultrajada, maltratada e incluso esclavizada, pero no cejó en su empeño de alcanzar el espíritu de los hombres y la justicia de parte de Garback. Al ir conociendo a otros pueblos y razas en su camino al oeste, comprendió que su causa encontraba eco en todos aquellos que albergaran un mínimo sentimiento de justicia y dignidad. Avanzó predicando, encontrando obstáculos y sufriendo persecución, desprecio e intolerancia; pero cada cierto tiempo, alguien la seguía: una familia, una pequeña aldea, una ciudad.
Así, los desposeídos de muchos reinos y naciones de hombres y otras razas, cuya pobreza y desgracia les dejaba únicamente su nombre y su historia, decidieron responder a la prédica de Bari y la siguieron en su camino al oeste, acosados por naciones y dioses hostiles, grandes bestias y monstruos, climas terribles, hambrunas y sequías. No obstante las calamidades que tenían que sufrir los viajeros, su perseverancia en su lucha contra el olvido los mantuvo fuertes. Los caídos en el camino recibían los debidos honores, y se les componían canciones, sus nombres se recordaban todas las noches. Y Bari, mujer tocada por voluntades más altas que los dioses, mantenía sus fuerzas y juventud a tal grado que parecía que nunca envejecería, no hasta encontrar una tierra en la que no existiera el olvido; perseverante y paciente como los dragones, los cuales no mueren si su vida no está completa, y por ello sus fieles la llamaban Sirileyaháni, la Mujer con Voluntad de Dragón.
Garback supo entonces de tan elogiable lucha de los desposeídos viajeros y de su joven guía, que predicaba que el nombre de los muertos podía ser pronunciado por los vivos, que no había blasfemia o sacrilegio en ello. Se enfrentó al tiránico Sardock, señor de la Muerte, quien se alimenta de Vida y Recuerdo, y cuyo aliento no es sólo de Muerte, sino también de Olvido; y Garback logró el favor del resto de los dioses para obligar al Amo de las Profundidades a liberar los nombres de los difuntos y premiar a la doncella por su valentía. Transformado en una golondrina, el sabio dios, el Ecuánime que otorga Retribución y dicta Sentencia, guio a Bari el resto de su camino, protegiendo a sus seguidores de toda amenaza, hasta llegar al Árbol Gris, aquel que crece ahí donde los dioses han designado que una ciudad debe ser fundada. Y los dioses premiaron a Bari y sus seguidores con una nación propia, y gracias a ellos, los nombres de los muertos pueden ser pronunciados.
Llamaron a su ciudad Naad-Bolg, la Ciudad Inolvidable.
Cumplida su gran misión, Garback le otorgó a Bari el descanso de una vejez plena, una muerte digna y una existencia vigorosa fuera de los dominios de Sardock, al lado de otros grandes mortales en las amplias llanuras del Jardín Dovalha, cercano a la morada de los dioses; le retiró el nombre que la emparentaba con los dragones, y la nombró Filvaík Bari, la Gran Doncella. Desde entonces, los descendientes de Bari han gobernado con rectitud y sabiduría el país de Shofrad, aquel que creció alrededor de la Ciudad Inolvidable, y mantienen vivo su legado.

