martes, 15 de mayo de 2012
Sirileyaháni, pt. I (Fantasía Épica al estilo H)
sábado, 12 de mayo de 2012
La dama Delirio pregunta...
H.
lunes, 7 de mayo de 2012
Atento aviso, público lector
Pórtense como quieran.
H.
domingo, 29 de abril de 2012
Por tercera vez: ¡Triple Combo! (Especial de Día del Niño)
sábado, 21 de abril de 2012
La chica Delirio pregunta...
H.
miércoles, 18 de abril de 2012
sábado, 14 de abril de 2012
Féerimaquia (cuento)
Era de aproximadamente metro y cincuenta de
alto, aunque la mayor parte del tiempo andaba encorvado. Su piel era verde,
tenía tres ojos amarillos y de un brillo particular, aunque el que poseía en la
frente parecía ser un órgano falso; sus piernas lucían escamas desde el muslo
hasta el tobillo, y en los brazos, del hombro a la muñeca, tenía un fino vello.
Poseía una nariz prominente, orejas de cerdo, dientes afilados como de tiburón
y una larga cabellera castaña y quebrada.Delirio pregunta...
miércoles, 11 de abril de 2012
domingo, 8 de abril de 2012
Aguas con la desmitificada
Es necesario apuntar que sea cual sea la ideología o "los intereses" que provoquen esta distorsión del conocimiento, implican en sí mismos, no obstante sus intenciones explícitas (ocultamiento de ciertos hechos, por ejemplo), estructuras de pensamiento y conocimiento de sustrato mítico, nivel último en el que la valoración del vocablo mito como fábula o mentira no resulta de correcta aplicación, pues su valor no está en su veracidad, medida según la razón moderna, sino en su efectividad, utilidad y sustento cultural; sin embargo, ese nivel último es por ahora el que menos nos interesa (¿o no?...).
Para lograr que la desmitificación tenga éxito hace falta dejar que la ambición intelectual crezca y entonces colgarse del desprestigio de la historia oficial; ninguno de estos requisitos me parece reprobable. Ahora bien, la cruzada contra los mitos oficiales de la historia mexicana ha sido promovida y practicada activamente por personas que, al menos en su formación inicial, no son historiadores de profesión: abogados, literatos, politólogos, periodistas, y hasta ingenieros. Eso tampoco es reprobable: un buen espíritu crítico, rigor en el manejo de fuentes y sustentado criterio en la interpretación no son virtudes exclusivas de los historiantes profesionales, y hay escritores de historia, que no historiadores, que han sido capaces de confeccionar obras espléndidas, por no hablar de la considerable ventaja que le llevan a la academia en lo que refiere a los textos de difusión.
Sí, la cochina difusión. Es cierto lo que Salmerón apunta en su artículo: la desmitificación de la que hemos sido testigos desde hace veinte años es una moda. Es una fórmula ganadora que vende libros y otorga rating en radio y televisión. Todo ello bajo el manto protector de la difusión, donde el rigor académico se sacrifica en aras de ideas atractivas sobre los "héroes", cuando no debería ser así: el públilco merece que le cuenten la historia con todos sus claroscuros. Todo mundo ha querido bajarlos del pedestal para acusarlos de ser de cierta forma y, agrego yo, ese es el principal problema: la autoproclamada desmitificación se ha centrado generalmente en destruir pedestales, lo que hace pobrísima su aportación al conocimiento histórico. Irónicamente, Villalpando lo ha señalado en su poco elegante metáfora: hay quienes han cultivado la historia de fango y, no mamen, dice, ya no hay que pelarlos para que se callen. Eso, ¿qué nos quiere decir? ¿Rescatar a los héroes de bronce? No, dice él, hay que entender que "eran humanos". Diablos, cuando el falaz argumento de la falibilidad humana aparece para explicar a ciertas personalidades involucradas en notables procesos históricos, hay que desconfiar.
¿Cuál es el pedo?, dirán ustedes. Es de gran trascendencia porque esa historia "desmitificada" llega al público apoyada en una amplia infraestructura e influye en la opinión general de las personas sobre su historia, moldea su cultura histórica, y las consecuencias más inmediatas y palpables de ello están en su actuar y posición política. La historia, nos guste o no, tienen que ver mucho, muchísimo, con la política, sobre todo en México, donde la historia como hobbie o recreación aún no es la que domina (que tampoco queremos que sea únicamente así, ¿verdad?). Ni modo, así ha sido nuestra civilización y el cambio de paradigma se me hace que ha de ser doloroso.
Ahora, aquel que llamó a no seguir la historia de fango se encuentra, ante el público lector, en la mira de otro historiador, quien lo acusa, así de buenas a primeras, de mentir. Nada de que la falta de rigor o la interpretación errónea: mentiras, tú me enamoraste a base de mentiras. Y dice que va a demostrarlo.
De momento no me siento capaz de opinar porque, aunque tengo plena confianza en las palabras del doctor Salmerón, no me he soplado ni un texto de los aludidos. Sin embargo, aquí en Éter Verde seguiremos de cerca las aportaciones de su columna porque, aunque para mí la mentira en la historiografía resulta interesante incluso como material de estudio, sigue pareciéndome reprobable, en especial cuando se obtienen dividendos de ella y peor aún, influye en las opiniones de la gente.
Enhorabuena, doc. Desde aquí le echamos porras.
H.
sábado, 7 de abril de 2012
miércoles, 4 de abril de 2012
sábado, 31 de marzo de 2012
La chica Delirio pregunta...
H.
viernes, 30 de marzo de 2012
domingo, 25 de marzo de 2012