Era Lihug de la ciudad de Naad-Bolg, capital de la República Shofradí, hijo de pequeños recaudadores de impuestos. Era Nirel hija de un general retirado de la milicia de la república, también de Naad-Bolg. Ambos nacieron cuatro días antes de las aguzi, las jornadas finales del año, y ambos fueron entregados al Santuario de los Aprendices, en las afueras de la ciudad, al cumplir doce años, según lo señalaba la Ley de Naad-Bolg, pues tanto recaudadores como milicianos debían ofrecer a su descendencia al servicio de la Noble Casta Bari y así servir al grande propósito de contribuir al mantenimiento del legado de la Gran Doncella.
            Pero la ley también indicaba que la descendencia no estaba obligada a entregar a su vez sus hijos al Santuario, a menos que eligieran un oficio que los obligara a ello. No obstante, ningún aprendiz elegía su oficio en función de esto. Lihug y Nirel eran distintos, como lo eran otros de su misma generación. Fueron parte de una camada de descendientes de milicianos, escribas y pequeños recaudadores, inquietos por las nuevas ideas que llegaban desde el Sur, admiraban a la que llamaban “La Verdadera Doncella”, no al símbolo de la fundación ni de la Casta Bari. Muchos sabios del santuario se vieron seducidos por el ímpetu de esta nueva camada de aprendices y los defendían ante la Cámara de Altos Shofradíes, de las calumnias de los partidarios del Gran Señor Sorum Bari, el anciano que compartía el máximo poder de la República con su hermano, Hakell, aún más viejo que él.
            En Naad-Bolg se discutía abiertamente la vejez y velada tiranía de la Casta Bari a pesar de que la guardia de los Grandes Señores vigilaba toda palabra pronunciada en calles, caminos, puentes y plazas. En la Ciudad Inolvidable se decía que los hombres no esclavizaban a otras razas, pero era común ver a los altos ciudadanos con su séquito de sirvientes icors, los pequeños duendes con cabeza de lagarto y cuerpo similar al de los hombres; de enanos y otras razas pequeñas, y los llamaban “protegidos”. La guardia no prohibía los conjuros que hechiceros sin escrúpulos lanzaban sobre las razas pequeñas para hacerles aceptar dócilmente servir a sus amos humanos, vendiendo los ingenuos seres a comerciantes y altos ciudadanos igualmente insensibles. Se llegó a acusar a Sorum Bari de contar él mismo con los servicios de una hechicera que renovaba continuamente para él un extenso harén de mujeres sarfor, la raza de hombres alados, y un séquito de icors dedicados a la dura tarea de la siembra y cosecha de las fincas del Gran Señor a las afueras de Naad-Bolg, donde trabajan hasta morir de cansancio, hambre y sed.
            Nadie comprendía por qué Garback, el Dios Justo, no castigaba el comportamiento decadente en el país de Shofrad, ni la indiferencia del resto de los dioses, cuyas bendiciones en la guerra, la cosecha y el comercio hacían parecer que la tiranía contaba con la complicidad divina. Llegaron predicadores errantes de la tierra de Nikania, al este, para intentar despertar las conciencias de los shofradíes, pero nunca pudieron tener éxito: amenazaban con que si la corrupción no cesaba, calamidades caerían sobre su pueblo, gigantes y dragones asolarían sus tierras, y las razas malditas se harían con el poder de Naad-Bolg. Nada surtía efecto. La Venerable Orden de Hechiceros de la ciudad había sido fundada por la misma Casta Bari, por lo que tanto los guías como los sacerdotes y hechiceros ordenados obedecían a los dictados de los tiranos del linaje, comerciaban con sus dones y habilidades, y justificaban a la Casta, advirtiendo que la misma Gran Doncella consentía su dominio. Algunos sabios del Santuario de los Aprendices llegaron a decir que era gracias a la intervención de la Orden de Naad-Bolg que los dioses no intervenían en la vida de los shofradíes.
            Todo esto llevaba siglos repitiéndose en las plazas, pero ni un solo shofradí se atrevía a contrariar a la Casta, porque el legado de la Doncella, decían, se restauraría por sí solo, que sólo quedaba esperar que Sorum y Hakell Bari murieran por su vejez y una nueva generación asumiría el poder e impondría justicia. Todos los seres libres en las ciudades y aldeas de Shofrad, especialmente en la capital, se contentaban con participar gritando, maldiciendo y causando alboroto en las Cámaras de Altos Shofradíes de cada población, cuyas reuniones se celebraban una vez por año y en las cuales las decisiones importantes terminaban dejándose a juicio de la Orden de Hechiceros, adicta a los Bari, argumentando las controversias que el desorden provocaba en las reuniones. También se hallaban felices gran parte de los súbditos libres de reclutarse en la Milicia de la república por cortos períodos, ya fuera como combatientes, curanderos o albañiles, para hacerse de un botín en las campañas de rapiña que los Bari proclamaban contra las tribus de razas inferiores del desierto, que amenazaban la república desde el oeste.
            Sucedió que en una reciente campaña del desierto murió Gadmey Bari, sobrino de los hermanos Sorum y Hakell, gran capitán de la milicia y el favorito de las Cámaras de Altos Shofradíes para suceder a sus tíos en el poder. Con motivo de su muerte, las Cámaras exigieron el retorno de su único hijo, Ogùa Bari, ahora un vigoroso hombre de veintisiete años, quien había sido enviado a ordenarse como hechicero en Ofark, la capital del Imperio de Lokia, al oriente de las costas de la república.
            Se decía que los ancianos habían ordenado la muerte de Gadmey y cubrían su crimen con suntuosos e hipócritas homenajes a su nombre, y que en realidad le temían a las buenas relaciones que el gran capitán mantenía con los jefes de las razas del desierto, el poderoso Imperio de Lokia y varias órdenes de hechiceros de ciudades extranjeras; de igual manera, se consideraba que la ordenación de Ogùa en Orfark no era otra cosa que un exilio impuesto por los ancianos, quienes aún consideraban que la corte de Lokia les era favorable, pero sobre todo porque matarlo habría levantado a la Milicia en su contra.
A pesar de la estrecha vigilancia que Sorum y Hakell ordenaron mantener sobre el joven Ogùa durante años, no pudieron evitar que los amigos de su padre se le acercaran y llegado el momento, le reiteraran su apoyo para regresar a Shofrad y disputar el mando de la república. Cuando se hizo evidente que tenía partidarios no sólo en la Cámaras, sino también en gran parte de la Milicia y en la misma Guardia de Naad-Bolg, Ogùa Bari había resuelto regresar y apenas unos meses después de la muerte de su padre, estaba de vuelta en la Ciudad Inolvidable, dispuesto a desplazar a los ancianos del poder.
            Su regreso revivió las leyendas de la restauración del legado de la Gran Doncella, lo que puso en alerta a la Orden de Naad-Bolg, en donde se temía por el alejamiento del pueblo de los tradicionales rituales de culto a Filvaík Bari e incluso a los mismos dioses que otorgaban sus favores a la Casta. En las plazas y caminos se decía que el joven Bari, con el fin de lavar el nombre de su linaje, había entrado en contacto con doctrinas extrañas y aprendido poderosos conjuros lokios, lo que le atrajo la simpatía de las generaciones inquietas de aprendices, deslumbradas por los libros y enseñanzas que llegaban de aquel país.
Con el propósito de alejar la atención de los rumores sobre su llegada del exilio y presentarse al pueblo, Ogùa Bari resolvió liberar a uno de sus sirvientes enanos, llamado Asduk, para solicitar su ingreso al Santuario de los Aprendices, pues él mismo había ingresado años antes de su exilio. El anuncio causó conmoción en todo Shofrad. Sorum y Hakell, la Orden de Naad-Bolg, la mayoría de la Guardia y las Cámaras de varias ciudades de la costa y de la frontera con el desierto se opusieron, pues, decían, un enano era de raza inferior, y no merecía un lugar en el Santuario; además, violaba la ley. En el Santuario y la Milicia, por otro lado, se decía que no había mejor manera de comenzar a rescatar el legado de la Gran Doncella que liberar de la servidumbre a las razas pequeñas y otorgarles los mismos derechos que a los seres humanos. A favor se pronunciaron muchos pueblos pequeños, en los cuales se refugiaban las razas pequeñas que huían de su deudas con sus amos en las ciudades, y llegaron noticias de las tribus del desierto, cuyos jefes aseguraban que si Shofrad respetaba a las razas pequeñas, muchas de las cuales también buscaban refugio en las arenas, se podía llegar a un arreglo sobre los ataques a la frontera de la república. Muchos aprendices se escaparon del Santuario con dirección a la Ciudad Inolvidable y acompañados de milicianos y algunos hechiceros rebeldes, se reunieron fuera del Salón de sesiones de la Cámara de Altos Shofradíes de Naad-Bolg en la cual recayó la decisión final, para presionar a favor de la propuesta de Ogùa Bari.
Esta Cámara había sido la que más continuamente retaba a la Casta y a la Orden de Hechiceros, y resolvió aceptar a Asduk en el Santuario, asegurando que vería con buenos ojos que otros altos ciudadanos siguieran el ejemplo de Ogùa Bari, siempre y cuando no fuesen obligados a ello. Una vez que los dioses dieron su consentimiento mediante espectaculares señales en el cielo y los templos, el enano fue conducido al Santuario para integrarse a él, acompañado por su antiguo amo en persona, quien presenció el recibimiento de los entusiasmados aprendices y juró frente a ellos que haría lo indispensable por recuperar el legado de la “Verdadera Doncella”.
            -Y así como hoy el valiente Asduk se una a ustedes, el día de mañana todas las razas de Shofrad dejarán de vivir en la servidumbre y caminarán al lado de los hombres. ¡Que viva el espíritu de la Verdadera Doncella!
            -¡Que viva! –fue la entusiasta respuesta de los aprendices- ¡Ogùa Bari! ¡Ogùa Bari!
            Asduk fue agasajado por los cocineros del Santuario, que hacía ya tiempo que eran los mismos aprendices y los sabios que simpatizaban con ellos. Al banquete le siguió una animada celebración que se prolongó durante días.
            Aquella noche, la Guardia de Naad-Bolg dio su última ronda cerca del Santuario, pues por órdenes del Gran Señor Sorum, vigilaba de cerca a los aprendices; Ogùa Bari los había convencido de retirarse y en su lugar dejó a un grupo de animados aprendices muchos de los cuales habían estado en la Cámara cuando se proclamó la resolución final y se habían ofrecido para ayudarle en su pugna con los ancianos, acompañados por hechiceros que habían acompañado al joven Bari desde Lokia. El Santuario no durmió durante cinco noches de fiesta y fue en esa celebración que Lihug y Nirel se conocieron.