Cultura histórica personal. Una propuesta de ejercicio autoevaluativo para jóvenes historiadores
Mi interés por la historia nació con el tema de la guerra, como seguramente sucede con muchos otros historiadores en ciernes que no consideran prudente admitir algo así. Nadie en mi familia cercana, y conocida, ha sido militar ni han experimentado un conflicto armado en carne propia o al menos ha sido testigo presencial de un hecho bélico, por no hablar ya de mi propia experiencia personal, tan alejada de las armas. Por eso, deduzco que mis impresiones de la guerra que tanto me han fascinado a lo largo de mi vida son más bien imágenes que he absorbido y reinterpretado de lecturas que comencé a hacer desde los ocho años, escenas de películas, caricaturas, documentales y visitas a museos. A pesar de que aprendí que las guerras en general deberían causarme más bien repudio, rechazo, indignación o incluso miedo, ha sido un aprendizaje (¿o debería decir adoctrinamiento?) moral y en cierta medida abstracto. De hecho podría decir que no estoy consciente del daño de una guerra en las personas. Mi historia de vida y mis propias decisiones me lo han negado.
Dado este panorama de mis percepciones de la realidad bélica, me doy cuenta que, a mis veinticinco años, sigo manteniendo imágenes mentales muy curiosas de conceptos relacionados con la violencia y la guerra, y que conservo aunque sé que en realidad no me ayudan en mi oficio.
Por ejemplo, la expresión levantamiento armado.
No sé ustedes, pero yo, las primeras veces que leí el término, imaginaba a una persona que hincada sostenía un fusil, o una escopeta, un rifle, no sé, un arma larga de fuego, y que se levantaba. La imagen me venía a la mente tan clara como el hecho de que siempre se presentaba como vista la persona desde arriba.
Mi mente ha ido aún más allá imaginando, literalmente, un levantamiento armado. Una vez, cuando mi madre hizo las compras de útiles para un ciclo escolar que ya no recuerdo, se incluyó en el carrito un juego de publicaciones de una conocida editorial que se dedicaba (o dedica, ya no sé) a la realización de monografías, esos papeles de estampitas cotorras de un lado, y con somera y a veces facciosa información al reverso. Estas “revistas” eran compilados de información de las monografías históricas de la editorial y venían en varios volúmenes, con lo más cliché y sobado de la historia que siempre le dan a uno en la escuela.
Sobra decir que mis ojos devoraron estas revistas. Lo que no sobra es que de la lectura de una de ellas, surgió en mi mente una imagen tan clara y tan literal de un fenómeno político, que no puedo dejarlo pasar sin mencionarla. Sucede que estaba leyendo la historia del cristianismo primitivo en una de estas revistas y me topé con que el redactor mencionaba en la misma página la persecución a los cristianos y los levantamientos armados de no sé quién. Más aún: hablaba de que cierto fenómeno o proceso (quizás el cristianismo, no tengo la revista a la mano para verificar) desencadenaba levantamientos armados.
En la misma página aparecía una imagen de Jesucristo, de espaldas al lector, hablándole a un nutrido grupo de gente, en la conocida estética de las monografías mexicanas. Los personajes que escuchaban estaban hincados unos y parados otros.
Bien, pues para mí, a partir de tan parcas referencias, cada vez que leía o escuchaba que se desencadenaba un levantamiento armado, acudía a mi mente una escena en la que un grupo de personas en el momento exacto de terminar un rezo colectivo, hincados en un árido y extenso paraje, sosteniendo en sus manos armas de fuego y rodeado todo el grupo por una cadena de hierro, la cual era rota en ese instante, permitiendo a los personajes levantarse y ponerse en pie.
Obviamente, no siempre me he topado con la expresión desencadenamiento de un levantamiento armado, pero no puedo evitar evocar esa curiosa imagen cuando aparece ante mí. leo, escucho o veo algo que mi mente relacione. La imagen no me ha servido nunca, quizás nada más para hacerme más comprensible el concepto, pero más allá parece completamente inútil. Dice el maese Edgar Clément que dibujar es conocer; yo agregaría que imaginar, es decir, evocar imágenes en la mente, con mayor razón lo es. Pero dado que no solemos describir con nitidez esas imágenes mentales, ya no digamos dibujarlas, pasamos este importante hecho por alto. Esta imagen para mí, racional y conscientemente, me parece absurda e infantil (dicho en forma literal, porque reconozco haberla “concebido” en la última etapa de mi niñez); pero de alguna forma, al momento de describirla e intentar aislarla, creo que estoy descubriendo algo acerca de mi propia cultura histórica y mi imaginario. Lo que haga con este descubrimiento después ya es harina de otro costal.
Lo curioso es que, una vez que evoqué esta escena de mi imaginario con esta precisión, puedo suponer que la tendré presente ahora más que nunca.
Si es usted un joven historiador, le propongo este ejercicio de autoevaluación: hurgue en sus escritos, ponga atención a loq ue dice cuando discute temas históricos. Si logra aislar una imagen recurrente, está del otro lado.
sábado, 24 de marzo de 2012
La chica Delirio pregunta...

H.
miércoles, 21 de marzo de 2012
lunes, 19 de marzo de 2012
Delirio pregunta...

El puente, you know.
H.
jueves, 15 de marzo de 2012
domingo, 11 de marzo de 2012
La dama Delirio pregunta...

H.