CONTINUARÁ...

H.

sábado, 12 de mayo de 2012

La dama Delirio pregunta...

¿Cuál es la palabra para la sensación de que tus ideas están siendo deliveradamente sobreestimadas por personas que nunca has conocido?

H.

lunes, 7 de mayo de 2012

Atento aviso, público lector

Debido a cuestiones laborales, geológicas, jurídicas, lúdicas y noumenológicas, el mes de mayo se verá privado de las opiniones del Camarrada, no así de las dudas de Delirio, que seguirán apareciendo normalmente, con la clara excepción de este último fin de semana.


Pórtense como quieran.


H.

domingo, 29 de abril de 2012

Por tercera vez: ¡Triple Combo! (Especial de Día del Niño)


Porque ustedes lo pidieron (pero también porque se me pasó postear la invaluable intervención del camarrada esata semana y quiero compartirles un cuentito) repetimos con el ya clásico triple post.

Así que, por orden de agenda:

En la opinión de

La Momia de Lenin


La chica Delirio pregunta:

¿Cuál es la palabra para ese efecto que provocan ciertas historias (novelas, películas, etc.) de hacernos pensar que son tan buenas que no nos importa que existan mejores?

Y por último, un cuentito. Escribí este texto en 2008 para uno de los tantos proyectos naufragados que he emprendido desde aquel grandioso año y me permití darle una manita de gato para publicarlo aquí, con motivo del ya demasiado próximo 30 de abril, día de la larva humana-mocoso-malagradecido-futuro de la nación-recurso humano no renovable. 

Trueque

Frente al pequeño Julio se extendía, imponente y soberbio, el valle. Su familia le había llevado ahí en un merecido paseo de descanso para todos. Eran una familia extensa; al menos unos cinco hijos varones y tres mujeres. Más Julio. Y eso sin contar a los primos. Su madre aseguraba que, para llevar a toda la familia, habrían hecho falta tres microbuses. Para Julio, tales “microbuses” eran desconocidos. Él sabía muy bien que los únicos medios de transporte en el mundo eran sus pies y la camioneta de su papá. Junto al valle, la familia se extendió como quiso: el estéreo de la camioneta a todo volumen, las botellas de cerveza pasando de las manos adultas a las jóvenes, las parrillas calientes, con la carne ya encima, los balones rebotando en el irregular terreno, los frizzbies volando, un papalote mucho más arriba.
             Pero el pequeño Julio permanecía ajeno a todo eso, su única visión en ese momento era el valle. Sus inquietos ojos no perdían la oportunidad de pasearse al menos una vez por todo: de los árboles a las piedras, de ahí a los casi inexistentes riachuelos y en seguida, al cielo. Permanecía de pie, asombrado. Nunca había visto tanto espacio abierto frente a él. Era sin duda el lugar más bonito que hubiera visto jamás. Su hermana Fernanda, comisionada por la familia para cuidarlo, parecía compartir los pensamientos de Julio. Tenía fuertemente agarrada la mano del pequeño, pero también permanecía con la mirada perdida en el valle. Julio interrumpió súbitamente el momento.
            -Mi mamá nunca nos había traído aquí ¿verdad?
            -No, sí nos trajo, es sólo que tú todavía estabas muy chiquito. Esa vez se nos perdió el Cucho.
            -¿El Cucho?
            -Sí, un perro que teníamos. Ya estaba algo viejo, pero parecía cachorro. Lástima que ya no lo conociste.
            -Pero si se perdió aquí, a lo mejor anda por ahí ¿no?
            Fernanda miró a su hermano de reojo.
            -No, ¿cómo crees? A lo mejor ya se murió…
            -Pensé que los perros vivían más que la gente.
            -No Julio, de hecho, viven menos. Imagínate que a tu edad, ya están viejos.
            Un ladrido se escuchó a lo lejos.
            -¿Y si es el Cucho? –preguntó emocionado Julio
            Fernanda se estremeció. No podía dejar de abrigar esperanzas de que así fuera. Pero reaccionó.
            -No, es imposible. Mira, mejor ya vamos a comer. Nos están hablando.
            La parrilla había dado unos pedazos bien cocidos de carne, que la familia devoraría acompañados de unas tortillas recién adquiridas. Para el pequeño Julio ya estaba listo el plato con la carne bien picada, arroz blanco y mucha verdura. Su madre se encargaba de que no la evadiera. Fernanda recordó, cuando le sirvieron su pedazo, que era costumbre de los niños de la familia dejarle al Cucho mucha de la comida que no se comían, en especial la que no les agradaba, como las verduras. Aunque para que el perro aceptara ocultar en su estómago los alimentos que a los niños les desagradaba, era necesario darle al menos un pedazo de carne; entonces devoraba la evidencia.
            -No me gustan las verduras, Fernanda –se quejaba Julio mientras movía de un lado a otro el tenedor, revolviendo constantemente el arroz con los vegetales. Había dejado unos cuantos pedazos de nervio de res, que no le gustaba masticar, muestra de que la carne le había sentado muy bien a su paladar.
            -Ni modo, tienes que adaptarte –le contestó muy ufana su hermana- el Cucho ya no está para comerse lo que dejes.
            -Eso no me gusta…
            Entonces, mientras su hermana pedía a sus tíos una quesadilla, Julio tomó una bolsa de plástico y vació el contenido de su plato en ella. Natalia, prima suya, diez años mayor, pasó cerca y volteó hacia él, con una mirada pícara.
            -Ya te caché ¿eh? ¿Por qué no te comes tu verdura?
            -No me gusta.
            -Y ¿qué? ¿Vas a tirar la bolsa?
            -No, alguien la va a ver y me van a regañar. Se la voy a dar al Cucho.
            A la chica le enterneció la respuesta del niño y quiso seguirlo en su juego. Le frotó el cabello.
            -¡Ay, mi amor! ¿Y sabes dónde puedes encontrar al Cucho?
            -¡Sí, lo acabo de escuchar! Ladró por allá –señaló hacia un espacio indeterminado entre los árboles que rodeaban el valle.
            -¿Cómo sabes que es él?
            -¡Ay, pues nomás porque sí, yo lo sé!
            La chica sonrió con ternura.
            -Pero vas a tener que llevarlo algo más que pura verdura con arroz y nervios de res. Toma –dijo mientras ponía en la bolsa de plástico un pedazo de carne- si no, no se va a comer tus verduras. A mí me los regresaba.
            -Está bien
            Natalia le besó la frente y se alejó. Fernando volvía entonces.
            -Mira, Fernanda, Natalia me dio más carne para darle al Cucho.
            -Ay, Julio, que el Cucho se perdió, ya no está, no puedes darle nada.
            -Ah, ¿cómo no? Yo lo oí ladrar.
            -Ese era otro perro. Nomás te estás haciendo para no comerte todo… Mira nomás, qué batidillo hiciste esa bolsa. Le voy a decir a mi mamá.
            -Ay, si tu le dices, yo te acuso de que ya traes novio.
            -¡Cállate!
            -¿No me crees? –amenazó Julio. Acto seguido, gritó en voz alta- ¡Mamá, Fernanda…
            La niña no le dejó terminar tapándole la boca.
            -Está bien. Pero al menos tira esa comida lejos de aquí.
En cuanto Julio tiró la bolsa cerca de un arroyo, Fernanda y él fueron con un tío quien les había prometido enseñarles a volar un papalote. Fracasando en su empresa, los primos le enseñaron a Julio a atajar tiros de futbol en una portería de piedras. Sin embargo, algunos de los tiros fueron  demasiado fuertes y el pequeño Julio salió con un tremendo balonazo en la cara.
-No me gusta el fútbol, Fernanda. –se quejaba el pequeño después de haber sido consolado por una de sus tías, que había visto el balonazo del que fue víctima.
-Ni modo –le contestó con propiedad sobreactuada su hermana- es lo que todos juegan, ya que no está el Cucho. Tienes que adaptarte.
-Si el Cucho estuviera aquí, ¿entonces yo no tendría que jugar fútbol?
-No –contestó divertido otro primo que pasaba por ahí- pero tenía que hacerlo jugar con un pedazo de tela o una pieza de ropa vieja.
-¿Ya ves? –replicó Fernando, en cuando se alejó el otro primo- No tienes ni al Cucho ni ropa vieja que darle. Tienes que jugar fútbol o aburrirte.
Tras decir esto, Fernanda se acercó a los adultos, que discutían acaloradamente algún tema, para escucharlos; lo había hecho desde siempre, y es que la plática de los mayores le fascinaba aunque no entendía gran parte de lo que se decía. Era la primera vez que Julio se acercaba con ella para compartir aquel peculiar hábito. Una o dos frases llamaban la atención del niño, pero se distraía facilidad y hacía gestos de aburrimiento y fastidio que molestaban a su hermana. Sin embargo, por muy disperso que estuviera, su mente divagaba acerca de cómo pudo haber sido Cucho. El valle era muy bonito y, en un lugar así, todo era posible. Incluso encontrar eso que se había perdido..
            -Fernanda, -dijo de improviso- vamos a buscar a Cucho, creo que ya se donde lo podemos encontrar.
            -¿Ah, sí? ¿Y dónde?
            Julio extendió su brazo y señaló un espacio indeterminado entre los árboles. Fernanda recordó entonces que era precisamente de ese lado que había escuchado el ladrido, horas antes. La plática de los adultos era particularmente aburrida esta vez y aunque trataba de esforzarse por prestar atención a lo que decían, simplemente no podía sentirse interesada, por lo que no lo dudó dos veces en permiso para ir a aquel lugar que Julio le señalaba. Se encontró con el infalible argumento de “No, ya merito nos vamos”. Insistió durante media hora, segura de que el “ya merito” se prolongaría tanto como duraran las cervezas que había en la hielera vieja de uno de sus tíos. El ladrido se volvió a escuchar.
            Fernanda supo que pidiendo permiso no iba a lograr nada, así que tomó de la mano a su hermanito y se encaminó hacia ese punto indeterminado del valle.
            -¿A dónde vas, escuincla? –le gritó su madre cuando la vio alejándose con Julio.
            -Mi hermano quiere ver un poco más de cerca esos árboles; dice que se quiere llevar un piñita de esas que caen.
            -Está bien, está bien, pero deja que los acompañe Jorge. Y no se tarden mucho, que ya merito nos vamos.
            -Sí, mamá.
            Mientras se alejaban, Julio le pidió a su hermana que lo esperara, que iría a conseguir la comida que había tirado para el Cucho. Pero en cuanto se acercó al arroyo cerca del cual estaba la bolsa, comprobó con tristeza que alguien la había recogido ya. Fernanda lo jaló del brazo.
            -Ya, déjalo así. Vamos o no nos va a dar tiempo de nada.
            -Tienes razón, además, escucha –dijo Julio- parece que ladra más fuerte. ¡Nos está llamando!
            El resignado primo adolescente, Jorge, alcanzó a ambos niños para cuidarlos, aunque au actitud era más bien de hastío y no intercambió ni una palabra con ellos. Ensimismado, atento solamente a las notas que los audífonos le traían desde su reproductor de CD’s portátil, se limitó a seguirlos.
Conforme se alejaban de la familia y del ruido de las cuatrimotos, de los gritos de los otros niños y de la música a todo volumen en los vehículos, se hacía más nítido el sonido de un ladrido que salía de entre los árboles. Fernanda y Julio se percataron entonces de que ese ladrido se había convertido en varios. Uno se escuchaba por aquí, otro por allá, otro más allá.
            Cuando el gran festival de ladridos que emergían de todas partes los envolvió, se detuvieron. Habían penetrado entre los árboles durante largo rato y salido a otro claro, muy parecido al valle; de entre los árboles se veía un gran risco que se elevaba perpendicular al irregular terreno, haciendo invisible todo o que había tras de él. El bosque se había tragado el anterior valle y este nuevo escenario se extendía tan vasto como aquel, pero era de una soledad inquietante. Ni un solo ruido humano, ni de otra criatura; únicamente los ladridos. Jorge, alarmado, en contraste con la tranquila curiosidad de los niños, se quitó los audífonos y les dijo que era mejor que se regresaran. Pero Fernanda ni Julio parecían no haber escuchado. Sus oídos estaban atentos a esos ladridos que salían de todas partes y los envolvían. Eran como una sala de discusiones: cada ladrido era la respuesta a uno anterior. Visiblemente alterado, regañó a los niños:
            -Bueno ¿Ya? ¡Vámonos! ¡Ya estuvo bueno!
            De nuevo se encontró con que sus primos le ignoraban. Él no era del tipo violento ni autoritario, así que no se atrevió a tomarlos por la fuerza de las manos para conducirlos fuera de ahí. En los momentos en que él pensaba en la forma en que iba a convencer a sus primos de que se fueran de ahí, Julio, en un gesto de espontánea alegría, señaló a uno de los árboles.
            -¡Mira! ¡Fernanda, mira!
            La niña, embelesada por los ladridos, volteó hacia donde su hermano le señalaba. Ahí estaba Cucho, parado frente a ellos. Ninguno se había percatado, pero los ladridos cesaron en el momento en que Julio señaló al árbol. Cucho miró a los tres y se acercó para olerlos y reconocerlos. En el momento en que Fernanda vio acercarse al perro, no se contuvo y corrió a abrazarlo. Pero un agresivo gesto del can paró en seco a la niña. Espantada, prefirió la inmovilidad. Cucho se acercó y olfateó sus piernas durante algunos segundos; después, hizo lo propio con Jorge y Julio. Éste último, visiblemente preocupado, le susurró a Fernanda:
-No traemos ni su comida ni ropa vieja para que juegue. Por eso se enojó con nosotros. A lo mejor ya no quiere regresar por eso.
Cuando pareció haber terminado su rutina de reconocimiento, el animal se dirigió con el pequeño Julio, como si hubiese entendido lo que el niño había dicho y alzó las patas delanteras. El niño comprendió aquel gesto de simpatía y se agachó para acariciarlo. El perro correspondía con sendos lengüetazos a la cara del niño.
            Fernanda, celosa, se dirigió a Julio y le indicó que a era hora de irse.
            -Pero yo no quiero –gritó Julio.
            El sonido de su voz se expandió y luego se duplicó. De pronto, voces idénticas a la suya repetían la frase, surgiendo de todas partes, tal como habían escuchado antes con los ladridos. Pero yo no quiero… Pero yo no quiero… Se escuchaba por todas partes. El pequeño Julio, confundido, soltó entonces en escandaloso llanto. Su voz se volvió a expandir alrededor, reproduciéndose en distintos sitios, justo como su reclamo anterior. Cucho salió corriendo y, pronto, Jorge y Fernanda le siguieron, tratando de llevarse al pequeño Julio; pero él se resistía, no paraba de llorar y la particular duplicación de los gritos del pequeño que desprendía en aquel lugar hacía insoportable la idea quedarse un momento más.
            Fernanda quiso quedarse, al tiempo que Jorge decidió ir por alguien más, esperanzado en que un adulto ayudaría en algo.
            -¡Espérame aquí! –le ordenó a Fernanda y salió corriendo hacia el bosque, esperando que así encontraría de nuevo el valle. No erró en su cálculo.
            La niña abrazó a Julio, quien no cesaba su llanto. Algunos segundos en brazos de su hermana parecieron disminuir su confusión.
-No me gusta este lugar, Fernanda ¿Dónde estamos?
¿Dónde estamos? ¿Dónde estamos? ¿Dónde...
Del otro lado del bosque, los ruidos comunes opacaban todo sonido de lo que sucedía en ese pedazo de tierra sembrado de árboles.
            Jorge llegó jadeando con la familia y pidió rápidamente que le dijeran donde estaban sus tíos. En cuanto éstos le preguntaron por Fernanda y Julio, Jorge contó, sin más, lo que acababa de pasar.
            -¡¿Dónde están tus primos?! ¡¿Dónde?! –preguntó histérica la madre de los niños a Jorge.
            El pobre chico no supo que contestar, pues su historia no parecía convincente. Sin embargo, consiguió que su padre y otros tíos y primos se animaran a ir a ese lugar donde se supone estarían aún Fernanda y Julio. En medio de la histeria que hizo presa a la familia, Jorge sintió que algo pasaba entre sus piernas. Otro de sus primos, mayor que él, exclamó entonces:
            -¡Es el Cucho! ¡Oigan, miren!
            Nadie le hizo caso.
            La búsqueda se prolongó por horas. Alguien llamó a una patrulla y pronto, todo el valle se enteró de lo que había pasado. Cucho se paseaba tranquilamente entre los restos de la comida, comiendo del plato que Fernanda había dejado horas antes y de la bolsa con comida del pequeño Julio. Jorge, que había guiado a todos hasta aquel lugar donde, estaba seguro, los niños habían quedado, regresó cabizbajo y miró al perro que hasta hacía pocas horas había estado perdido. La familia se olvidó de reprenderlo por su irresponsabilidad; la prioridad eran los niños. No obstante, prioritaria o no, la búsqueda fue infructuosa.
            Cucho había vuelto, pero a nadie pareció importarle; los niños se habían ido y la familia nunca regresaría al valle.
            Estaba hecho.

Si no quedaron satisfechos con esta sublime pieza narrativa, pueden pasar a leer el siempre clásico A los pinches chamacos, de Francisco Hinojosa.

Los quiero, niños. Ahora, por favor, dejen de estar chingando.

H.